Olor a Subte

#ADNGuevara

Una vez escribí un capitulo nombrado : el olor a subte y a los sandwiches de milanesas. Le llamé así por el intento de identificación que hice con mi ciudad de nacimiento, la ciudad que llegué a extrañar con el alma durante los años que vivi fuera a causa del exilio de mis padres.
El olor que recordaba de las bocas de subte, de los sandwiches de milanesa y los pebetes de salame y queso, eran muy característico de Buenos Aires y de ningún otro sitio más. Cuando regresé con el doble de la edad y con el triple de estatura con que había marchado, casi todo me era ajeno, las personas, los sitios familiares, la escuela, las casas de los parientes, la casa de campo de Portela, nada encajaba de la manera en que lo que atesoraba mi memoria, ya porque me pareciesen diferentes en tamaño o  porque generalmente las sensaciones y anhelos que les había conferido como envoltorio o barniz a los sitios, habían conseguido saltar de inmediato al resguardo de algún otro recuerdo justo a tiempo antes de ser desenmascarados.

“Sanguche” de milanesa

Lo único que no me traicionó ni en un ápice, que ni disminuyó ni aumentó respecto de la imagen amamantada y protegida durante años, fueros esos olores a los sandwiches y al tren endovenoso.

Hoy se detienen para siempre los clásicos vagones de principios de siglo XX de la línea A en Buenos Aires, los primeros de América Latina que aún estaban en funcionamiento, y se detienen precisamente por su rasgo más distintivo: por anticuados. Deberían tomar nota de esta muestra inmejorable de viveza y sabiduría criolla, los responsables de los carruajes de Viena, las góndolas de Venecia, los barcos del Támesis, el Sena y de los tranvías de Amsterdam.

Carruajes “viejos” paseando por el ring de Viena

No me anima una crítica política, solo que esto me recuerda al aspecto que tenía la casa de Carlos Gardel en Jean Jaures hasta hace pocos años, flanqueada por dos casas tomadas, sus paredes frontales eran literalmente un mingitorio de los animosos bebedores de cervezas de ambos reductos de aguante bailantero.

Molesta reliquia porteña

Los vagones de trenes subterráneos más bellos que he visto en mi vida y los que mejor conservaban ese olor tan característico que no consiguió la distancia ni el tiempo distorsionar ni un ápice, se detienen hoy para siempre. Dudo que cada vez que  regrese de visita a la ciudad de Buenos Aires, precise reafirmarme nuevamente en aquel tipo de sensaciones. Y por otro lado pienso que para los futuros emigrados nostálgicos, siempre quedarán otros hitos identitarios en que apoyarse y en último caso estarán más libres de incómodas y viejas ataduras propias de la era pre globalizada, ya que podrán recurrir allí donde estén al aroma de los novedosos vagones chinos junto al sabor de la comida rápida internacional.

Eficaz antídoto globalizado contra la melancolía