La belleza natural de Nueva Zelanda

#KiwiArgentino

A medida que pasan el tiempo, voy conociendo un poquito más Nueva Zelanda, o al menos la capital y sus alrededores. Sin embargo, no porque pasen los días y los descubrimientos se vayan acumulando, mi asombro esté desapareciendo. Cada lugar que visitamos, cada parque que recorremos y cada playa que visitamos, no deja de sorprendernos y de deslumbrarnos. Pensando que los pocos kilómetros que las separan no sean los suficientes para crear un paisaje totalmente distinto, nos hemos sorprendido más de una vez.

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Es cuestión de alejarse sólo 20 minutos del centro de la ciudad para que la belleza natural empiece a lucirse. Así es que cada día que podemos aprovechar nos dedicamos a recorrer tanto como podamos. Sin embargo nuestras escapadas vuelven a ser de fines de semana, ya que hace una semana empecé a trabajar, en una empresa de sistemas. Más adelante contaré como fueron las entrevistas y demás pasos hasta sentarme en mi escritorio, pero eso será en otra entrada. Por ahora dediquémonos a recorrer los encantos de los suburbios de Auckland.

Piha Beach

Habíamos llegado hacía 5 días, pero ya teníamos un auto (del cual hablé en el post anterior), lo que no teníamos era seguro, y no pensábamos salir sin uno. Sin embargo, un domingo por la mañana en menos de media hora lo conseguimos. Manejar por la izquierda es complicado, uno se acostumbra en menos de una semana, pero el primer paseo requiere mucha concentración, no sé si a ustedes les habrá pasado, pero los nervios naturales de conducir en otro país, sumado al cambio de sentido del tránsito es algo que ahora se recuerda como una divertida anécdota, pero que en su momento fue bastante estresante. De todos modos debo admitir que todavía sigo prendiendo el limpiaparabrisas cuando quiero poner la luz de giro.

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Como destino de nuestra primera salida motorizada elegimos, Piha beach, ubicada a tan sólo 27 kilómetros de nuestra casa. Habían pasado pocos minutos cuando entramos en la Scenic Drive, una ruta preciosa, como su nombre lo indica, que atraviesa la selva de un parque nacional para llevarnos a la costa oeste de la isla norte. Creo que podría pasar años en esta ciudad, o en este país, y no me dejaría de sorprender como la naturaleza sigue gobernando estas tierras. La ruta, tímida, pide permiso para marcar su camino angosto y zigzagueante, a una extremadamente copiosa selva que corona las lomas de unas bajas colinas. Los árboles, parecen encontrarse en un extenso abrazo, sin siquiera importarles las familias a las que pertenecen. Cuando lo deseaban, se abrían en un claro, permitiéndonos contemplar la inmensidad del mar quien bañaba los  pies de las sierras por las que viajábamos. Desde la cima, la costa se veía angosta, y el mar tranquilo, como estancado. Sin embargo su margen blanca nos hacía sospechar que no se contentaba con mojar suavemente la arena, sino que nos mostraban un rugido que no llegábamos a oír.

Cuando llegamos a la playa, nos pareció estar en un sueño. El mar de Tasmania estaba delante de nosotros, y podríamos visitarlo cuando quisiéramos, tan sólo si teníamos media hora para llegar hasta él. Las olas atraían a los surfers que en en junio se animaban a nadar en las frías aguas, mientras que una inmensa roca (o pequeña montaña) se erguía a pocos metros de la costa, satisfaciendo a quienes deseaban escalarla. Nosotros decidimos sentarnos en unos banquitos que apoyamos sobre la arena, tomando unos mates con empanadas, simplemente disfrutando.

Shakespeare Park

Habíamos visitado la preciosa Piha Beach y también su vecina ubica algunos kilómetros más al norte, Bethells beach. Nos habían maravillado y deseábamos volver a visitarlas, pero nos aguantamos esas ganas para cambiar el paisaje y visitar unas preciosas colinas donde pastaban cientos de ovejas, en un paisaje que, si me hubiese despertado de un largo sueño juraría que pertenecía a Escocia.

