El Museo de los pequeños narigones

#TeMuestroLaPlata

Luego de pensarlo por varias horas, llegué a una determinación: tengo una sola manera de escribir esta nota y es la de humanizar a los objetos.

Sin este recurso me será muy difícil comunicar. Será, por esta vez, imposible describir la energía que me transmitió un conjunto de piezas históricas que, a vista rápida, sólo son piezas históricas.

Todo empezó en la intersección de 60 y 128. Esquina que, estacionando en dirección al río, si uno pisa hacia la derecha está en Berisso, y si uno camina unos pasos hacia la izquierda, está en Ensenada. Lo mismo que sucede en cualquier zona fronteriza, lo mismo que pasa en la cima que divide a Springfield con Shelbyville.

El Museo, entonces, está hacia la derecha, en Berisso. Esa Avenida es uno de los accesos más importantes a la ciudad, al igual que lo es para Ensenada. A pocas cuadras de esta esquina, se encuentra, para un lado, uno de los ingresos a la Refinería YPF, para el otro, el Club Tiro Federal, y para otro lado distinto a los demás, la Universidad Tecnológica de La Plata, la Facultad de Medicina de la UNLP, la de Ciencias Naturales, el estadio de Gimnasia y Esgrima, el Paseo del Bosque, y otros tantísimos lugares que mueven multitudes. Es decir, por esa esquina pasan cientos de personas de día, de noche, ida y vuelta, sólo ida, sólo vuelta, en bici, en moto, en camión, de madrugada, trabajadores, portuarios, futbolistas, estudiantes, en micro, en grúa, en 202, caminando, en rollers, o en bicimotonetas. Pero transitan muchos, muchísimos, ciudadanos de la región.

Lo novedoso es que sólo dos de cada quince personas tiene entre sus conocimientos que en esa esquina existe y funciona un museo (datos arrojados en una suerte de encuesta experimental realizada a quince personas. Las dos que respondieron afirmativamente, viven juntas).

Es que se cumple con la regla de que lo importante está por dentro, y no cabe en la imaginación de nadie que en los pasillos de un gigantesco galpón que lleva el cartel con la leyenda: “DEMOLICIONES”, se resguarde un pequeño castillo de cristal y plomo, llamado “Museo de la Soda”. Es un espacio único en su especie.

De frente amplia pero de una prominente cabellera castaño claro, con algo de ondulación, Luis Alberto Taube tiene cara de actor, espalda de jockey y manos de percusionista. Su pequeño cuerpo se desenvuelve por los pasillos de la vivienda con gran agilidad, con la destreza  de un circense. A las 13 horas del martes, el sol empezaba a ofrecer el calorcito de la tarde, sin embargo, Luis jamás se quitó el cuello polar negro que era abrazado por otro cuello polar, que esta vez, venía adjunto a un buzo polar azul con bandas rojas en los laterales, que doblegaba la capacidad de extensión del cuello humano, haciendo que el cierre de la prenda pegue la vuelta y quede moviéndose en posición hacia el suelo, en caída campana.

Si uno se detiene en la rotonda de 60 y 128, mirando en dirección al Barrio Villa Argüello, se va a topar con la foto inmóvil de una serie de puertas, de tirantes, de marcos de ventanas y de cualquier otra cosa que usted imagine que puede rescatarse en los momentos previos a una demolición de una vivienda. Todo eso está acomodado en el largo pasillo que comienza en la entrada y que termina en una pequeña escalerita caracol, sacada de algún cuento para niños o de alguna escena nunca reproducida de Alicia en el país de las maravillas.

Luis atiende en el ingreso de la gigantesca construcción, en una especie de oficina, o de garita, resguardada por dos antiguas puertas de  hierro, de esas que tienen firuletes con formas tangueras. Uno puede acercarse allí por dos motivos: o para comprar algún tirante, reja, o puerta, que pueda ser útil para remodelar una casa, o bien, para conocer el Museo de la Soda.

Cuando uno se dispone a entrar al mundo de la exposición de sifones, necesita, debe, tiene que, reducir el universo de los objetos a uno solo, y luego, intentar humanizarlo. Porque se da tras ese trabajoso y rebuscado intento, la situación que lleva a que el visitante comience a percibir las individualidades de cada sifón, proceso mental que ayuda a entender que cada uno de esos más de cuatro mil habitantes, cuenta una verdad, representa a una cultura, a un lenguaje específico, que carga con un apellido, con una identidad, y que fue reunido allí, en 60 y 128, para decirle al mundo que aún no se da su historia por muerta.

Luis es uno de los tantos nietos de inmigrantes que llegaron a Berisso en barco. Y como tantos de esos personajes que transformaron sus peripecias en leyendas, Luis es un gran narrador de historias. Tiene tatuado en sus conocimientos un relato que fue escribiendo a lo largo de muchos años. Se trata nada menos que de una serie de sucesos que hicieron que el ser humano lleve a descubrir las sales efervescentes, para luego dar vida al sifón. Esa es la estructura del relato que comparte con los que visitan al Museo. Es una clase de historia, de geografía, de mitología, de sociología y hasta de psicología. Porque Luis ha investigado e interpretado el mundo de los sifones con la misma dedicación que Darwin lo hizo con las especies, que Freud lo hizo con los sueños, o que Focault lo hizo con las instituciones sociales.

