El vino es el protagonista

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Es interesante ver pasar el tiempo y las personas; incluso algunos vinos que se acaban. Sólo quedan los lugares, viñedos tradicionales o nuevos, justificando la fama de una región o bien desafiando los límites. Pero claro, nada de esto sería posible sin las personas. Sin embargo, todos los personajes que rodean al vino están de paso, y su razón de ser (al menos profesionalmente hablando) es justamente el vino. Sin esa noble bebida que tan bien le hace al espíritu, nadie sería el mismo en el mundo del vino. Por primera vez tengo la posibilidad de compartirlo como quiero; o mejor dicho, lo más cercano posible a lo que quiero. Porque si por mi fuera los invitaría a todos, los que están leyendo esta nota y también a los que no, a disfrutar juntos un vino, a conocer a su hacedor, donde lo hace, qué lo llevó a crear tal etiqueta, qué antepasado lo influyó, y hasta cuales son sus gustos personales. Pero no me alcanzarían ni mil vidas para hacer eso con cada uno de ustedes. Escribir es lindo, porque deja transmitir algo de la magia del vino a través de la imaginación. Pero mostrarlo es diferente. Recuerdo los años de Dos de Copas con Miguel Brascó (2007 y 2008), nos encontrábamos en una barra y compartíamos con los televidentes un aperitivo al tiempo que presentábamos el programa. Luego degustábamos algún vino de dorapa (como decía él) al ritmo de breves noticias del vino. Y después el plato fuerte, sentados a la mesa, comiendo y bebiendo, recomendando pero más que todo compartiendo nuestras pasiones. Todo finalizaba en un tranquilo living del whisky, sacando conclusiones. Fue muy divertido mientras duró, y muy recordado hasta hoy; pero le faltaba algo.

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La semana próxima comienza Lado V por la pantalla del Canal de la Ciudad (http://www.fabricioportelli.com/2015/03/24/lado-v-muy-pronto-por-el-canal-de-la-ciudad/), un programa dedicado al vino, el verdadero protagonista. Claro que necesita del hombre para lucirse. Es más, el vino argentino está pasando por una etapa hombre-dependiente, en el cual los personajes adquieren mucha notoriedad por sus vinos. Sin embargo, ellos mismos le están dando paso al origen. Es decir que los suelos, el entorno y el ecosistema de la viña están adquiriendo la importancia que se merecen. Claro que eso no sería posible sin el estudio del hombre; porque es en esa incansable búsqueda para intervenir lo menos posible la naturaleza, que se hallan los hábitat naturales para dar vida a los grandes vinos argentinos. En eso está hoy la industria. Pero volvemos al principio, el vino fue, es y seguirá siendo el protagonista indiscutido. Porque es el fruto de un gran trabajo lo que nosotros podemos disfrutar en nuestra mesa. A veces sólo podemos ver la botella, y eso determina nuestras preferencias. Pero hay mucho más por descubrir. Por eso nace Lado V, para mostrarles todo lo que no se ve en las góndolas. Y así conocer lugares, bodegas, personas, historias de vida, culturas, cocinas y paisajes soñados. Estoy seguro que después de conocer el otro lado del vino, ya ninguna copa volverá a ser la misma. Los espero.

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La drinkability del Malbec

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La palabra drinkability la puso de moda Brascó hace varios años, al menos entre los consumidores de vino. Una palabra curiosa que suena mejor en inglés y sin traducirla, porque si vamos al Google Translate nos tira potabilidad. Por lo tanto es mejor dejarla en english, porque todos sabemos que es un drink, y lo demás lo imaginamos. Y si bien no significa, suena como la habilidad del Malbec (en este caso) para ser bebido. Y algo de esto hay porque otra que nos entrega Google es suavidad al beberla. Por lo tanto, debemos incorporar la palabra drinkability a nuestro vocabulario vínico.

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Pero eso no era lo importante, lo de agrandar nuestro glosario, sino que verdaderamente la drinkability del Malbec está de moda en los principales mercados de consumo del mundo, más precisamente Estados Unidos y el Reino Unido. Por ellos saben muy bien qué significa esa palabra, y más aún, cómo debe ser un vino para poder ganarse algo tan preciado que resulta en mayor aceptación por parte del consumidor.

Es un atributo de cualquier vino con pretensiones de éxito. Y es ahí donde el Malbec gana la partida. Porque cumple con todos los requisitos de la tomabilidad (ven que suena mejor en inglés). Llena la boca con intensa suavidad, sus taninos son siempre amables, su expresión frutal inconfundible y una frescura final que potencia todas las sensaciones e invita a una segunda copa. Y esto le permite superar la difícil “second test glass” (prueba de la segunda copa). Porque en esos mercados se disfruta mucho más el vino por copas que en nuestro país. Es costumbre encontrarse en los pubs o bares y más allá del liderazgo de las cervezas, el copeo de vino comienza a acechar a los cocktails. Además en las casas es muy común la bienvenida con una copa de vino. Es decir que muchos prueban porque son receptivos y siempre bien predispuestos a conocer, pero al mismo tiempo exigentes para incorporar preferencias. Esta es una de las claves del éxito del Malbec, un tinto único que regala drinkability en todas sus opciones, ya sea rosado del año, tinto joven, reserva o gran vino de guarda.