Los días entre la visita a las playas y a los parques los dedicamos a las entrevistas y a limpiar nuestra camioneta, sacando sus asientos, alfombras e interiores para ayuntar las pulgas que parecía tener, ya que cada vez que viajábamos en ella nos encontrábamos con nuevas picaduras. Después de varios días de limpieza y sin los asientos decidimos convertirla en casa rodante, armando unos muebles, no sin mucho esfuerzo, que nos servirán tanto de cama como de mesa y bancos.

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Este precioso parque se encuentra a la misma distancia que las playas, pero en dirección noreste, para llegar hasta él, se puede ir por ruta o por la única autopista con peaje de la ciudad (y creo que del país). Lo llamativo de este peaje es que puede ser pagado por internet o teléfono hasta 5 días después de haberlo cruzado. Sin embargo nosotros tomamos el primer camino para ahorrarnos los dos dólares.

Al llegar, el Sol comenzaba a esconderse de nosotros, aunque todavía nos quedarían unas dos horas para disfrutar de su presencia, cuando las nubes nos lo permitiesen. Avanzamos hasta donde podíamos con nuestra camioneta y paramos en un estacionamiento con vista al mar, esta vez nos deleitaba el Pacífico. Almorzamos en el interior de la VAN utilizando los muebles que habíamos construido, para evitar el frío de esa tarde de Junio, último día de mis largas vacaciones.

Al terminar de comer, intentamos hacerle frente al viento, y nos dirigimos hacia un mirador ubicado en la cima de la colina. El paisaje es tan hermoso, que no es necesario describirlo con palabras, sino simplemente contando que en uno de los miradores, un enorme marco de madera nos recordaba que caminábamos por un cuadro.

Half Moon Bay

Todas nuestras salidas habían sido rumbo al norte, mintiéndonos que tal vez haría un poco más de calor. Sin embargo este último fin de semana, decidimos no creernos y nos fuimos para el sur. Por ahora tan sólo unos kilómetros, dejando para más adelante una escapada de un fin de semana completo.

La “Bahía de la Medialuna” es una pequeña playa, ubicada al sur este de la ciudad. Veleros y otras embarcaciones amarradas en sus aguas embellecen el paisaje, y mientras algunas personas abrigadas acordes al frío que nos acompañan pasean a sus perros, otros caminan en trajes de baño o mojan sus pies en el agua para pilotear sus gomones que sólo permiten transportar a una persona impulsados por un pequeño motor, de tal vez, uno o dos caballos de fuerza, sino menos.

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Esta vez pudimos lucir nuestro living ambulante en público y almorzamos una pizza que había quedado de la noche anterior. Cómo extraño los ingredientes de casa. Luego de comer la historia se repite y decidimos caminar y sacar fotos de los hermosos paisajes. Luego nos perdimos por las calles de un barrio digno de celebridades del cine. Inmensas mansiones ostentan su majestuosidad, unas en calles adornadas por palmeras, otras incluso a orillas del mismísimo mar.

Terminaríamos nuestro día cenando en uno de los mercados nocturnos que posee la ciudad. Si quisiera sacarle la magia en tan sólo algunas palabras, diría que son, simplemente, puestos de comidas callejeros ubicados en el estacionamiento subterráneo de un shopping. Sin embargo, el encanto que lo rodea no sólo que no me lo permite, sino que me obliga a dedicarle un post futuro, quizás acompañado de un video para compartir los exquisitos manjares internacionales que allí se disfrutan. Desde el Pau malayo hasta las empanadas argentinas.

Entradas futuras

Además del post sobre como conseguí el trabajo, dejo pendiente dos temas más. Uno contando como es la vida acá, intentando hacer amistades neozelandesas, ya que esa era una de las dudas que me plantearon en la entrada anterior. Y otra, con el costo de vida de esta ciudad, con detalles y gráficos al estilo de “100 días en Asia”. Por ahora me despido, esperando que disfruten este post, tanto como nosotros los paseos.