Biología Urbana

Delfín Montañana y Elías Cattan, el domingo pasado en el #PicnicEnElRio

¿Cómo se puede modificar el chip de una sociedad para enseñarle a revertir el daño que hasta ahora se le ha causado al ecosistema de la ciudad de México? ¿Aún hay tiempo?, pero ¿hay a quién le interesa? Hay un grupo de organizaciones que trabajan en colaboración para proponer, desde campos como la academia y la iniciativa privada, acciones en favor de los bosques, en revivir los ríos, en la concientización del ahorro del agua, en la importancia de los huertos urbanos y otras iniciativas llevadas ante las autoridades del gobierno del Distrito Federal.

¿Cómo empezar? Para Delfín Montañana, considerado el único biólogo urbano, un primer paso es la educación, modificar la visión que hasta ahora se tiene de los ecosistemas porque hasta el momento la gente de las ciudades cree que puede vivir sin necesidad de la naturaleza, sólo entre asfalto, cemento, varillas, cables, vehículos, edificios y millones de vehículos. Da clases en la Ibero y en la Universidad del Medio Ambiente en Valle de Bravo.

¿A quién y por qué se le ocurrió entubar y ensuciar los ríos? ¿Por qué nadie dice nada? Esta demostrado que el viejo sistema de convertir en flujos de aguas negras los caudales pone en jaque la misma supervivencia de la urbe. El modelo de ciudad no los contempla como sistemas vivos. ¿Es necesario revertir el daño causado hasta ahora por el hombre a los ríos de la ciudad de México? Sí, porque de ello depende el futuro mismo de la metrópoli. Se calcula que en 2040 la ciudad de México extenderá sus brazos de asfalto a Toluca, Puebla, Hidalgo y Cuernavaca para convertirse en una de las hipermegalópolis más grandes del mundo.

Pero, ¿para qué nos puede servir la biología urbana? Porque, explica Montañana, se trata del estudio de la vida que podemos generar en el espacio citadino. Porque es desde esta perspectiva podemos vincular espacios artificiales y vivos.

Los *ahoristas*

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Que la tecnología trae consigo grandes beneficios para la vida cotidiana todos lo saben, pero  pocos admiten que el uso inadecuado o excesivo genera en los usuarios el desenfoque de elementos importantes de las esferas mental y física, como son salud, trabajo, ocio, entre otras. El ahorismo, ese comportamiento contemporáneo marcado también por el ritmo de las redes sociales, nos hace ver como la historia del sujeto aquel que llevaba una gota de agua sobre una cuchacha y que debía cruzar una montaña sin que se le cayera y como premio el rey le iba a dar a la princesa en matrimonio. Al enfocarse sólo en el objeto que transportaba el líquido se perdió el paisaje y todo lo que ocurría a su alrededor. Al final, a dos pasos de llegar a la meta tropezó.

 

El ahorismo es el ADN de nuestros tiempos y no se ve la forma cómo pueda revertirse este proceso puesto en marcha desde la Revolución Industrial;  con diferentes argumentos nos hemos subido a este tren de alta velocidad para no quedarnos en el Pleistoceno de la vida contemporánea. Allí convivimos, como el pasajero del tren de 2046, de Wong Kar-Wai, con una cyborg que se puede comparar con la burbuja de consumidores de smartphones, tabletas y computadoras. Igual que ese personaje que va hacia una ciudad futurista llamada 2046, durante el trayecto no podemos darnos cuenta a la velocidad a la que viajamos, una densa capa de comentarios, fotografías y vidas ajenas nos impide vernos a nosotros mismos. Nuestro Yo Digital no es el Yo del que hablaban los alquimistas o escolásticos en el sentido de Unidad Intransferible y con un origen divino.

 

El Yo Ahorista no tiene un origen metafísico, como destacaban las antiguas culturas de pensamiento mágico, es una proyección holográfica creada para navegar en la metagalaxia de los bits, en un universo fabricado por cables coaxiales, redes inalámbricas, pasajes de banda ancha, teclados, pantallas de millones de pixeles.  El Yo Ahorista está concentrado en vivir el momento de las modas, angustiado en ganar followers, tener popularidad en YouTube y muchos amigos en Facebook. A diferencia de ese Yo pre-Internet éste se apaga cuando no hay pila en el celular o la tableta y la energía eléctrica se interrumpe. Es entonces cuando emerge poco a poco esa esfera mental básica y nos conduce a un reencuentro con nuestros pensamientos y queda sepultado entre bits cuando se reactivan los aparatos.

 

Los ahoristas también tienen cuerpo: no tienen tejidos, sangre, huesos, pero sí la brillantes que se adquiere en los editores de fotografía y video, voz; algunos hasta llegan a ser más importantes que los humanos. Sobre este punto también hay una importante nota que hacer al margen: algunos creen que el avatar es la esencia del universo y olvidan que sin nuestro cuerpo, esa máquina que la evolución ha perfeccionado y mutado, nada podría conseguirse.  El conocimiento vasto que ahora podemos tener con sólo un click no significa sabiduría. Como un ahorista incurable me olvidé que tenía un compartimiento en mi cuerpo para ese Yo que ha sido transmitido de generación en generación desde tiempos antiguos, cuando los hombres se curaban con yerbas, observaban el cielo, salían de caza, buscaban la sabiduría y la conexión entre lo físico y lo invisible para hablar con sus dioses. Sí, para ellos sus deidades eran quizá un rayo, la lluvia, el sol, la luna, la tierra o un volcán. ¿Cuáles son los nuestros ahora? el iPhone 5C, el vehículo, Facebook, la nueva Mac.