Pocos tintos logran ser tan atractivos a primera copa y mantener o incluso aumentar su belleza con el correr de las copas. Por suerte, somos los referentes de Malbec en el mundo y tenemos todos al alcance de nuestras manos para poder disfrutar de su drinkability, todos los días.

Algunas bodegas que permiten comprobar este efecto:

Diamandes, Zuccardi, Monteviejo, Salentein, Lagarde, Terrazas, López, Luigi Bosca, Catena Zapata, Trapiche, Viña Vida, Riglos, PerSe, SonVida, Teho  y Noemía, entre muchos otros.

 

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Así se celebra un acuerdo

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En un momento de gran disputa política entre la industria del vino y el gobierno, cabe destacar la firma de la prórroga por el Acuerdo de Espumantes   (http://www.fabricioportelli.com/2015/01/19/para-que-las-burbujas-sigan-subiendo/). Un convenio firmado entre ambas partes en el que la industria se comprometía a invertir en lugar de pagar un impuesto extra, allá por 2005.

Pasaron diez años y los resultados están a la vista; en las góndolas, en las calles con las publicidades en vía publica, en la tele y la radio, en la web; pero por sobre todo en nuestras copas. Algunos datos contundentes que resultaron de dicho acuerdo, luego de estos diez años:

 

-Se duplicó el volumen de comercialización en mercado interno.

-Se duplicó el número de empresas productoras/vendedoras de espumantes, en especial pequeñas bodegas, lo que favoreció la transformación de un mercado concentrado a uno diversificado.

-Se potenció la demanda de variedades blancas con destino a vinos base de espumantes.

-Se incrementaron las ocasiones de consumo durante el año, de manera de contrarrestar la estacionalidad del producto.

-Se diversificó la oferta de precios de los espumantes.

-Se convirtió en el producto de mayor innovación en toda la cadena vitivinícola tanto por tamaño de botellas como por tipo.

-Se incrementaron fuertemente las exportaciones.

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Más allá del real impacto de esto sobre una industria que mueve mucha gente, y que gracias a la naturaleza se reinventa con cada cosecha, lo más importante a destacar es el resultado en el consumidor. Porque hoy todos tenemos centenares de etiquetas disponibles al alcance de la mano, para celebrar en cualquier momento, y para todos los gustos y bolsillos. Y si bien antes el espumante era sinónimo de festejos y reservado para las fiestas especiales y ocasionales, hoy más que nunca sigue siendo el rey de las celebraciones. Lo que ha cambiado es que nos dimos cuenta que no tenemos que esperar para llenar copas y chocarlas con el de al lado. Un momento cotidiano puede terminar siendo inolvidable con solo un brindis.

La diversidad de propuestas y la llegada a distintos lugares sin duda a potenciado esta nueva costumbre de los argentinos de festejar en cualquier momento. Pocas veces vi que el resultado de un pacto entre industria y gobierno supere las expectativas de todos. ¿No será este el camino para apoyar a toda la industria del vino? Porque si algo le sobra a la vitivinicultura es demostrar que todo lo puede y que goza de un potencial inmensurable.

Soy de los que piensa que debemos sentir más orgullo por nuestra bebida nacional, y esto no tiene nada de político, es sólo sentido común y ganas de que todos la pasemos un poco mejor. Porque la Argentina sin vino sería; además de inimaginable; muy aburrida.

Brindo con espumante por este acuerdo, y espero (brindando) muchos más por el bien del vino argentino.

 

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¿Por qué brindar?

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Se acerca el fin; del año. Algo que no es muy distinto a lo que nos pasa día a día cuando se pone el sol y sale la luna rodeada de miles de estrellas, aunque no siempre la veamos. Porque un día más, también significa un día menos. Ídem con las semanas, los meses y los años. Pero no se puede vivir mirando la parte vacía de la copa, es una visión muy triste. Así, la vida se te pasa y no la disfrutas. En cambio, si vamos hacia delante, sin importar el tiempo que pasó, siempre vamos a querer más; hasta el último día; del año. Por suerte, todo vuelve a empezar. Como esa copa que se vacía, siempre se puede volver a llenar.

Falta poco para que se vaya este año y empiece uno nuevo.
Ojalá se renueven las esperanzas y s cumplan algunos sueños. Todos hemos pasado tragos amargos este año (y los anteriores). Pero a este altura de la vida, ya sabemos que la vida significa camino de ida. Y quizás la v sea de vino; o acaso la planta de la que nace la noble bebida no se llama vid.

