El origen de la frase “Arde Troya” y la legendaria ciudad descrita por Homero (parte 3)

#GreciaAplicada

Para que Arda Troya, los griegos deberán vencer primero al terrible Héctor y sólo Aquiles puede hacerlo…

… El cielo se había abrigado de ennegrecidas nubes y tal espectáculo atmosférico suscribía al luto reinante en el campamento griego, pero aun quedaba lo peor y era comunicarle a Aquiles la muerte de su entrañable amigo. La directiva aquea se reunió y mediante votos de los principales generales, se decidió que Antíloco, hijo del sabio Néstor, fuese el funesto mensajero. No obstante, aun antes de su visita, Aquiles advirtió el murmullo lúgubre de la multitud y comenzó a vislumbrar la terrible noticia…

¡Ay de mí! ¿Por qué los aqueos, de melenuda cabellera, otra vez se atropellan junto a las naves despavoridos por la llanura? Me temo que los dioses cumplan las malas inquietudes que siento, conforme a lo que una vez me explicó mi madre, que me dijo que al mejor de los mirmidones todavía en vida mía a manos de los troyanos abandonaría la luz del sol

(La Ilíada, canto XVIII)

Menelao sostiene el cuerpo sin vida de Patroclo y se dispone a entregárselo a Aquiles, que al querer vengar su muerte, regresará a la batalla.

Antes de finalizar sus pensamientos, Antíloco ya le comunicaba que Patroclo había muerto y que el cruel Héctor lo había despojado no sólo de la joven vida, sino también de su armadura. Aquiles lanzó un gemido tal, que fue oído por su madre, que observaba la guerra desde las orillas del mar. Sabiendo todo lo sucedido y antes de acudir a su hijo, Tetis se dirigió hasta los aposentos de Hefesto, dios de la alquimia, y le solicitó que le hiciese a su hijo una armadura digna de una deidad para que subrogue a la arrebatada por Héctor. El obediente dios respondió con un inmediato inicio de su tarea.

Ante la inexorable y fatídica realidad, Aquiles estaba dispuesto a vengar la muerte de Patroclo una vez que cesara su profundo dolor. Recibe prontamente las armas diseñadas por Hefesto y, ante una nueva ofensiva troyana que no tardó en llegar, se dirigió al campo de batalla intentando saciar su avidez de exterminio. Previendo su ira, Apolo, dios del sol, exhorta al gran guerrero tracio Eneas a enfrentar al indomable hijo de Peleo, alegando que mientras el griego es hijo de una diosa inferior como Tetis, él es hijo de la mismísima Afrodita. Eneas, envalentonado por las palabras del dios, se cruza en el camino de Aquiles y lo amenaza con darle muerte pero el gran guerrero griego, lejos de amedrentarse, ataca vorazmente al troyano. La pelea arranca pareja pero la fuerza de Aquiles es demasiado para Eneas. Ambos esquivan las pesadas lanzas enemigas y pronto desenvainan sus respectivas espadas. Aquiles golpea primero y hace trastabillar al hijo de Anquises, que hubiese exhalado su alma si Poseidón, que apreciaba al troyano, no envuelve en una nube de tierra al monstruoso Aquiles y persuade a Eneas de escapar. De haber sucumbido Eneas, Roma nunca habría visto la luz para ser la nueva Troya…

Eneas decidió enfrentar a Aquiles, pero Poseidón lo salva de la muerte. Aquí, su padre Anquises le cura las heridas. El guerrero troyano será el protagonista de La Eneida del poeta Virgilio y será el pre-fundador de la nueva Troya: Roma.

Luego de haber sido engañado, Aquiles se lamenta por no poder matar al insolente Eneas y maldice contra los dioses que lo desfavorecen. Sin embargo, sus lamentos se disuelven al divisar prontamente a Héctor, domador de caballos. Se dirige a él a gran velocidad pero el troyano huye hacia la llanura, alejándose de las murallas de Troya. Al punto está Aquiles de alcanzarlo pero en ese instante determinante, la figura de Héctor se desvanece y se transforma en Apolo, quien le dice:

-“Por qué, hijo de Peleo, con rápidos pies me persigues: ¡un simple mortal a un inmortal dios!”-.

- Me has burlado, protector, el más execrable de los dioses. (…) Si no, muchos habrían mordido el polvo antes de refugiarse en Ilión (Troya).- responde ofuscado Aquiles.

(La Ilíada, canto XXII)

Entretanto, el verdadero Héctor se encuentra en las puertas de Troya, sabiendo que Aquiles pronto llegará desde la llanura. Se dispone a enfrentarlo a pesar de los ruegos desesperados de su padre, el rey Príamo:

“¡Héctor! Te lo pido, hijo mío, no aguardes a ese hombre solo y lejos de los demás”.

(La Ilíada, canto XXII)

Caso omiso hace el bravo Héctor y a colación, el terrible Aquiles se acerca con su carro hasta las murallas, encendido en ira luego de las constantes ironías de los dioses. El valor de Héctor prontamente entra en dudas en la medida de que el hijo de Tetis se acerca, a tal punto de que al verlo cerca emplea una veloz corrida alrededor de las murallas de Troya para evitar la furia del sanguinario guerrero. Aquiles lo persigue incansablemente a pie, habiendo dejado su carro frente al portón inmenso.

En este cuadro de Rubens, vemos cómo Aquiles da muerte a Héctor, dando inicio a la caída de la ciudad más legendaria de la historia.

Finalmente, Héctor decide enfrentarse a Aquiles sin antes intentar pactar respeto por el cádaver del perdedor, pero el bravo aqueo le responde: “No hay juramento entre leones y hombres ni entre lobos y corderos, porque son encarnizados enemigos”. El enfrentamiento pronto se desata y Aquiles ataca con la fiereza del león, mientras Héctor intenta despejar los embates de su rival. La brutalidad del griego es tal, que pronto acierta con su lanza en el cuerpo del príncipe troyano, quien cae arrodillado y profundamente dolorido. Previendo que Hades pronto será su residencia, suplica a Aquiles que no deje que su cuerpo sea devorado por los perros y las aves, a lo que el hijo de Peleo responde, sin eufemismos: “No implores, perro. (…) Ojalá que a mí mismo el furor me indujera a despedazarte y a comer cruda tu carne”.

Luego de la “delicadeza” verbal, Aquiles clava su lanza en el corazón de Héctor. El alma del hijo mayor de Príamo escapa por su boca abierta, cubierta de negra sangre, y su cuerpo queda tendido en la arena ya oscurecida por los fluidos sanguinolentos. A continuación, Aquiles ata a Héctor por los pies con una soga que está cernida a su carro y se marcha a su campamento arrastrando el inanimado cadáver de su rival. Troya entera se hunde bajo sus lágrimas y se estremece por la pérdida de su máximo guerrero, muerto a manos del asesino de hombres, Aquiles.

Aquiles arrastra el cadáver de Héctor y se jacta de ser el mejor guerrero del mundo, mostrando el tremolante casco del príncipe troyano.

El hado va cumpliendo a la perfección lo escrito. Los aqueos tienen la ventaja, pero eso no alcanzará para derribar las murallas de la inmensa Ilión. Se necesitará, más que la fuerza bruta, una mentalidad superior que sólo el hijo de Laertes, de nombre Odiseo, podrá aportar…

Continuará…