El coleccionista de cámaras fotográficas

Boris Giuliano Arce Ferrari despliega una personalidad fuerte, severa, amable y distante ante sus clientes; cuando conversa de cámaras fotográficas, pintura, cine, literatura y vehículos antiguos emerge de su rostro una sonrisa luminosa enmarcada en su barba cerrada. Fue uno de los integrantes que participó en el equipo de restauradores del Ángel de la Independencia durante la administración de Andrés Manuel López Obrador (2000-2005) y que concluyó en el interinato de Alejandro Encinas (2006). “No soy un coleccionista, soy un humanista; me gusta el arte que hacen otras personas para hacernos la vida más sencilla”, responde como resorte cuando se le pregunta por su hobby. “Uno es lo que colecciona”, agrega unos segundos después de regresar a su estado de calma. De no ser porque tiene una de las tiendas de fotografía más importantes de la ciudad de México pasaría, como le gusta, inadvertido.

En el número 56 de la calle Donceles está Casa Arce, uno de las 16 comercios de fotografía que existen entre Eje Central y Brasil, que por cierto, y como dato curioso, convive con 16 librerías de textos usados. Leicas, Rollei, Hasselblad, Contax. Nikon, Pentax, Mamiya, Canon, triples, equipos de iluminación. Apenas entrar cualquiera puede sentir la plácida respiración de las viejas cámaras que registran inmóviles cada movimiento de curiosos, despistados, artistas y coleccionistas que las miran como si fueran hermosas mujeres semidesnudas cercanas y lejanas a la vez, detrás de una enorme capa de vidrio transparente que las protege del toqueteo. Signos del orgullo tecnológico que los expone a la reverencia de los conocedores y al desdén de los ignorantes. Coleccionar cámaras es coleccionar el mundo porque fotografiar es apropiarse de lo fotografiado. La respiración de esas máquinas nos revela que desde 1840 todo lo que hay en el mundo es una fotografía en potencia; ahora diríamos que toda la experiencia humana es una imagen que si no se comparte en redes sociales no es fotografía.

Obturadores, lentes y exposímetros permanecen allí para refutar que nuestras vidas de simulacro no se dirigen a ningún lugar. Con isócrona majestad nos remarcan la apocalíptica idea de que tiempos pasados siempre fueron mejores. El mismo avance de la tecnología y su accesibilidad en la sociedad hace que cada vez más personas recurran a cámaras que ya no necesitan del antiguo rollo de película ni a los laboratorios de revelado ni, muchos menos, a las impresiones de imágenes pues ya casi todo se resuelve en los smartphones, computadoras personales y su exhibición en las redes sociales.

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¿Cómo le han llegado todos estos equipos? Dice que de “dos formas: por la mala vía (cuando los familiares de una persona que murió llegan y me dicen que venden o regalan algunas cosas. Cuando las he revisado me he dado cuenta de que hay cientos de fotografías, diapositivas y cámaras que formaron parte de la vida, los recuerdos y momentos agradables de alguien pero que no les interesa conservar a sus herederos) y la otra es por subastas internacionales”. Productor de cine. Arquitecto y coleccionador de vehículos antiguos que ve en las redes sociales “una pérdida de tiempo porque, de manera paradójica, no relacionan con nadie, quitan tiempo para pensar las cosas que en verdad importan”.

Boris Giuliano sonríe cuando recuerda que hace 20 años junto con sus hermanos abrió Casa Arce, pero allí no comenzó la búsqueda de las cámaras más extrañas, “desde hace muchos años antes ya las teníamos en la casa; gran parte de ellas las usamos en nuestros viajes por el extranjero”. Para mí “la fotografía es mi hobby”, agrega uno de los dueños de un local comercial que cuenta entre sus vitrinas con el equipo que usó Guillermo Kahlo o la primera cámara que se instaló en aviones del Ejército o una que capta imágenes de 360 grados y que sólo hay cinco en el mundo: la famosa y extraña Globus Cope. Este lugar exhibe en sus vitrinas decenas de equipos fabricados en los tiempos cuando la fotografía se hacía sobre películas de emulsión de plata; los objetivos eran tallados a mano con los mejores técnicos en optometría y las imágenes no se distribuían en las redes sociales. No se trata de un museo o galería, aunque lo pareciera, si no un lugar que resiste en la calle Donceles al avance de los aparatos digitales y el cambio de giros comerciales ante el interés masivo de chinos por vender en la zona.

Tijuana, tras la Guerra contra el Narco

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La leyenda de Tijuana nació en 1920, luego de que Estados Unidos promulgará la ley seca que prohibía la fabricación y venta de bebidas alcohólicas, que duró hasta 1932. Los símbolos de esta ciudad fronteriza con San Diego eran el Casino Caliente (construido por  Al Capone) y la Avenida Revolución, lugar de contrabando, juego, prostitución y un Edén etílico. En este lugar de la geografía mexicana la clase media se vanagloria de ser bilingüe, de contar con pasaporte gringo para cruzar las garitas internacionales, conocer Disneyland, consumir productos estadounidenses, entrar a comprar a tiendas de marca, trabajar en “el otro lado” o mandar a sus hijos a estudiar al otro lado de la frontera.

