El juicio

Le pegué con la palma de la mano a la mesa del bar: “¡Orden en la sala!”, pedí y todos me miraron sin entender. Me había metido en medio de una acalorada discusión entre dos amigos míos que no podían llegar a un acuerdo. El gordo se apartó a un costado, tratando de no interferir, escuchando cada una de las justificaciones en uno de los debates más candentes que un grupo de hombres puede llegar a tener. “El jurado se expedirá después del juicio”, dijo y los vagos se rieron al principio pero después se dieron cuenta que la joda iba en serio. “Entonces, señores… ¿qué es mejor? ¿Salir con una pibita, o salir con una señora?”, pregunté y ambos abogados presentaron sus pruebas.

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La energía del amore

Muchos fines de semana recibo llamados de amigos desesperados que, aun estando en pareja, me piden salir conmigo a donde sea. A mí me sorprende un poco, porque son los mismos que, cuando estaban solteros, se quejaban de tener que verme la cara todos los viernes y sábados (los domingos están reservados para la familia, el fútbol y la depresión de las siete de la tarde). Y yo, como siempre estoy disponible, les digo que sí y, al instante, me transformo en su compañero de aventuras. Algunos mantienen su fidelidad a rajatabla, siguiendo el mandamiento tácito que han firmado con sus parejas, pero otros son, digamos… más flexibles. Sin embargo, algo de todos ellos me llama poderosamente la atención: por sus cuerpos circula la inagotable “energía del amore”.

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Cruzar el Rubicón

Algunas veces tomamos decisiones irreversibles en nuestras vidas, pero al instante dudamos en ser tan determinantes. Yo creo que es porque lo irreversible parece ser contra natura. ¿Cómo admitir que no exista posibilidad de arrepentimiento? ¿Quién puede ser capaz de no permitirnos una contradicción? Nosotros mismos. Yo, vos, él, ellos, nosotros, somos los jueces más feroces, los únicos capaces de sentenciar una persona al olvido, a morir en vida. Y es en aquel preciso momento en que uno percibe que acaba de tomar un camino que no podrá ser corregido nunca más en donde se pregunta: ¿habré hecho bien?

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Solteros en crisis

Llovía. Era un sábado a la noche de esos que sabés que no vas a salir. Cada uno de nosotros se había pedido el plato del delivery que más le gustaba. Por alguna razón, los seres humanos creemos que podemos superar la depresión con kilos de comida. Algo nos dice que mientras más comemos, más rápido se nos va. Entonces, el gordo, con unos palitos de queso en la boca, dijo: “¿Cómo puede ser? Si parecía que esta vez iba todo bien”, y yo, en ese instante, me di cuenta que estaba cayendo en los tres estadios de la superación del fin de una relación. Tres períodos que todos en algún momento pasamos y que son parte de las mecánicas defensivas que uno emplea para tratar de curar rápido la herida que dejó una partida.

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Del otro lado

No siempre uno es el rechazado. También hay veces que nos toca dar por terminada una relación y lo difícil es encontrar el momento indicado y las palabras justas para no herir a la otra persona. Hay gente que no tiene consideración sobre este hecho y te pega una patada en el pecho con tapones de cancha de once sin ningún remordimiento, pero la verdad que yo prefiero no lastimar al otro porque muchas veces me tocó ser socio del club de las almas abandonadas y sé lo que se sufre. De vez en cuando me doy cuenta que tengo una platea en la tribuna de las negativas, y trato de ser gentil y caballero con la excomulgada de mi corazón. El problema es que difícilmente alguien quiera escuchar un “no” como respuesta.