Sin dudas que la vida es mucho más alegre, divertida y disfrutable, con vino. En cualquier ocasión.

Un almuerzo cotidiano en plena city, puede convertirse en una pausa renovadora si combinamos el sándwich o el menú ejecutivo de turno (o la empanada, ensalada, etc.), con una copa de vino. No quita reflejos, ayuda a digerir mejor, no cae pesado ayuda a levantar el ánimo. Ni hablar si es una comida de negocios y necesitamos impresionar para cerrar un acuerdo. El vino es el aliado perfecto, es como ese amigo invisible que nos aporta lo que a nosotros nos falta. Porque el vino te va soltando de a poco, para que te animes a más. El resultado siempre dependerá de vos, pero sin dudas que el vino influirá.

En casa, pasa lo mismo. El vino te cambia la cara, por más cansado que llegues del trabajo. Acordate, un buen Malbec puede convertir las milanesas con puré de siempre en un maridaje perfecto y habilitarte (sí, en medio de la semana) una noche insospechada en casa.

Si te juntas con amigos pasa lo mismo,  al principio son todos tímidos, pero luego se van relajando y a medida que el ángel del vino revuela la mesa, la diversión se hace presente. Sea en casa o en un restaurante. La clave, al menos para mi, es poder ofrecer diversidad. Porque así como no comemos solo una cosa, no debemos beber sólo un vino. Y es en esa propuesta de alternativas que todos encontrarán su compañero preferido para cada momento. Empezar siempre con algo fresquito y relajado, como puede ser un blanco o un rosado del año. Si las pretensiones mandan, la alternativa obligada para abrir el encuentro es un espumante. Más allá de otras opciones como pueden ser aperitivos o cervezas. Y luego ir levantando la apuesta de a poco. Vas a ver como al final todos se prenden y todas las botellas que pensabas te sobrarían para la próxima, quedan vacías.

Yo brindaré por la felicidad, ese estado de ánimo que involucra tantas cosas importantes; la familia, la salud, el bienestar, los amigos, el trabajo. Y hay muchos que van a hacer lo mismo que yo.

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A todos les deseo felicidad. Salud.

PD: un dato, por si te sirve, a mi el vino me cambió la vida y me ayuda a ser feliz.

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La confianza es todo

Hay un rey y una reina, pero aún el heredero al trono se hace desear.

El es el Cabernet Sauvignon; que gracias a los grandes vinos franceses de Burdeos se coronó hace tiempo. Porque los Grand Cru Classé siguen siendo de los vinos más codiciados del planeta. Tintos a base de este cepaje, que hasta hoy ha demostrado ser el más longevo y complejo de los vinos tintos. Y si el mundo toma 80% de este tipo de vinos, es fácil entender el por qué de su fama.

Ella es la Chardonnay, que si bien su origen y meca están en la Borgoña francesa, fueron los americanos los que la impulsaron y la globalizaron. Porque en la década de los 70 fue la responsable de virar el consumo y las costumbres de los jóvenes americanos de veinti y treinti. Aquel dorado vino se impuso al Gin Tonic y a la cerveza como copa de bienvenida o inicio de una buena comida.

En ambos casos también tuvo que ver que se trata de variedades plásticas, es decir que se adaptan muy bien a los diferentes terruños y que, gracias a ello, su producción se ha multiplicado. Por eso, ambos cepajes son los vinos más elaborados en el mundo, ya sea como varietales o como componentes de blends.

Pero todo reinado necesita de un heredero. Porque no solo el tiempo pasa, sino que las costumbres de los pueblos van cambiando.

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Hoy el vino ya está instalado en la sociedad mundial como la bebida más noble y versátil a la hora de sentarse a la mesa, aunque el consumo per capita por habitante siga siendo ínfimo. No obstante se han diversificado las ocasiones y desestacionalizado su consumo. Pero hoy, el tiempo no corre, vuela; y nosotros al parecer también. Queremos todo rápido, todo ya; incluso los que disfrutamos de cada momento. Ya no se lee el diario, se ojea el Ipad, ya no se ve la TV, sino el compilado entero de la serie favorita en la compu, etc. Y en vinos se podría decir que no importa tanto la longevidad como la agradabilidad al momento de descorcharlo. Y ese impacto es el que cuenta, porque tampoco tenemos tiempo para guardar un vino y esperarlo. Para qué, además ya hay gente que lo hace y muy bien por nosotros (Vinoteca Ligier, por ejemplo). Además, los grandes vinos de hoy ya están muy ricos al salir al mercado, y eso o saben incluso los que guardan vinos en sus cavas.  Sobre todo el Malbec.

Creo fervientemente que nuestro Malbec (aunque sea de origen francés) tiene serias chances de ser el Príncipe, y luchar por el trono. El Syrah, lo intentó hace algunos años, con el gran impulso australiano, pero no le alcanzó. El Pinot Noir es tan delicado que es muy difícil de replicar.

