La nueva naturaleza de los conflictos bélicos

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Tras el final de la Guerra Fría, el patrón de las alianzas interestatales ha cambiado. En el incierto panorama que presenta el mapa global en la actualidad, parecen imponerse las coaliciones temporales sujetas a la coyuntura del momento. Escribe Julio Hang / Especial para DEF e INFOBAE

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En la historia de la humanidad, muchas de las guerras entre ciudades, Estados, naciones,  imperios o grupos de Estados, fueron iniciadas con el quebranto de algún compromiso entre ellos aceptado con anterioridad. Tratados, pactos, membresías a organizaciones internacionales fueron circunstancialmente olvidados ante situaciones de gravedad para los intereses y  la seguridad de los Estados.

Durante la Guerra Fría, pudo darse un patrón de alianzas estables (OTAN, Pacto de Varsovia), fundadas en una bipolaridad marcada, donde la estrategia nuclear, la mutua destrucción asegurada ante los riesgos de una escalada, cohesionaban los bloques y desplazaban a los Estados periféricos la lucha por la extensión de las áreas de influencia.

Después del llamado a la “guerra contra el terror” hecho por los Estados Unidos, y las operaciones en Afganistán y contra Irak, surgieron opiniones académicas que anunciaban el fin de las alianzas. En particular, el libro de Rajan Menon, The End of Alliances (2007), apuntaba a describir una lenta desaparición de los lazos formales en las alianzas militares, motivada por una reorientación del rol estratégico global de EE. UU., para el cual asociaciones más informales, ad hoc, sirven mejor a sus intereses.

A diferencia de la Primera Guerra del Golfo, la segunda guerra iniciada en 2003 no fue acompañada por los mismos aliados. Por diferentes razones, integrantes importantes de la primera alianza estuvieron ausentes. Entre otros, Arabia Saudita, Egipto, Francia, Qatar y  los Emiratos Árabes Unidos. Por esta razón, la asociación fue llamada la “coalición de los voluntarios” (coalition of the willing). El término “coalición” puede usarse como sinónimo de alianza, pero para algunos académicos tiene diferencias en la duración del lazo y en el grado de compromiso. A la vez, se sostiene que en muchas ocasiones tiene un fin determinado, un objetivo inmediato que cumplido termina con la relación establecida. Esta es una de las razones por las que las coaliciones ad hoc han sido más frecuentes en  distintos conflictos de este siglo.

El cambio de naturaleza de los conflictos bélicos también afectó el interés por alianzas permanentes. La masa de los conflictos de característica intraestatal, con grupos terroristas como actores principales, no favorece la actuación de alianzas. En las operaciones en la Guerra Civil en Libia, que fueran apoyadas militarmente por la OTAN, legitimadas por una resolución de la ONU, de los 28 Estados aliados tuvieron solo una participación limitada EE. UU., Reino Unido y Francia en los ataques a instalaciones terrestres. Otros Estados aliados colaboraron con el control del espacio aéreo, pero con poco riesgo.

En el marco de la erróneamente llamada Primavera Árabe, la inconclusa Guerra Civil de Siria marcó también diferencias dentro de las naciones aliadas de la OTAN. Las dudas sobre apoyar con armas o solo con recursos económicos y logística, además de la resistencia a involucrarse con tropas –salvo agentes especiales o apoyo humanitario– fueron manifiestas. Así, el gobierno de Al Assad, con el franco apoyo de Rusia e Irán, pudo –con grandes costos– recuperar gran parte del territorio y hasta organizar una elección presidencial que le diera el triunfo. Quienes no integraban  una alianza formal dieron más clara respuesta a sus intereses. Rusia, defendiendo su base naval de Tartus en el Mediterráneo, supo negociar la destrucción de las armas químicas, manteniendo la entrega de helicópteros, armas y municiones a Siria. Irán, con el apoyo a Hezbollah, introdujo la capacidad de lucha irregular que no había demostrado el Ejército regular sirio y fue base de la recuperación del territorio por las fuerzas de Al Assad.