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Carne trémula

“¿Pero le diste o no le diste?”, me preguntó el gordo en el restaurante. “Es que vos tenés la idea fija, gordo”, le contesté yo que me había pedido un medallón de lomo a la mostaza con papas noisettes. “Todos la tenemos, pa, sólo que algunos subliman escribiendo”, me cacheteó el dogui (derivado de “dogor”) mientras se servía la primera porción de la grande de anchoas que se iba a lastrar hasta el cabito. “Pero si la mina no te cierra me parece que es como que la estás usando”, le dije yo. “¿Pero si ella te da cabida vos qué drama te hacés? Además te sacás las ganas y después ya está, ya fue”. Ya fue, ya fue, ya fue… me quedó rebotando como un eco en el marulo. ¿Así de simple puede verse una relación? ¿Puede separarse la carne del sentimiento? ¿Fue o es? ¿Qué onda el verbo to be? Todo esto me lo pregunté mientras cortaba el pedazo de carne rosada que sangraba y me hacía agua la boca. Y lo miré al gordo que se morfaba el pescadito apestoso ese con la mano antes de entrarle a la masa cocinada a la piedra. Y ahí pensé, ¿preferimos el amor romántico o todo se trata de saciar nuestro instinto carnal de supervivivencia de la especie?

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Amistades peligrosas

Yo creo en la amistad entre el hombre y la mujer. Porque para mí, amigas son todas aquellas mujeres que quiero pero de las cuales nunca me llegué a enamorar. Igual, tengo que admitir que a veces la diferencia se me hace un tanto difícil de ver. No es fácil categorizar a las personas que uno conoce en amigos, conocidos, colegas o familiares. Por eso, reconozco que alguna vez esos límites se me volvieron un tanto difusos.

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Un día

Un día vamos a abrir los ojos y la almohada nos va a seguir atrayendo como un imán capaz de generar el campo magnético más potente del universo. Yo voy a pisar el suelo frío de mi habitación porque nunca sé dónde dejo las ojotas cuando me levanto a hacer pis en la madrugada. Vos vas a mirarte en el espejo preocupada por ese granito que te salió al lado de la boca. No, no das Marilyn ni a gancho con ese volcán de pus. Yo voy a enjuagarme la cara con agua caliente para ablandar la barba, maldiciendo la vez que envidié a mi viejo tener que afeitarse todos los días. Vos vas a cepillarte esa sonrisa de publicidad, escupiendo la espuma con bronca al recordar que todavía no desayunaste. Ni vos ni yo lo sabemos todavía, pero un día, un día todo va a cambiar.

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Love job

Soy un pésimo chamuyador. Si, ya sé, esto suena a chamuyo. Pero posta. No sé cómo iniciar una charla con una chica desconocida. A ver, quiero ser claro. Puedo decirle una frase inicial, pero si la mina no me tira un mínimo centro hago agua al instante. Tengo amigos que no, todo lo contrario. Siempre tienen temas de conversación con mujeres que no conocen y se la pasan hablando durante horas. ¿Cómo lo hacen? No lo sé. Pero además voy a confesar que tengo un problema peor: tengo tendencia a enamorarme de las chicas que son contratadas para agradarle a los hombres. O sea que me imagino formando una familia feliz con toda moza, empleada de negocio de ropa y promotora que me cruce en la vida. Es que mi viejo tiene razón: “No hay nada más lindo que una mujer linda”.

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Extraterrestres

Estábamos en la plaza. Había sido una cita hermosa. Nos contamos de principio a fin nuestras historias, nos reímos de los mismos chistes, incluso nos dimos cuenta que nuestras vidas tenían muchas más cosas en común de lo que creíamos. Pero a nuestro encuentro le faltaba algo. Eso que hace que las reglas de juego cambien para siempre. Al principio, mientras estaba entretenido descubriéndola, no me había dado cuenta qué era esa sensación incómoda que me recorría el cuerpo. No entendía de qué se trataba esa urgencia que me generaba aquella efervescencia en mi interior. Pero al final de la noche, cuando las velas estaban por extinguirse y el sol amenazaba con sentenciar el desalojo de la luna de aquel cielo estrellado, me di cuenta cuál era el motivo que me tenía tan nervioso: a nuestra cita ideal le había faltado tensión sexual.

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