En enero de 2013 la Comisión Nacional de Derechos Humanos informó que en el sexenio del presidente Felipe Calderón la Guerra contra el Narco (2006-2012) había dejado 60 mil muertos y 25 mil desaparecidos; otros contemos no oficiales indican que la suma se eleva hasta 80 ó 100 mil  personas asesinadas en asuntos ligados con el ajuste de cuentas entre organizaciones de la delincuencia organizada.

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En Tijuana, después de Michoacán, el segundo lugar donde se emprendió el combate contra los cárteles, aquí, el de los hermanos Arellano Félix. En entrevista con Omar Millán (reportero del San Diego Union Tribune y la agencia Associated Press), quien acaba de publicar el libro “Viajes al este de la ciudad. Una crónica de la guerra contra el narco en Tijuana” (Editorial Trilce-Conaculta), señala que sólo en esta ciudad fronteriza hubo entre 2008 y 2011 alrededor de 2800 asesinatos, secuestros, levantones, cadáveres colgados en las calle, decapitados, balaceras en restaurantes, salones de baile, hospitales, zonas residenciales y hasta  frente a escuelas en horarios de clase.

Los recorridos que hacía por el este de la ciudad durante los años de la Guerra contra el Narco hicieron en mí lo que hace el viaje a un protagonista de una road movie. Tijuana ya no era lo que yo creía que era pues se había ya transformado en una zona muy violenta donde dos organizaciones se disputaban, como se dice en el argot, la plaza para controlar la venta de drogas”, dice vía telefónica Omar Millán.

El libro comenzó como un trabajo que le encargaron los editores del San Diego Union Tribune que consistía en buscar los nombres de las víctimas del narco en Tijuana, dónde y cómo habían sido ejecutadas para armar un mapa virtual que acompañaría una serie de reportajes que se llamarían Guerra en la Frontera, pero nunca fue publicado aunque lo terminó durante tres meses de investigación. No fue publicado porque la crisis de los medios de Estados Unidos generó el despido masivo de cientos de periodistas, entre ellos, el de la plantilla del San Diego.

Durante esos años de la guerra entre el cártel de los hermanos Arellano Félix con una célula que se había escindido de la organización para aliarse con el cártel de Sinaloa los habitantes no salían de noche; “prácticamente era un toque de queda” ordenado por los sicarios de Teodoro García Simental “El Teo”, jefe de Santiago Meza, apodado “El Pozolero”, quien confesó a las autoridades de deshacer en sosa caústica a cientos de personas en cinco lugares específicos, además de tirar los restos humanos de arroyos y drenajes entre 1996 y 2009.

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Ahora esta ciudad de maquiladoras poco a poco se transforma; deja atrás esos años en que las principales calles abandonaron la vida nocturna y se caminaba bajo su propio riesgo: restaurantes, bares y discotecas cerradas. La vida festiva volvió de la mano de los artistas que expulsaron el miedo al comando de pistoleros a bordo de camionetas que disparaban con sus AK-47 a los comercios abiertos; fue la comunidad artística la que comenzó a realizar presentaciones en las calles;  el grupo Ópera en Tijuana cantaba en los espacios públicos, otros recitaban poesía; las exposiciones de pintura en lugares cerrados volvieron a sacar a la gente de sus casas, que durante años se pertrechó en sus viviendas por el temor de ser secuestrado o baleado.

A pesar de todo, el problema continúa. La Procuraduría de Tijuana registró un descenso de homicidios dolosos en los dos últimos años de gobierno de Calderón; en 2011 registró 746 y en 2012, 364 aunque el 80% relacionados con el narco. Detalla Omar Millán que entonces la situación se volvió infernal porque entre los muertos habían menores de edad ya que las organizaciones criminales llegaron a los barrios marginales de la ciudad, donde no había servicios básicos, donde los jóvenes no estudiaban, para convertirlos en sicarios y distribuidores de droga. “Personas que no aspiraban a otra cosa que a ser repartidores de cocaína, crack, opio, metanfetaminas o pistoleros fueron reclutados por los cárteles; para muchos era la única forma de ser respetados en sus colonias”.

Dos días antes de que concluyera el gobierno de Calderón los peritos de la Subprocuraduría Especializada en Investigaciones de Delincuencia Organizada (SEIDO) de la Procuraduría General de la República localizaron una fosa clandestina con casi 2 mil fragmentos óseos y piezas dentales que pertenecían a 70 personas enterradas en un predio abandonado de un barrio marginal de Tijuana; fueron desenterrados en jornadas de ocho horas al día entre el 27 de noviembre y el 14 de diciembre de 2012.

En esta ciudad fronteriza de México con Estados Unidos los hermanos Arelllano Félix hicieron de su cártel la organización criminal más importante de los años 90 y uno de los focos de atención internacionales tras el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, y otras seis personas más, en el aeropuerto internacional de Guadalajara durante un enfrentamiento con sicarios el 24 de mayo de 1993.

