Breve reseña bibliográfica de los textos cabalísticos tradicionales. Parte 1

Durante siglos, los cabalistas transmitieron su tradición mística bajo el velo impenetrable de lo esotérico, en claves de símbolos y códigos, para encubrir este saber universal de las restricciones formales que el poder y la autoridad de la religión formal cuestionaban por su mensaje liberador.
Al mismo tiempo, las autoridades civiles de estos oscuros tiempos condenaban esta práctica con la muerte, bajo los cargos de herejía o brujería.

Las barreras de impenetrabilidad de la cábala se debieron, por lo tanto, mucho más a las condiciones sociales
que a su práctica real en sí misma.

A lo largo del siglo XIX, se comenzó a presentar al judaísmo con una visión que pretendía recibir el respeto de los círculos de eruditos y académicos europeos a los que los judíos pretendían integrarse.
Un judaísmo centrado en su aspecto religioso racional, abstracto y monoteísta que podría ser bien reconocido por los círculos cristianos de las sociedades a las que los judíos pretendían sumarse. Para lograrlo debían desprenderse y limpiar todo vestigio de superstición práctica esotérica y de las corrientes místicas que siempre formaron parte indivisible de la tradición judía pero que en las nuevas disciplinas y escuelas de “las ciencias del Judaísmo” fueron negadas y eliminadas por completo. Estos pensadores e investigadores contaron con exponentes de la talla como Abraham Geiger, Leopold Zunz, Henrich Graetz y Simon Dubnow, entre otros. Ellos excluyeron en sus obras académicas la mística judía de la historia y prácticas judías.

El texto como medio

Culturalmente, la palabra escrita fue la forma que encontraron las diferentes generaciones para poder desarrollar el ejercicio de la memoria colectiva. Arraigar en un texto los símbolos, los significantes, no es algo que los seres humanos estaban obligados a hacer, sino que decidieron hacerlo.

En el caso de la cultura judía, que es la que da origen a la cábala tal como la conocemos hoy, el texto sagrado es la Torá, que contiene la voz de D-s, la verdad, la sabiduría. Si nos enfocamos específicamente en la cábala, el texto se convierte en un objeto concreto, que puede explicar la interacción, pero que nunca ocupará su lugar. Es, como decíamos al principio, el recibo y no el contenido.

Con la cábala, quien se quiere vincular necesita entender que el maestro, los símbolos, los textos y los recursos son medios, no fines. La búsqueda siempre está abierta y el motor es ser buscador: no el medio, no el artefacto, no la materia, no el símbolo. El secreto es que la recepción, para que funcione como tal, no requiera intermediación. Esto va en contra del concepto habitual de las religiones formales, que establecen siempre un intermediario, un punto de administración de poder. La mística, en cambio, lo cancela.

La cábala en las fraternidades, javurot

La práctica cabalista requiere ir al encuentro del texto para su abordaje, pero también de una preparación anterior (pretexto) y condiciones de las circunstancias de tiempo y lugar donde este encuentro místico de ingresar al texto se produce (contexto). Uno de los textos más reconocidos para la preparación es Jobot halevabot, “Deberes del corazón”, escrito por Bajya ben Iosef ibn Pakuda, cabalista del siglo XII. Su método propone un recorrido de automejora (tikún) en diez puertas que guían al buscador e imponen que el carácter del cabalista se forja en los deberes de vivir éticamente, ser puro de corazón y ser parte íntegra de la comunidad, entre otras.

Esta última dimensión otorgó a los cabalistas las influencias de las fraternidades, javurot (entre ellos se llamaban javer, amigo), una práctica que se inició entre los de Safed, al norte de Israel (a partir del siglo XVI), a quienes se los vincula con una organización similar a las logias. Estos cabalistas instalaron en esa tierra un centro espiritual, pero también una comunidad. Comenzaron a utilizar el hebreo de manera cotidiana, a obtener sus propios alimentos del trabajo de la tierra, a multiplicar sinagogas y casas de estudio y a revitalizar la cábala. Fueron unos adelantados a su tiempo, ya que el Estado de Israel no se constituyó hasta 1948.

De esa época resalta la obra de Moisés Cordovero, con su libro sobre los trece atributos divinos, que refleja los contenidos espirituales y sociales de dichas comunidades. Sin embargo, el máximo esplendor llega bajo el liderazgo de Isaac Luria (1543-1620), conocido como “Ari”, “el león”, por sus logros místicos. Fue un pragmático en la didáctica y en la difusión de las enseñanzas cabalísticas. Diseñó un conjunto de ejercicios de meditación grupal basado en el libro de oraciones, lo que habilitó a los judíos pobres o sin ilustración, para que incluyan en sus rezos diarios las kavanot, intenciones. También incorporó el tikún, reparación, que sostiene un principio fundamental de la cábala que lo diferencia de las nuevas formas de autoayuda: sostiene que es clave lograr la unificación y la unión mística, pero no meditando como individuo aislado, sino como representante del cosmos y unido a su comunidad.

La oración para el camino

Cuando viajamos se nos prescribe recitar una bendición específica. Del mismo modo, las escuelas de cábala meditativa incorporan sus formulas de invocación para el viaje del alma. Compartimos la siguiente formula de Tefilat hadérej, “la oración para el camino”, traducida y adaptada del libro de oraciones Et Bazman. Antes de cerrar los ojos para iniciar nuestras meditaciones rezamos:

Sea tu voluntad Adonai,
D-s nuestro y de nuestros padres y madres, guiarnos en paz,
que demos cada paso en paz,
hacer que nuestro camino sea en paz,
y hacernos llegar al destino deseado
para la vida, la felicidad y la paz.

Protégenos de todo obstáculo, de todo mal,
de toda dificultad, de todo peligro en el camino,
y de todas las dificultades que puedan suceder en el mundo.
Envía bendición a la obra de nuestras manos
para lo bueno, lo bello, y lo justo a tus ojos
y a los ojos de todos nuestros hermanos.

Te pedimos que escuches nuestras oraciones. Porque eres el que escuchas nuestras plegarias.
Bendito seas Ad-o-nai, que escuchas nuestras plegarias.