¿Y el Malbec?

El Malbec tiene muchos atributos que lo postulan, sobre todo en tiempos de hoy. Es versátil, siempre cae bien parado, incluso desde la primer copa. Porque es amable, fresco y dulzón en su carácter siempre frutal. Podrá ser un vino más de texturas que de fruta, más verde que maduro, más liviano que concentrado, que igualmente se las arregla para gustar siempre. Sus taninos son suaves, aunque pueden ser también incisivos, pero nunca agresivos (si el vino está bien elaborado). Es generoso en su expresión, y puede mantenerla viva por mucho tiempo. Tanto, que hasta hoy no podemos apostar por un plazo, ya que  los mejores vinos actuales parecen ser inmortales. Acá está presente en todas nuestras zonas vitivinícolas. También en Cahors, al sudoeste de Francia que es de donde viene. También, poco a poco algunos países se van animando (Chile, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia, etc.). Es decir que puede andar en cualquier clima y no tendría problemas de desparramar su generosidad por el resto del mundo. Pero ahí no está la clave. Su secreto es otro. Y eso es lo que lo hace diferente a los demás.

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Hay que partir de la base que todos los vinos dicen cosas, sólo hay que querer escucharlas y disfrutarlas. Sin embargo, la gran mayoría de los vinos confunde y aleja al consumidor. No así al conocedor, que busca esos recovecos; porque en esas aristas complejas radica parte del placer una vez que se desanda el camino del vino. El conocedor pone foco en lo que le falta al vino más que en lo que tiene. Pero son la minoría. Lo que importa es lo que opinan y hacen los consumidores. Y el Malbec, a todos ellos les da confianza; simplemente eso. La confianza de poder decir a la primera copa qué rico vino, me gusta porque es suave, amable, nada agresivo. Me divierte porque me llena la boca, es jugoso, y bla, bla, bla.

En un mundo que necesita nuevos consumidores de vino tanto como el agua, el Malbec parase ser  la mejor salvación. Porque atrae, no aleja, contiene no repele y gusta sin vueltas. Y es gracias a esa confianza en si mismo que da el Malbec que se forjan los consumidores; los mismos que devienen con el tiempo en conocedores y son capaces de apreciar todas sus capas de aromas, sabores y texturas. Porque todos sabemos lo que nos gusta. El problema es que la mayoría no sabe que sabe. Por suerte está el Malbec para facilitar el camino. Es sin dudas la puerta de entrada al mundo del vino argentino. Y por qué no soñar que los nuevos consumidores chinos, rusos, indios y del mundo entero, pueden usar la misma puerta que nosotros.

Miguel Brascó siempre defendió la “drinkability” del Malbec. Hoy ya no está acá al lado mío, pero puedo entender más mejor que nunca sus palabras. Porque eso significa mucho más que tomable.

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Vinos escritos o para beber

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Para alguien que vive de escribir sobre vinos, los enólogos e ingeniero agrónomos son los maestros. Pero no lo digo de obsecuente, simplemente es así. Porque uno no nace periodista de vinos, se hace. Es muy autodidacta esto de hablar de algo subjetivo queriendo llevarlo para el lado de la objetividad. Pero es así; un profesional no puede tomar partido por uno o por otro, no puede prejuzgar, no puede (o no debe) hacerse amigo. Simplemente debe degustar, escuchar, observar y aprender para expresarse mejor.

Esto lo hago desde hace 15 años con respeto, con pasión y con “sistencia”. Y lo pongo así porque es la palabra que más me importa. Ante todo, quiero ser consistente. Porque no se debe borrar con el codo lo escrito, ya que eso confunde al consumidor.

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Y si bien muchas veces me cuesta más que otras, nunca se me cruzó por la cabeza decir las cosas de otra forma que no sea comunicando. Por ejemplo, haciendo un vino. Ni loco. No necesito hacer un vino para decir eso que no me sale. Prefiero seguir aprendiendo y buscando las palabras justas y el momento indicado; y quedarme de mi lado del escritorio. Tampoco necesito ir a otros países a hablar de sus vinos, simplemente porque yo vivo acá y estoy tan orgulloso de lo que hacemos que quiero seguir viviendo acá haciendo lo que me gusta. Y si somos el quinto productor mundial, claramente no tengo la más mínima necesidad de andar girando opinando sobre vinos extranjeros para gente que nunca voy a conocer y que seguramente con quienes no tenga nada en común. Ojo, me encanta viajar y conocer zonas, bodegas y enólogos del mundo. Me abre la cabeza y el paladar, y eso claramente favorece mi trabajo como periodista de vinos argentinos. Porque más allá de degustarlos, yo los vivo. Y si bien es cierto que no estoy en las zonas productoras, tengo la suerte que acá en la city porteña pasan muchas cosas vínicas.