“Aquí todo cuesta, no se regala nada”

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1:22 A.M.  El Chocho, el jefe de meseros se daba unos jalones de coca en un pequeño cuarto instalado atrás de la gigante barra de un table dance perdido entre casas art decó de la colonia Roma, en la ciudad de México; ese lugar era la bodega de los envases de cerveza vacías; todo el tiempo entraba y salía gente cargando cajas. Era el sitio donde los empleados “de confianza” iban a darse unos pericazos para aguantar el ritmo de la noche que se desplazaba a ritmo de estrobos. Mientras tanto, Juan, el tipo al que le apodaban La Voz  presentaba a las bailarinas con nombres glamurosos, como si se tratara de artistas extranjeras de Hollywood o Broadway. Los meseros se desplazaban por todo el salón como hormigas histéricas para atender a los clientes que abarrotaban el lugar como todos los viernes por la noche.

“¡Ándenle cabrones!, chínguenle, ¡váyanse a robar, robar, robar, que no están aquí porque estén bonitos y buenotes!”, gritaba en medio del reggaetón a todo volumen el jefe de capitanes a sus meseros. Los espejos rebotan la imagen de mujeres desnudas sentadas sobre sujetos panzones. Las mesas más caras de este lugar son los que se encuentran a los lados y enfrente de la pista donde una a una salen ellas a desnudarse ante la voraz mirada de los asistentes que no parpadean en el momento en que la tanga cae rendida a un lado de unas zapatillas de altos tacones, un tubo de metal y las manos de algunos atrevidos que quieren alcanzar su presa. A la mesa de El Comandante siempre llegaba la mejor coca, el mejor whisky. Nunca pagaba la cuenta porque era cortesía de la casa, pero la propina era generosa, por eso su mesero se esmeraba en atenderlo. “Quién crees que trajo este taquito que andas probando?”, presumía a sus compañeros. “Sí, de ese cabrón. No sé de dónde saca siempre diferentes y bien buenas”. Y siempre lo atendía el mismo mesero: El Chocho. Nadie sabía o nadie quería saber cuál era el nombre real de El Comandante, porque “hay cosas que es mejor desconocerlas”, decían los trabajadores que lo atendían.

Dos minutos después se apagó la luz de todo el lugar. Se iluminó en forma circular el tubo de la pista. Tras pausa de unos segundos La Voz anunció a la belleza principal de la noche: “ahora viene con nosotros…..¡¡Star…la diosa… la sensualidad de Cleopatra, la encarnación de Marilyn!!”, casi al mismo tiempo entraba al salón disparado El Chocho que se había encerrado en el pequeño cuarto a meterse otras rayas de cocaína para el momento especial.  El Comandante dio otro trago de su old fashion con hielos y decía salud a sus compañeros de mesa. Star sale parsimoniosa, sus enormes ojos negros consumen toda la energía concentrada en ese lugar y en ese momento y sus caderas rompen la oscuridad con su movimiento. Luz tenue, estrobos, espejos y videocámaras por todas partes. Miradas lascivas, esquivas, toqueteos bajo la mesa. Cuerpos semidesnudos bailando sin gracia en rincones iluminados por miradas que no se perdían ni un detalle de lo que veían. Promesas de amor baratas. Confesiones. Billetes sujetados por tangas. Música electrónica pop rebotando por todos los rincones del lugar. El Chocho, desde la barra comenzó a buscar a una persona entre todas las mesas con la dificultad que imponía la oscuridad. De pronto una voz se encima con la “Tonight, Tonight“, la pista de The Smashing Pumpkins:  “Déjala cabrón, es mi novia”, le gritó El Chocho a uno de los clientes mientras jalaba a la bailarina muy fuerte de uno de sus brazos para llevársela. En ese momento todos voltearon hacia la tercera mesa de la segunda hilera, frente al escenario, para observar cómo se enfrentaban los clientes con el mesero. La chica gritaba “déjame en paz idiota”. Uno de los escoltas de El Comandante amagó con sacar un arma para defender a una mujer en topples. Uno de los capitanes se acercó rápido para intentar detener la situación, pero fue rebotado por un puñetazo anónimo. Mientras esto sucedía Star seguía concentrada en su baile, como si no existiera nada más en esta galaxia que observar la superficie de su piel y su larga cabellera. A unos metros aporreaban al mesero en el piso hasta dejarlo inmóvil. “Bueno ya cabrones”, dijo otro de los capitanes del rable dance, “que siga el show”.

Pobre cabrón, para que se enamora de esa chica, le dijo uno de los clientes a una señora que vendía cigarros sueltos a la entrada del establecimiento, mientras atendían a su lado al mesero. “Esto es el mundo de la sinceridad, aquí no hay mentira, no tienes que engañar a una mujer para irte con ella, sólo tienes que pagar”, le contestó, “aquí lo único que te hace hombre es el dinero que llevas en la bolsa”. Unos rieron, otros se quedaron en silencio. A otros ni siquiera les importo el comentario de la tipa de 50 años con el cabello pintado de rubio que llevaba puesto un vestido rojo. Y es que aquí, en este lugar, no importa nada más que el alcohol, las drogas y las mujeres semidesnudas sentadas en las piernas de desconocidos que salen a la calle en busca de caricias anónimas. Rostros dotados con la facultad de borrarse de la mente de quienes los ven al terminar una canción. “¿O tiene otra opinión usted de esta realidad?”.

