Hace un año, un grupo de desconocidas chicas punks irrumpieron en la principal iglesia de Moscú para denunciar los estrechos vínculos entre la iglesia ortodoxa rusa y el corrupto gobierno de Vladimir Putin. A partir de ese incidente las Pussy Riots se han convertido en un símbolo de la represión putinista.
La razón es obvia. Una performance de menos de 30 segundos implorándole a la virgen María que se lleve al Presidente ruso las terminó condenando a varios años de prisión. Desproporcionado bajo cualquier lógica, excepto la rusa. Continuar leyendo