Sin embargo cada uno es dueño de hacer lo que quiera y como lo quiera. Y en eso andan algunos enólogos, queriendo decir cosas más allá de sus vinos. Escriben en blogs, escriben libros, etc. Se nota que quieren expresarse tanto que con sus vinos no alcanza. Y eso que algunos sacan tantas etiquetas en su búsqueda que no queda claro su mensaje. También es cierto que la sociedad los puso en un lugar de exposición nunca antes visto. Los eventos y las redes sociales potenciaron el efecto, y hoy deben también ser promotores de sus vinos. Esto quizás los obliga o los tienta a cambiar las barricas y las copas por el papel y la pluma, o simplemente la compu. Al respecto tengo opiniones encontradas.

Por un lado, como siempre, aprendo mucho de sus palabras. Pero por el otro debo analizarlos como un colega más. Ya no como mis maestros. Y el ojo es otro. El discurso cambia de emisor, al menos figurativamente, y las conclusiones indefectiblemente son otras. Es como si yo hiciera un vino. Seguramente mis maestros tendrán dos caras de la misma opinión. La positiva y crítica constructiva de un (supuesto) colega ante un (supuesto) buen vino. Y la otra. Seguramente esta última, por cuestiones de compromisos, no salga nunca a la luz.

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Por las dudas, yo no dudo. Habiendo tantos vinos y tantas personas haciendo cada vez más y mejores, yo prefiero quedarme en mi butaca preferencial de espectador de lujo. Y seguir trabajando para aprender y escribir para expresar mejor mis sensaciones y poder descifrar más claramente los (cada vez más complejos) mensajes encerrados en las botella. El gusto por el vino es subjetivo, pero la calidad es algo que se puede mensurar. Y en esto todos los enófilos deberían acordar, más allá de discrepar lógicamente en sus gustos y preferencias. Al fin y al cabo para eso sirve un guía, alguien que muestra los caminos; en este caso vinos; para que vos elijas el que quieras tomar. Porque imagino que vos también preferís vinos para beber a los vinos escritos.

 

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El vino que no miramos

Estuve cuatro días en La Rioja, recorriendo las zonas vitivinícolas más importantes y degustando la mayoría de sus vinos en una iniciativa del Ministerio de Agricultura de la provincia con el objetivo de volver a poner a La Rioja vitivinícola en el lugar que le corresponde. Y el hombre a seguir es José Turbay, un joven con mucho empuje que ama su tierra.

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Pero fue gracias a este viaje que pude degustar y conocer a muchos pequeños productores, pero que no son bodegas, sino productores artesanales (alrededor de 12.000 botellas/año) y caseros (alrededor de 5000 unidades).

Muchos héroes anónimos como Silvio Salvadores y su esposa Sonia de casa India que hacen lo que pueden para mantener la tradición familiar. Y digo que hacen lo que pueden porque a las dificultades técnicas lógicas de un pequeñísimo emprendimiento, se le suman los avatares de la naturaleza.

Recorrimos la Costa Riojana, ese atractivo camino de montaña que rodea el cerro del Velazco, Chilecito, los distintos vallecitos del gran Valle de Famatina, el mágico Chañarmuyo y Villa Unión.

Luego de tres días de degustaciones varias, incluyendo el Festival Nacional del Torrontés Riojano y el Concurso Evilar 2014 (primer evaluación de los vinos de la provincia), tengo un panorama claro de la actualidad vínica de la región. Pero lo que más me impactó fue conocer a personas y sus vinos, que viven de sus pequeñas producciones. Vinos que tienen mucho para decir. Un trabajo duro y silencioso de familias enteras que, en muchos casos, viven de la venta de estos vinos que rondan los $30 cada uno. Y sorpresivamente el Torrontés Riojano no es la estrella, sino los tintos a base de Cabernet Sauvignon y dulzones. Las únicas chances que tienen es vender desde sus casas/bodegas, sobre todo las que quedan sobre la ruta a Chilecito,  o en las ferias regionales. La mayoría de los  productores caseros y artesanales trabajan en condiciones algo precarias. Recordar que para hacer buen vino es necesario contar con tecnología. El INV (Instituto Nacional de Vitivinicultura) algo está haciendo al respecto, con un equipo de frío y un filtro móvil. Pero queda mucho camino por recorrer.

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Pero estos pequeños héroes anónimos del vino son muy importantes para el folklore local del vino. En 2014 llovió mucho, y eso complicó mucho la cosecha. Esto explica que la mayoría de los Torrontés del año carezcan de las fragancias típicas. Mientras que los tintos, Malbec, Cabernet Sauvignon y Bonarda, no han sufrido tanto. Más allá que muchos han salido dulces. Ellos dice, “nos quedó así”.