El Metro del DF: salas móviles para quedar sordo

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No sé cómo sea en Buenos Aires la vida en el Metro, pero en la ciudad de México no es nada cómoda por las mafias que han creado las autoridades del Sistema de Transporte Colectivo con los vendedores que han tomado los 226 mil 448 kilómetros de vías que tiene a lo largo y ancho de la capital para convertirla en un mercado. Entre la fauna urbana de comerciantes ilegales hay uno que le llaman “vagonero” y que es un personaje que aborda los trenes con unas bocinas en la espalda con sonido al altísimo volumen para promocionar discos pirata de música de diversos géneros y que tiene a los pasajeros al borde de la histeria con su ruido. De esto hablaremos hoy en este post.

El Metro, aparte de ser uno de los más eficientes sistemas de transporte de la Ciudad de México, también es, sin pretenderlo, uno de los lugares de experimentación humana más baratos de la capital. A esas imágenes post-industriales de trenes sobresaturados trasladando a miles de personas del oriente al centro-sur-poniente de la capital sólo les faltaba un elemento para hacerlas aún más apocalípticas: el vagonero.

Si antes el reto era subirse a un vagón lleno de gente y no asfixiarse, ahora el otro reto para Guinness es el de llegar a tu destino, bajar completo y, sobre todo, no quedarte sordo para siempre luego de que un vagonero puso sus bocinas gigantes a todo volumen en tu rostro mientras repasaba los 20 grandes éxitos de salsa de todos los tiempos o las 200 canciones de los duetos más famosos en la historia de la música universal. ¿Les importamos a las autoridades del Metro? No, porque de lo contrario impedirían que los andenes y pasillos principales se convirtieran en mercados ambulantes donde se vende desde jitomates, lámparas, empanadas, cortauñas, plumas, tacos, chamarras, llaveros, gafas para el sol, cremas para la piel caducas hasta relojes, chamarras y sexoservicio.

De acuerdo con la norma NADF-05-2006, la Secretaría de Medio Ambiente del Distrito Federal establece que el límite para emisiones sonoras de fuentes fijas es de 65 decibeles A en horarios diurnos y 62 decibeles A para el horario nocturno. Los vagoneros emiten más de 100 decibeles.

Todos se reúnen en el primer o último vagón y uno a uno van pasando a vender sus discos grabados con mp3 o películas. Cuando se encuentran dos en el mismo nunca promocionan sus productos a la vez, como si tuvieran un código de respeto entre ellos. Aunque con la gente no, pero es relativo, ya que si a unos les molesta el insoportable ruido con canciones de banda o reggaeton, a otros les gusta la promoción y les compran su mercancía. Si nadie les comprara nada durante todo el día quizá verían la forma de ganarse la vida fuera de las estaciones del Metro. Otros dicen que ellos no son el problema, sino el sistema que no les da empleo formal bien pagado, por lo que, agregan, es mejor que dejen sordos a todos en lugar de robar, secuestrar o matar por dinero. Cuestiones de óptica.

¿Víctimas o victimarios? Podría decirse que son de los personajes más temidos por usuarios y policías que supuestamente vigilan que en toda la red no haya comerciantes; y lo es no porque sean invencibles sino porque nunca atacan o se defienden solos: siguen la lógica de la manada; acompañados defienden el territorio. “Tienen cara de chacales. Una vez le dije a uno que no me pusiera sus bocinas en la cara y casi me golpea. Hasta le habló a sus compañeros y nadie salió a defenderme. Todos se quedaron mirando nada más”, dice A consultada sobre su experiencia como usuaria de este medio de transporte tomado por los vagoneros ante la complacencia de las autoridades.

¿Y eso no lo ven desde el centro de monitoreo que tiene el Metro? ¿Para qué sirven cientos de videocámaras instaladas en toda la red? ¿O es que sólo se encuentran colocadas allí pero no transmiten señal porque están apagadas? Cada vez que los policías realizan operativos para llevarlos ante el Juzgado Cívico pagan la sanción que es de 11 a 20 días de salario mínimo o de 13 a 24 de arresto. En otras, golpean o sobornan a los uniformados. Las autoridades han contabilizado al menos 15 organizaciones que afilian a casi tres mil personas que cada día pagan su cuota para vender en las 195 estaciones de las 12 líneas que se extienden a lo largo de 226 mil 448 kilómetros de la urbe. Al día, cinco millones de personas usan este transporte que cuesta tres pesos y pese a denuncias, parece que las primeras en quedar sordas ante estas quejan han sido las autoridades por culpa de los vagoneros.

¿En Buenos Aires también hay vagoneros?