Son doce minutos los que tarda en hilar los procesos internacionales que hicieron posible al mundo de los sifones, con las correlatividades autóctonas, con el aporte científico nacional, con las industrias locales y con el ingenio argentino que promovió la acelerada producción de este servicio, que con el tiempo, se transformó en un producto presente en todas las mesas del país.

La relación que tiene Luis con los sifones nace por casualidad, o por causalidad. A mediados de los años ´80, los sifones de vidrio empezaron a ser reemplazados por sifones de plástico duro, y en esa transformación, Luis proyectó un negocio, porque Luis, fue, es, y será toda la vida, un comerciante. Entonces, se sienta a recordar: “a partir de ahí, como rompían los sifones, hablé con los chatarreros de la zona y les propuse comprarlos completos, porque por un lado ellos utilizaban el vidrio, y por el otro, el plomo con que estaban hechas las cabezas de los tubos. En ese momento pensé que en el año 2000, esas piezas podrían llegar a valer algo”.

Fue así como Luis empezó a juntar, uno por uno, cientos de sifones en Berisso y en Ensenada, para luego recorrer la ruta 11, pasando por Bavio, Magdalena, y Punta Indio, y luego por los pueblos linderos a la ruta 36, y luego por distintas ciudades de la provincia, y distintas provincias del país, y así llegar a su único propósito de recolectar piezas de distintos lugares del mundo.

El Museo tiene dos salas, en dos plantas distintas. Abajo, los pisos son de adoquines, detalle que hace que el visitante se sumerja en un cálido ambiente colonial. Arriba, los pisos son de madera, y cuando el colectivo de la línea 275 pasa por la Avenida 60, se puede sentir el cosquilleo del tembleque que produce en el asfalto, algo parecido a lo que sucedía en los viejos estadios de fútbol cuando la parcialidad local saltaba eufóricamente sobre los tablones de madera.

En el Museo de la Soda no hay olor a soda, hay olor a ferretería. Los sifones están en filas, prolijamente acomodados sobre largos estantes de madera que siempre tienen continuidad en la pared que la intercepta, formando una infinita y cíclica guarda de cristal en el entorno total del complejo. Son cientos de pequeños enanos narigones que en multitud son gente-masa, pero que si uno se detiene a observarlos, logra distinguir detalles de trabajos artesanales que sólo pudieron haber sido dibujados por artistas.

Los vidrios varían en los más diversos colores. Hay sifones rojos en todas sus escalas. Hay vestidos de azul marino, de amarillo limonada, de amarillo humita, de verde agua, de verde pasto, de verde Ferrocarril Oeste. Lo maravilloso, es descubrir cómo esos colores cambian de intensidad al ser acariciados por un poco de la luz solar, que entra en forma rayos perfumados a través de los magníficos ventanales de colores psicodélicos que sólo existen en las casas de los abuelos, o en los viejos edificios que hoy en día suelen funcionar como secretarías estatales.

Los sifones parecen expresarse a través de la luz. Se alivianan, se empachan, se ofuscan, se cagan de risa. Pero los pequeños narigones siempre dicen algo, y uno está ahí, absorbiendo también un poco del calorcito que entra por las hendiduras de la ventana y tratando de adivinar en qué manos, en qué mesas, en qué casas, en qué barrios, en qué países, y en qué momentos de la historia, esas palanquitas de plomo fueron impulsadas para acompañar a un vermú, o a un vaso de vino tinto, o a una naranjada, o simplemente, para adivinar en qué calles del mundo habrán tenido la suerte de jugar al carnaval.

El Museo de la Soda es un llamado a la reflexión. Es la excusa perfecta para mirarse en una vitrina, y concebir, que por más que en la totalidad de las cosas parezcamos iguales, es en los detalles donde se encuentra la esencia de cada individuo. Porque nace, en la complementación de las diferencias, la cultura de una sociedad. Y es en esa moderación, en esa armonía de aromas, de gustos y colores, donde se encuentra el equilibrio social. Es en todo eso donde se descubre la moraleja de que lo más lindo que le puede pasar a una persona, o a un sifón, es estar tranquilo, en paz, disfrutando del calor que nos presta el sol.

Para saber más sobre la Historia de la Soda, y sobre el Club del Sifón: http://www.museodelasoda.com.ar/

El próximo 22 y 23 de Junio, el Museo de la Soda va a participar de la FIESTA NACIONAL del COLECCIONISMO, junto a otros tantos Museos y devotos de la colección que van a estar exponiendo sus historias, y las de sus objetos, en el Gimnasio Municipal de Berisso (9 y 169). La entrada es libre y gratuita.