Pero el valor de estos vinos va mucho más allá de la calidad. Ellos deben mantener vivo un tipo de vino que habla del lugar y su gente, de su cultura. Y con poco se puede hacer mucho. Porque hay muchos de estos vinos que son sumamente decentes. Y si a eso se suma el lugar y su gente, terminan significando una opción muy atractiva para conocer. La idea es que los que pasen por allí, y se lleven algunas botellitas a sus casas, puedan replicar la experiencia una vez en casa y lo compartan con los suyos. Par destacar los vinos de

Cepas de Pituil (origen de agradables grapas, y grapas anisadas), El Cabernet Sauvignon y el Malbec Roble de Casa India; dueños de un viñedito único que hasta cuenta con riego por goteo; el Malbec Roble de Los Navarro y los caseros de Doña Emilia, los tintos (un Syrah y un Malbec) de Horacio y Eduardo Castro y los vinos Don Juan.

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Luego de degustar más de 150 vinos, entre exponentes de bodegas, productores artesanales y caseros, puedo decir que muchos de estos últimos, hicieron un mejor papel que algunos de bodega. Y si bien las tolerancias (léase exigencias) son diferentes, las distintas calidades están garantizadas por el INV.

Es tarea de todo amante del vino mirar más a esta gente, y apoyarlos con sus visitas y compras, porque ellos se esfuerzas para convertir el fruto de su tierra en placer para compartir. Porque ellos también son parte del gran momento del vino argentino, y aportan a la gran diversidad que ofrece nuestra bebida nacional.

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Zapateros, vuelvan a sus zapatos

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Walter Bressia tiene el foco puesto en hacer vinos en familia.
Sabe que alguien se los vende muy bien, y que otros escriben lo que se merecen sus vinos

Los dichos tienen tanto de cierto como de viejos, y en este caso me sirve de mucho para analizar lo que está pasando hoy en el mercado del vino. La evolución supone cambios, y por su nombre, también una mejora. Eso se ve nítidamente en la calidad de los vinos. Algo que ya esta fuera de toda discusión y que ya no es un tema, sino que viene implícito en cada vino, sin importar su rango de precio. Hoy, gracias a la evolución, los vinos van en busca de ganar en sutilezas, en aspectos diferenciales a partir de un terruño específico y de elaboraciones menos intervencionistas. Claro que para no meter la mano, hay que saber mucho. Y en eso están los enólogo, estudiando suelos, influencias de temperaturas, optimización es de riegos, probando con diferentes recipientes de elaboración y crianza, etc.

Pero al mismo tiempo las mismas bodegas que marcan el camino de la evolución, no están contentas con sus volúmenes de venta. En el mercado externo, porque no pueden aumentar los precios como quieren y la inflación les ha erosionado el margen, y por ende la motivación. En el ámbito local, si bien pueden tocar los precios a gusto y piacere, el consumidor nunca llega a alcanzarlos. Porque cuando se está empezando a enamorar de una etiqueta, se la corren un poquito más allá, hablando del precio. Pero la problemática es más profunda, y tiene que ver con lo cultural. Esta claro que vivimos en un país con situaciones que modifican constantemente nuestros usos y costumbres, y que siempre estamos preocupados por llegar a fin de mes lo mejor parados posible. Y el vino, como cualquier otro producto  sufre esos vaivenes.

Pero yo me pregunto como puede ser que se haya desperdiciado la década ganada del vino. A esta altura deberíamos estar tomando todos, mucho mas y mejor. Sin embargo estamos estancados. Y la culpa es un poco de todos.

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Las bodegas, porque salieron a vender vinos en forma directa por donde se pueda, ya sea puerta a puerta, a través de valijeros o de manera virtual. Las vinotecas por su parte se metieron en el mundo de las revistas;  tal punto que hoy todas tiene su propia publicación. Algunas más dedicadas a los contenidos pensando en el cliente mientras que otras son catálogos de venta disfrazados. Pero la realidad es que son revistas de buena calidad y gratuitas al alcance de los clientes. Sumado a la falta de tiempo relajado para leer, estas se han convertido en el único material de lectura especializada en las casas de los enófilos. ¿puede haber sido esto una revancha hacia aquellas revistas que se metieron a vender vinos? Quizás. Porque existen varias publicaciones que juntan distintas botellas, la mayoría hoy a la venta en vinotecas y restaurantes, y se las hacen llegar a la casa de sus socios y/o suscriptores. Hace mucho, cuando sólo existía el Club del Vino del recordado Cacho Vázquez, la idea es ofrecer vinos exclusivos, entendiéndose por ello vinos in conseguibles en Capital y alrededores. Pero hoy, esa exclusividad la tenemos en todos lados, porque a donde vamos siempre encontramos vinos que no conocemos. Me pasa a mi diariamente que me dedico a esto, y por eso me imagino lo que le pasa al consumidor. Esto, que parece un dato menor no lo es. Porque la venta de vinos es un arte tan importante como la elaboración. Lo mismo que editar una publicación. No es algo sencillo, debe haber una línea editorial, un respeto por el lector una distancia crítica y una consistencia en el mensaje. Algo que es imposible si se está de ambos lados del mostrador.