“Cantinflas” salió a trabajar hoy al crucero

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No sé cómo sea en las principales calles de Argentina, pero en la ciudad de México hay un personaje televisivo llamado “Cantinflas” que a pesar de pertenecer al mundo del siglo pasado aún sus imitadores salen a las vialidades vestidos como el folclorico actor de barrio y además de extender la leyenda de Mario Moreno se ganan unas monedas. La ciudad de México es un caos viral, pero de pronto uno se puede encontrar con personajes que   sacan a uno del ensimismamiento y nos sacan una sonrisa. Esto me pasó:

 

Salió sin desayunar esta mañana, pero ya se encuentra trabajando en algún crucero de la Ciudad de México. Justo en el momento en que la luz roja del semáforo se pone él se acerca despacio, como bailando, frente a los automovilistas que lo miran detrás de los parabrisas como un clon de Cantinflas, ese personaje de arrabal de Mario Moreno, quien dijo haber nacido un 12 de agosto de 1911 en una familia pobre de seis hermanos, hijos de un empleado de Correos, José Pedro Moreno, y de Soledad Reyes. Aprendiz de torero, buen jugador de billar, boxeador amateur y creador del cantinflismo: el arte de hablar y hablar sin decir nada.

 

-¿Mi nombre?-, pregunta -¿Para qué? eso no importa: soy el personaje de Cantinflas. Sale de su casa todas las mañanas disfrazado del antihéroe de vecindad que se convirtió en una estrella del espectáculo mexicano desde los años 30 del siglo pasado; luego pasó a la televisión, las historietas cómicas, caricaturas y después de 60 años sus películas continúan en la programación de las señales abierta y de paga.

 

-Vivo por Lomas de Plateros, chato, a’i está el detalle-, responde cuando se le pregunta en qué zona de la metrópoli vive y se lanza de nuevo contra los automovilistas que han detenido la marcha unos minutos en lo que vuelve a ponerse la luz verde. Su camisa blanca de mangas largas ajustada resalta el tamaño de su lonja y sus pantalones arrugados no le caen sobre la cintura, sino a la altura de las caderas. Sus bigotes parecen dos fragmentos de cejas que se mueven con pausada gracia en medio de un ambiente de esquizofrenia sónica.

 

Cantinflas es la parodia de la clase baja, de los léperos, de los antihéroes del arrabal, las vecindades y el barrio de las colonias populares de la primera mitad del siglo XX chilango. Algunos aseguran que el nombre que usó Mario Moreno para su personaje salió del ambiente donde los hombres se emborrachaban como si no hubiera mañana; de ahí el “¡Cuánto inflas!”, algo así como c´ant´inflas. Con el tiempo, se ha vuelto una mofa, un escupitajo programado desde hace al menos 50 años cada semana en la televisión, un virus correctivo para los que buscan desapegarse del estereotipo del individuo carente de inteligencia.

 

“Llevo apenas una hora en este lugar, la gente me da dinero por hacerla reír”, añade, aunque en esta ocasión ya no dice el clásico “…chato”, ni semicierra los ojos como hacía Mario Moreno cuando escudriñaba la mirada de las personas.

 

¿Y cómo lo observa la gente? “Siento que no me ven; llevan tanta prisa siempre que me siento alguien invisible junto a ellos. Corren. Corren. Corren. No miran nada, por eso muchas veces me tengo que cruzar en su camino para sacarlos de su rutina. Han sido pocas veces las que me han parado en la calle para preguntarme por mi personaje”. Apenas dice esto y se acomoda ese pedazo de trapo sobre el cuello al que llama “gabardina, no es un trapo”.

 

“Es bueno reír, chato. Es bueno para el alma acorralada en esta gran ciudad”, concluye. Se despide, da la vuelta, recoge su botella de agua colocada bajo un árbol y camina en contrasentido. Algo en su caminar se parece al de Chaplin. Éste no es el defensor de los pobres que pintó Diego Rivera en un mural del Teatro Insurgentes en 1953, pero es un defensor de la libertad del individuo a ser el personaje que elija y llevado al extremo. Es un Cantinflas que se desplaza por el Distrito Federal como el eco de un ser creado para hacer divertir a los demás. Mario Moreno murió el 20 de abril de 1993, pero su avatar sigue vivo, quizá porque mientras exista el antihéroe de arrabal que levanta la voz contra las injusticias existirá.

 

 

Nuevos poetas urbanos: Los Salvajes de Ciudad AKA

Los salvajes

 

 

Ciudad subterránea,/ Ciudad sangre,/ Ciudad que se extiende bajo nuestros pies,/ Sin fin, sin conocer el sol, dice el poema “Mañana”, de Javier Moro y Carlos Ramírez publicado en Los Salvajes de Ciudad AKA, un texto que se distribuye de forma atomizada por la capital mexicana como un susurro que se mete al Metro a las 7:20 de la mañana, no puedes entrar de lo cargado de gente que van los trenes por los intestinos gruesos de la urbe que amanece somnolienta y dispuesta a vencer, ahora sí, a su destino.

 

La poesía también se ha extendido más allá de la experiencia del enamorado que sucumbe ante la mirada distante de su objeto amoroso, del que describe cómo sucumbe descorazonado al abismo de la soledad a la que le arroja el desdén del prójimo que no se encuentra en el círculo mágico de la seducción y sus rituales. La ciudad remplaza en algunos trovadores la imagen de un hombre o mujer idealizados. En Constelación, Jorge Fernández Granados escribe: La ciudad es un resuello,/ un contingente de animales misteriosos,/ transmutada,/ infeliz./ La ciudad,/ torpe esqueleto de rutas y monumentos,/ ombligo líquido que duerme/ un sueño largo y oscuro con veinte millones de pasos cubriéndole la tristeza.