La extensión de la alianza atlántica a muchos de los Estados de Europa del Este, impulsada con ímpetu luego de la disolución de la URSS, así como la nueva estrategia de la OTAN, incluyeron a muchos actores de muy diferente capacidad económica y militar, sobreextendiendo las responsabilidades y aumentando el compromiso de las potencias centrales. En una situación de crisis económica europea, muchos presupuestos de defensa se vieron recortados. Pese a los reclamos para mantener un gasto de defensa que sostenga las capacidades aliadas, muchas postergaciones afectan la capacidad general. También, la larga experiencia en Afganistán, con un resultado incierto, provocó muchas resistencias políticas a embarcarse en futuras misiones en el exterior donde no estuviera claramente identificado el interés aliado.

En la crisis de Ucrania, aún en desarrollo, varias señales afectaron la credibilidad del compromiso de la alianza. Como antecedente, la Guerra de Georgia (Osetia del Sur, Abjasia y Rusia en 2008), que culminara obligando a Georgia a retirar sus fuerzas y reconocer la autonomía de Osetia del Sur y Abjasia, hizo ver una reacción de Rusia que impuso su poder de potencia regional. Ante la posible incorporación a la OTAN de Georgia y Ucrania (Reunión de Bucarest, 2008) no dudó en intervenir, provocando la alerta en las naciones europeas limítrofes. En 2014, la reacción popular ante la negativa  del gobierno de Ucrania a formalizar acuerdos con la Unión Europea, provocaron el temor de Rusia a perder la importante base naval de Sebastopol en Crimea y la zona oriental de Ucrania, donde quedara buena parte de la industria pesada estratégica. Sin dudarlo, reaccionó la población prorrusa (muchos rusos nativos) de Crimea, con el apoyo de la flota rusa en Sebastopol, y el gobierno de Putin, con el despliegue de 40.000 hombres del Ejército ruso en las fronteras con Ucrania. Con rapidez, un referéndum en Crimea estableció el deseo de independencia, formó gobierno y poco después el Parlamento ruso aceptaba la anexión a la Federación de Rusia. Esta irregular anexión violaba el Acuerdo de Budapest de 1994, en el que la Federación de Rusia, EE. UU. y el Reino Unido apoyaban la desnuclearización del territorio de Ucrania, su inclusión en el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), y a cambio garantizaban su seguridad frente a las amenazas o el uso de la fuerza contra su integridad territorial o la independencia política. Tanto el Reino Unido como EE. UU. declararon que estos hechos constituían una violación a la soberanía e integridad política de Ucrania, y al compromiso asumido en el Acuerdo de Budapest. Pero frente a todos los exestados soviéticos, las potencias firmantes no cumplieron con su compromiso, y una vez más Rusia impuso su voluntad. La desconfianza en la protección aliada se hizo sentir en los Estados bálticos, también en Polonia, pero los puntos más sensibles fueron Moldavia, donde la región de Transnitria también se ha declarado independiente y busca su anexión a la Federación de Rusia, y Georgia, que ya ha sufrido la acción de Rusia. Con visitas políticas, discursos y limitados medios desplegados a la región con cierta dilación, la alianza trató de recomponer la confianza. Pero la inquietud aún subsiste.