Por ultimo las exposiciones de vino. Hoy, todos hacen una, y el resultado está lejos de ser un beneficio para todos. Porque más allá de lo atractivo que significa tener eventos todos los días cerca de casa, hay que pensar en los que exponen y esa gran cantidad de vino regalado. Hay que preguntarse si se cumple el objetivo. Algo que claramente no está pasando, porque si no las bodegas no se quejarían de sus magras ventas actuales. Hay bodegas que hacen su propia feria, hay distribuidores que juntas a sus bodegas clientes para dar de degustar sus vinos a clientes y aficionados y surgieron organizadores de ferias de todos lados, más como oportunistas de un negocio que como verdaderos promotores del vino argentino.

Todo esto explica nuestra coyuntura. Si cada uno retrocediera algunos pasos y pudiera volver a poner foco en lo suyo, en lo que verdaderamente sabe hacer y por lo que se ha ganado el respeto del consumidor, todo seria distinto. Por Ejemplo, no  habría vinos por todos lados sin precios de referencia, habría vinos donde corresponde y al precio adecuado; léase no tan inflados. O las bodegas podrían pagar una publicidad como corresponde en un diario o en las revistas especializadas, sin necesidad de recurrir a entregar miles de botellas en canje que deambulan por ahí. Sin dudas, todo sería más claro si los zapateros volvieran a sus zapatos.

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Bailando por un vino

Qué difícil hablar de Fede, el flamante Malbec 2011 de alta gama que presentó Marcelo Tinelli junto a sus socios (Hernán De Laurente y Young Woo, uno de los principales desarrolladores inmobiliarios de Nueva York). Pero no por el vino, sino por la repercusión que tiene todo lo que toca el conductor más famoso y exitoso de la TV Argentina. Y ahora se mete en el vino, con todo lo que ello implica. Para él, debe sumarle a su imagen como conductor, locutor y empresario exitoso. Pare el vino argentino, sin dudas, un sacudón. Porque no sólo se trata de un vino sino de un mega proyecto en una de las mejores regiones vitivinícolas de Mendoza; Agrelo. Un emprendimiento que incluye bodega (comenzará la construcción en 2015), hotel 5 estrellas con spa y un restaurante de la mano de Mauro Colagreco. Además brindará la posibilidad de sumarse para hacer vinos propios.

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Yo fui a la presentación y, mientras se daban los discursos de rigor, me senté con Fede (así se llama el vino en honor a su entrañable amigo fallecido Federico Ribero), a ver qué me decía. Algo ya lo conocía porque su hacedor original; a quien Marcelo agradeció (pero no nombro porque ya no tiene que ver con el proyecto) por haber marcado el rumbo y el concepto del vino; me lo venía compartiendo. Se nota que es un gran Malbec argentino, moderno y con capas de aromas y sabores. Todavía muy joven, pero ya se puede disfrutar, aunque pida un tiempo más de botella para acomodarse mejor.

Escuché las palabras atentamente y soy de los que celebro el desembarco de un personaje tan popular y famoso al vino argentino, porque estoy seguro que sumará. Pero aquí es donde empieza el camino sinuoso. Si uno habla bien, queda como obsecuente. Y si habla mal, puede quedar como aprovechador del instante de fama que le puede dar criticar a un personaje con tanta resonancia.

Pero yo me voy a abstraer de ello y me voy a basar en mis años de experiencia; en definitiva Marcelo vino a mi mundo (el del vino), yo no fui al de él. Es más, ni me animé a saludarlo. Para qué, para decirle “hola que tal soy Fabricio…”. Soy tímido y respetuoso, y creo que no le sumaba nada conocerme personalmente y mucho menos una selfie conmigo.

Pero volvamos al vino. Es inobjetable, tanto como los fundamentos que lo crearon (amistad, compartir, etc.) y que van más allá del negocio. Su precio ($1800) es discutible, más allá que no creo en el concepto de caro o barato. Un gran tinto argentino de hoy, del cual se elaboraron tan pocas botellas (1250) y con la fama que se trae a cuestas, quizás lo vale. Si lo puedo pagar o no, esa es otra cuestión.

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Pero lo que no me parece menor es haberlo llevado al límite actual de los grandes vinos argentinos. Hoy, las etiquetas más consagradas de bodegas reconocidas, con mucha historia y trabajo de posicionamiento en pos de la bebida nacional, ostentan un precio similar. Espero que sus pares (los bodegueros) no se ofendan, ni tomen este detalle como un atrevimiento por parte del empresario. Yo, si fuera Marcelo (ni loco me meto en la industria del vino, los sigo disfrutando como gran conocedor),  no lo hubiese llevado tan alto. Está claro que esto es un negocio, como todos, pero también que el proyecto no necesita facturar por el momento. Para mi un precio de $500 hubiera sido más atinado, y repito no por la calidad ni el estilo,  sino porque todo lo que haga Tinelli debe sumarle a su core; su imagen de conductor/locutor/empresario mediático. Y con su vino top a un precio totalmente competitivo,el impacto sería diferente. Total, no creo que al proyecto lo complique el $1,6M que dejara de facturar. Y todos, consumidores y competidores (los bodegueros), lo admirarían por su golpe de gracia, y le darían la bienvenida sin dudar, con todas las ventajas para este flamante proyecto que ello implica.