 

Para Los Salvajes de Ciudad AKA, entonces la capital mexicana es esa mujer insomne de calles vacías donde la noche silencio se descubrió violada/ por el canto afónico de un asesino serial/ que aferrado a su guitarra gritaba/ “We are the decadence. Quizá la poesía se estancó, dejó de crecer por esa actitud asumida por algunos de malditos, dice Javier Moro: de pronto todos éramos malditos y teníamos un lenguaje elevado, distante, dizque divino; de alguna forma provocó que no evolucionara este género al que uno no pide pertenecer como si se tratara de un club, sólo uno se descubre.

 

Llegó al DeEfe a los siete años de su natal Colombia, aunque desde entonces no se ha ido lo que refuerza su identidad del chilango que viene de fuera y hace de esta metrópoli su espacio de búsqueda en el barrio de la Peralvillo. Cuando llegamos a la ciudad/ no había edificios altos/ ni trenes bajo la tierra/ los techos eran de cartón/ y había más lodo que en el pueblo, los ecos de una infancia que remiten a otros nodos habitables, otros ritmos ya desaparecidos, porque al final de todo, la Ciudad de México es una fosa que guarda en la humedad silenciosa y ciega sus edades, sus capas geológicas, cementerio. Tarde descubrí que esta ciudad / es de tendencia suicida, expresa en otra parte del texto que debe ser leído mientras Carlos Ramírez (Kobra) musicaliza desde una tornamesa y unos gráficos atrapan la mirada de los asistentes.

 

Los rituales digitales contemporáneos le han dado a los poetas, los que se asumen como tales, la facilidad de proyectar sus sampleados textos sobre muros iluminados con láser, donde imágenes nativas nos remiten a lo que vemos todos los días en la calle porque en esta ciudad todo es música/ y caminamos por las calles llenas de danzantes/ bajo un ritmo frenético/ y papá decía/ que todos descubrían cada día/ un nuevo espacio/ en esta galaxia de territorios colonizados.

 

El Metro, amores fugaces, recuerdos de la infancia, los ambulantes, televisores que despiertan a hombres operados por traumatismo craneoencefálico y azoteas con paisajes cableados sosteniendo las calles en medio de un ambiente de violencia generalizada forman parte de un vinil de palabras de mil ejemplares que si corren con suerte pueden adquirir en alguna librería de NeoTenochtitlán o tirado en las escaleras eléctricas donde vive la ballena metálica naranja que se engulle a cinco millones de personas al día. O quizá se los regale alguien por equivocación, cuando piensen que esta ciudad es para salvajes,/ para aquellos que aman el frenesí/ de una tierra que los devora,/ para aquellos que derriten el pavimento/ y dibujan en las paredes /ecos de una vida sin esperanza.

Tan lejos del Mainstream, tan cerca de la Muerte

La Niña Preciosa observa inmutable la procesión de fieles que le llevan flores, cigarros, dinero, oraciones y su bendición. “Dios hace milagros, pero la Santa Muerte te hace el paro”, es el mantra que recorre la colonia Morelos, donde la Santa Muerte tiene su altar sobre la calle Alfarería. Es el culto de los que han perdido la fe en las instituciones, pero no es algo nuevo, ya desde los prehispánicos formó parte del ADN de su cosmovisión.

 

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Doña Queta (Fotos: Filemón Alonso-Miranda

Doña Queta es la Sacerdotisa que atiende el altar instalado en su casa; ella es la que hizo que la imagen de la Santa Muerte dejara los rincones de las casas y viera la luz en las calles tan urgidas de su amparo y protección. La carismática sacerdotisa de la Niña Preciosa tiene 57 nietos. Este es un culto casero e íntimo que nació en Tepito, aunque en muchas partes de la República. La muerte era vista como un tránsito, un paraíso. El origen de esta devoción es más misterioso que antropológico, pues si al final de la vida todos la hemos de conocer, qué de malo tiene hacerla presente, si desde siempre la vida y la muerte han sido buenas comadres, dicen en el barrio. Es por ello que la imagen de la Niña Blanca es atractiva para quienes la consideran su madrina protectora, y es repulsiva para quienes padecen bruma mental y nebulosas en el alma.

 

Todos los días, las 24 horas, se acercan en busca de protección rostros morenos de ojos violentos hacen fila para pasar al altar donde se encuentra La Flaquita. Uno a uno niños, jóvenes y viejos llegan a la vitrina donde la imagen Ella los observa con distante amor y candorosa lejanía. Los devotos a veces pronuncian algunos deseos en voz alta, pero la mayoría lo dice mentalmente, pero una adolescente se detiene frente a ella y de su mochila saca unas tijeras con las que comienza a cortarse un largo mechón de su cabello. Entre las prisas y veladoras guarda su mechón, da la media vuelta y se pierde entre los otros devotos de este infierno urbano que necesita de una divinidad que les dé el salvoconducto para seguir retando los riesgos que conlleva la vida en esta plancha de asfalto.

 

Santa Muerte

 

La Santa abre las celebraciones del Día de los Santos Difuntos el 31 de octubre por la noche. Ella es la que inaugura las fiestas donde los espíritus conviven con los vivos por que, comentan sus fieles, ella es “pura y no prejuicia, lo mismo se lleva a un niño que a un anciano, a un pobre que a un rico”. El primer rosario comienza a las cinco de la tarde, el segundo, a las 12 de la noche. Y es que el culto ha sido adoptado por la “barriada” luego de perder la confianza y la fe en la Iglesia Católica, pero no busca rivalizar con el mainstream religioso.