La retirada de EE. UU. de Irak y de la alianza de Afganistán es seguida por el rebrote del fundamentalismo islámico sunita (Estado Islámico de Irak y el Levante, o simplemente Estado Islámico) y pone en riesgo el futuro de la región que –según declaraciones norteamericanas– dejaba de ser el centro de gravedad de la estrategia de seguridad, dando paso a un eje oriental, sobre el Pacífico. Aquí, la conformación de alianzas parece dificultosa. Arabia Saudita, que apoyó a parte de los combatientes contra Al Assad en Siria, al igual que los Estados del Golfo, ve confrontadas sus creencias religiosas con sus intereses políticos, pero no duda en enfrentar al terrorismo. Turquía ve con mejores ojos la situación del Kurdistán, que ya goza de cierta autonomía en Irak, prefiriendo tener en sus límites al pueblo kurdo y no a los fundamentalistas. El gobierno de Irak parece incapaz de reconstituirse sin las actuales discriminaciones religiosas, y ya hay personalidades y grupos sunitas y chiitas que buscan una solución por fuera del gobierno. Irán ve incrementado su poder regional. Una partición de Irak probablemente construiría un núcleo chiita binacional  de relevancia. Irán ya cuenta con misiles y armas convencionales modernas, y las actuales negociaciones sobre su desarrollo nuclear se verán potenciadas. El pedido de Irak de aviones a Rusia y a Irán señala otra divergencia con el control de EE. UU. de la región.  Arabia Saudita –aliada por décadas de EE. UU.– ha iniciado contactos con Pakistán y con China para la adquisición de armamento, que luego de la inmensa compra  hecha a EE. UU. en 2013, con seguridad no será para su defensa. Jordania ve amenazada su soberanía por los envíos de armas a su territorio y el reclutamiento de combatientes sunitas entre los refugiados, por los rebeldes sirios. Israel se compromete en la defensa de Jordania. Como conclusión, las diferencias religiosas y políticas entre los pueblos musulmanes del Oriente Medio encuentran dudas en la posición y compromiso de sus aliados occidentales y buscan sus propios reaseguros.

Los conflictos del mar del Sur de China plantean también un escenario difícil para el sostenimiento de las alianzas. Desde  mediados del siglo pasado, China, exhibiendo un mapa que dice haber difundido ((Nine dots line map), reclama como de su propiedad la casi totalidad de las aguas, ignorando los acuerdos de la Convención de las Naciones Unidas sobre la Ley del Mar. Las islas Paracelso y Spratly son los archipiélagos más importantes, con unos 200 islotes, cuyo mayor recurso –además de la pesca– es el petróleo y gas en la plataforma subacuática. Además de China, son Estados ribereños del mar del Sur de China Taiwán, Filipinas, Malasia, Brunei, Indonesia, Camboya, Vietnam y Singapur, con derechos y reclamos de soberanía sobre las aguas contiguas, que China no reconoce. Con algunos de estos Estados, EE. UU. tiene acuerdos de seguridad, Filipinas es aliado extra OTAN y tiene un Tratado de Defensa Mutua; Taiwán tiene una relación especial (Acta de Relaciones con Taiwán, 1979); y con otros Estados ha incrementado sus relaciones en los últimos años. Malasia fue visitada en abril junto a Corea del Sur y Filipinas por el presidente Obama. Vietnam, desde 2007, recibe buques de guerra y ayuda de la Guardia Costera de EE. UU. en relación con la seguridad de sus pescadores. En las últimas semanas,  China tuvo varios enfrentamientos relacionados con plataformas de exploración petrolera  en el mar del Sur de China, especialmente con Vietnam y Filipinas. Al mismo tiempo, hubo intercambios políticos tratando de moderar las diferencias, pero la disputa limítrofe no tiene vía de solución y las tensiones no han disminuido. Los ejercicios navales llevados a cabo por fuerzas de EE. UU. con Filipinas, y luego con Corea del Sur, intentaron ratificar el compromiso de EE. UU. con la seguridad de los Estados de esa región.

China, a sabiendas de su encierro naval por la barrera de las islas de Indonesia (estrechos de Malaca y Sunda), ha decidido buscar puertos externos como bases navales en Pakistán, Sri Lanka, Myanmar y Bangladesh, pero le tomará tiempo lograrlo. El desarrollo de su marina de guerra avanza, pero  hace poco tiempo que sus naves salen de las aguas de la región. Su único portaviones, el Liaoning –botado un año atrás–, no representa una capacidad de despliegue significativa y suficiente.