Si Marcelo Tinelli se lo toma en serio (espero que no todo su vino), su incursión en la industria marcará un hito sin precedencia. Su presencia y participación puede ser un gran catapultador de nuestros vinos acá, y en la región con mayor potencial para nuestros vinos: Latinoamérica.

Y aunque no estoy de acuerdo con el precio fijado por botella, yo lo votaría presidente de Vinos para Todos (ya que no lo dejaron entrar en Fútbol para Todos), porque se que su imagen y carisma le pueden hacer muy bien al vino argentino. Y mientras Fede sigue su camino, seguramente los nuevos vinos que nacerán de Lorenzo de Agrelo sumarán más a la causa.

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Shhhhhhhhiempre con soda

Foto: www.taringa.net

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El tiempo pasa y sí, nos vamos poniendo viejos. Y si bien soy cosecha 1970, hay cosas que empiezo a hacer que las asocio más a la conducta de las personas mayores. Quienes saben más por sabios que por viejos. Seguramente a vos te pasa lo mismo y la si hacemos una lista sería muy larga. Pero yo acá hoy me quiero dedicar a la soda. Esa compañera que me sigue desde la infancia. Y por más que haya dejado de lado sus vestidos vidriados y metálicos brillantes, y los haya cambiado por atuendos más plasticoides, la sigo queriendo.

En mi casa, la gaseosa no entraba, era un lujo. Pero sí una vez por semana el sodero dejaba 4 cajones. La gran mayoría se los bajaba mi padre acompañando sus blancos de mesa; Toro Viejo primero y luego Termidor. Pero la soda estaba siempre en lo de algún familiar, y estuvo ahí la primera vez que probé vino. Con el tiempo me fui animando a darle más color a aquel vaso alto apenas rosadito, y aunque la tonalidad aumentaba, nunca dejó de ser transparente.

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Casi a mis treinta volví con todo al vino. Pero la soda había sido reemplazada por el agua mineral con gas. No tengo nada contra ella, pero la soda es la soda. Tiene otra personalidad, en la mesa cuando se sirve se hace notar. Y si bien no tendrá todas las propiedades minerales de las sofisticadas aguas, a la soda no hay con que darle.

Foto: www.taringa.net

Muchos me preguntan si está bien echarle soda al vino. Mi respuesta es sensata y simple, como debe ser. Porque cada uno es dueño de elegir. Yo recomiendo primero degustar el vino tal como viene de la bodega. Y si no gusta, buscar variantes. Mientras lo consuman y lo compren, en las bodegas estarán contentos. Hace unos años me tocó participar activamente del Concurso de Vinos de Todos los Días. Y más allá de lo inolvidable de la experiencia, recuerdo haber intentado aprovechar la oportunidad para reivindicar al sifón. Obviamente, la idea no pegó.

Por surte en casa volvió la soda, un poco por elección y un poco por ahorro. Y lo celebro todos los días. En casa no soy de tomar vino siempre, pero trato lo más que puedo. Y al promover siempre el vino con soda, no estoy haciendo apología de su mezcla. A mi me encanta el vino tal como viene. Pero para sacarme la sed necesito algo fresco, que me ayude a limpiar el paladar para seguir disfrutando de mi bebida favorita. Y sin dudas la mejor opción es la soda. Porque desde el primer shhhh hasta el último sifonazo tiene la misma fuerza e intensidad de burbujas. El agua mineral no, ya que pierde mucho ímpetu desde que se la abre. No hace falta buscar aquí la complejidad de sabores ni la armonía de las texturas; para eso está el vino. Yo al menos, necesito ese torbellino limpiador de frescura que sólo la soda me puede dar. Y así disfruto mucho más del vino.

Yo se que no está muy bien visto, pero cada vez que puedo cuando salimos a comer afuera con mi familia, pregunto si tienen soda. Y me encanta, creo que es la mejor compañera que el vino puede tener, siempre.

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Voto por la reivindicación del sifón, porque vuelvan los esbeltos y plateados Drago, o los ornamentados de vidrio y hojalata a las mesas. Y no es un capricho, es una necesidad cultural. Un reclamo de esta generación para poder seguir transmitiendo a las venideras la cultura del vino. Porque si a mi hijo le doy de probar vino con agua gasificada, seguro no le va a gustar. Pero si a un poquito de tinto le agrego un buen shhhhh sí. A las pruebas me remito.

 

 

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