 

El Padre Nuestro es el mantra que cubre de paz a todas las personas que se han congregado frente a la capilla, una especie de Meca a la que todo el año y a todas horas llegan los fieles a depositar flores, encender veladoras y implorar protección, bendiciones, trabajo, salud y dinero. Durante las oraciones algunos acarician el ropaje de lujo que Ella luce este día, “ella que representa y conceptualiza lo único que tenemos seguro en esta vida: la Muerte”.

 

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Doña Queta es de las personas más respetadas en el barrio; desde hace 11 años organiza la misa anual en la calle Alfarería, en la que al terminar los cientos de fieles que cargan imágenes de todo tipo le cantan una porra a la Nina Santa, porque es también una fiesta, una ceremonia que se desplaza al margen de los canones, porque corre en la sangre de sus fieles que retan a la vida porque saben que la huesuda los protege.

 

 

Ciudad Satélite, el viejo suburbio futurista mexicano

“Me siento como si me hubiera ido de viaje muy lejos”, dijo el productor radiofónico Uriel Waizel cuando regresábamos al DF, aunque sólo habíamos ido de scouting a los siete lugares más emblemáticos de Ciudad Satélite con el artista Fernando Llanos, el otro integrante del Colectivo Satelín-Torres, que presentaron hace más de un año un libro sobre la historia del que fue considerado el suburbio más vanguardista de la posguerra.

 

 
Captura de pantalla 2013-06-13 a la(s) 07.21.38Las Torres de Satélite, escenario para la foto del recuerdo de quinceañeras y parejas recién casadas (Foto: Fernando Llanos/Instagram)
    Para chilangos, como yo, acostumbrados a las angostas calles llenos de perros bajo un cielo tejido por cables eléctricos conectados a diablitos, la vida del satelín se parece más a la de quien renta una espacio como vivienda dentro de un supermercado o una tienda comercial para vivir. Tan así que se sentían orgullosos en los 80 del siglo pasado que el McDonalds más grande de México estuviera justamente allí: en Satélite y no en la ciudad de México.       Captura de pantalla 2013-06-12 a la(s) 15.35.39
Uriel Waizel y Fernando Llanos, creadores del Colectivo Satelín-Torres, dos arqueólogos y antropólogos urbanos que recuperan la historia de Satélite y ahora buscancrear un museo en el antiguo suburbio de clase alta de la zona metropolitana del Valle de México  
     
 

 

¿Qué hay en Satélite aparte de malls y las Torres de Barragán-Goeritz? Una utopia, un nivel de vida que se coloca al otro lado de la vida tradicional de un habitante del DF; aunque en muchos aspectos ha sido rebasada, aún hay calles donde se conservan intactas las huellas del american way of life: casas individuales con jardines bien cuidados, mascotas matando el aburrimiento bajo el sol, avenidas amplias y sin cruceros para que el Dios Automóvil vaya a alta velocidad, plazas comerciales, estacionamientos gigantes. Una aldea neomedieval que ha sido invadida por la expansión urbana en los límites del Distrito Federal y Estado de México.

 

 

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  Ahora ya no existe el Toreo de Cuatro Camino, un referente para los habitantes que decían que después del domo todo era “Satélite”, pero en su lugar hay centros comerciales. Le costó trabajo, pero después de 50 años por fin la neo Tenochtitlán alcanzó a ese suburbio del futuro de la posguerra planificado por el arquitecto Mario Pani en 1954. Allí se encuentran Las Torres de Luis Barragán y Mathias Goeritz, que se levantan en medio de un caos visual generado por los espectaculares y el cargado tráfico que circula alrededor de este conjunto arquitectónico que sirve de escenario para las fotografías de quinceañeras y recién casados, como ocurre con el Ángel de la Independencia. La apropiación del espacio público.  
 

 

-Llanos: “Satélite, el libro”, (2012) fue detonante para buscar ahora la creación de un museo que concentre todas las líneas de investigación que hemos desarrollado en varios años, pero antes realizaremos la “Torre Amarilla”, una revista con entrevistas y ponencias para generar un eco, para conocer otras historias.
-Waizel: El museo es una idea natural; hasta en las pequeñas ciudades de Estados Unidos y Europa hay espacios especiales para preservar la herencia de la comunidad. ¿Por qué Satélite no debería tener el suyo si aquí se generan tantas historias, cosas, música?

 

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Nuestro del Campo Florido, obra de Félix Candela de 1966, mismo arquitecto del Palacio de los Deportes  (Foto: Fernando Llanos/Instagram)
La Casa Diabólica, la Escuela de Harry Potter, la Casa de Miguel Alemán, los campos de futbol americano, las canchas de futbol donde jugó Luis García, la casa donde vivió José José, el lugar donde ensayan los de Cafe Tacvba, la nomenclatura, los anuncios setenteros bien cuidados y las famosas hamburguesas de casi un kilo de carne, forman parte del mapa mental de sateluco, según la aproximación instantánea y miope de un chilango que quiso conocer la nueva Ciudad Satélite, desbordada por el tráfico.