Si a esos conflictos les sumamos los relacionados con Corea del Norte y las constantes amenazas a Corea del Sur –que tiene un Acuerdo de Seguridad Mutua de 1954 con EE. UU. –, con Japón –tiene un Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua con EE. UU. y las bases militares de Okinawa– por las islas Senkaku (Diaoyu, según China), y la disputa por la reincorporación de Taiwán  a la República China, es evidente la necesidad de una estrategia particular por parte de las dos potencias. China no está en condiciones de enfrentarse con EE. UU., pero demuestra su intención de sentar su rol de potencia regional indiscutible. Entre tanto, participó por primera vez en el ejercicio naval más grande del mundo, el RIMPAC en el Pacífico Sur, con la pública intención de mejorar las relaciones militares con EE. UU. y otras naciones de la región. El crecimiento de las FF. AA. de China y su mejora tecnológica demorarán hasta cubrir los años de brecha que hoy existen con EE. UU. Pero es innegable que la pregunta de los Estados ribereños del mar del Sur de China será: ¿hasta cuándo y con qué grado de compromiso tendremos la alianza militar de Occidente?

Corea del Sur, después de las amenazas y lanzamientos de misiles de Corea del Norte de fin del año pasado, escuchó preguntas internas sobre por qué no ser una potencia nuclear que disuada las amenazas de Pyongyang, teniendo una capacidad científico-tecnológica de primer nivel. Japón, que debió pedir medios de defensa antimisiles y colocarlos en sus costas ante las amenazas y el lanzamiento de misiles norcoreanos, ha decidido avanzar con rapidez en la recomposición de sus fuerzas de defensa. También en adecuar su legislación para superar las limitaciones de la Constitución, respecto a su capacidad de intervención militar internacional. Su marina de guerra y la aviación han lanzado planes de incorporación de medios. La región en conjunto tiene un programa de inversiones en defensa de varios billones de dólares. Así, Tokio espera incorporar un destructor portahelicópteros, varios submarinos y otros buques. Para el 2020/2030, Seúl encargó nueve submarinos, un buque clase Dokdo y dos portaviones ligeros. Taiwán ha encargado  dos fragatas ligeras con misiles antibuque y varias corbetas.

Todas estas señales, que suponen un alivio al esfuerzo de EE. UU. en la seguridad de la región, tienen también la lectura de la desconfianza en los compromisos actuales.

Sin entrar en los conflictos en otros continentes, son hechos observables que las democracias occidentales han perdido voluntad política para realizar operaciones militares en el exterior, aun en apoyo de causas justas, cuando no afectan sus intereses vitales. Son muy pocos los gobiernos que resisten la llegada de los caídos en un combate que no se siente como propio. La demora frente al genocidio en Ruanda y las que sufrieran los Estados del Cuerno de África en sus dramáticos enfrentamientos, se suman a la negociada respuesta frente a las dramáticas circunstancias que se viven en Siria y al irresuelto conflicto interno de Libia. La crisis de Ucrania no está cerrada, Crimea necesita un corredor para conectarse con Rusia (el puente sobre el estrecho de Kerch demorará) y las regiones de Donetsk y Lugansk autodeclaradas independientes esperan ser acogidas por la Federación de Rusia. El presidente de Ucrania, Petro Poroshenko ha sido presionado para concretar un alto el fuego, pero la designación de los nuevos mandos militares es una señal en sentido contrario. ¿Culminará Kiev con la recuperación de su territorio o escalará el conflicto con la participación de otros Estados? ¿Intervendrá la alianza atlántica?

Como dijera al principio de este breve resumen de conflictos y desconfianzas, la historia no tiene buen registro de la fidelidad y la continuidad de las alianzas. Las coaliciones temporales parecen ser  un modelo que más se ajusta a la incertidumbre de este siglo. Dijo Eric Hobsbawm que el mundo no conoce la paz desde 1914, ni siquiera ahora. Las modalidades de los conflictos han variado, pero las agresiones se encuentran por doquier. La enseñanza de estos tiempos nos reclama tener capacidades propias suficientes para  disuadir y defender nuestros intereses vitales y dar confianza relativa a la seguridad basada en la economía de recursos que produzca una coalición, o en tratados o acuerdos en los que los intereses en juego no sean de igual valor para los Estados.