Soledad

Los González Aguilar, llegaron a la Argentina expulsados por la barbarie del fascismo en la Guerra Civil española y fueron recibidos por la solidaridad de mis abuelos paternos, que en la provincia de Córdoba dirigían una casa de apoyo a los exiliados republicanos, con los años se convertirían para mi familia en  simplemente: los Aguilar, remarcando la palabra más cargada de metáforas y significantes, reflejo similar al que nos llevó a apelar Zapatero al ex presidente español de primer apellido Rodríguez. Carmen creció en Argentina, allí se casó y tuvo sus hijos. Ella era solo dos años mayor que mi tía Celia con quien continua uniéndola una de esas amistades de toda la vida.  Los tíos de Carmen tenían un cuarteto musical, eran astros del laúd, todo aquél que les escuchaba quedaba extasiado por unos días, en épocas previas al CD, en que la música después de oída se reproducía una y otra vez en el interior, música en silencio a través del mecanismo de la memoria. Tocaban por placer. Continuar leyendo

Benedetti en Alamar

Hoy me vino el recuerdo de Benedetti paseando sus bigotes, sus pocas pulgas y su enorme dignidad por Alamar,  una barriada proletaria del Hombre nuevo.
Mario Benedetti vivió exiliado en Cuba pero pidió de manera expresa, acorde a sus ideas y a su fibra comprometida que no le diesen privilegios a la altura de su nombre. Podría vivir en París con un departamento en Trocadero. Pero él era así.
Vivió un tiempo en Alamar, una barriada obrera de tipo estalinista, verdaderamente espantosa en lo estético, en la que jamás hubo ninguna atracción agraciada por el buen gusto. Cabe recordar que en Cuba no se construyó ni una sola cosa en 50 años que sea promovida para el turismo, pero ni siquiera promocionado por el gobierno revolucionario. Paradójicamente todo lo que considera el propio Instituto del Turismo como atractivo estuvo hecho desde la época de la Conquista hasta el 1959.  Continuar leyendo

Brasil, luminosa y sórdida II

Fui al cuarto de baño, que se encontraba en la misma planta,  estaba austero pero limpio,  regresé a la habitación, le dije a Joao que bajaría y en dos horas estaría allí nuevamente y me fui a la calle a ver que tenía preparado la ciudad de Santos para seducir a un entumecido paladar citadino.

El pasillo del “Hotel” era luminoso, de suelos de mármol y marcos de caoba, revelaba un pasado de mayor resplandor. Había  cierta decencia soterrada,  en el esfuerzo que parecía hacer ese  otrora conjunto de espacios ordenados armónicamente, para intentar  dar fe de su rancia aunque muy avejentada prosapia.

Cuando bajé ya se había hecho de noche.

El Hotel estaba en una calle perpendicular a la avenida que pasaba frente a los muelles de carga.

Al lado del viejo portón de entrada del Hotel, de madera oscura y compacta, hacia la esquina del muelle, había un bar desde el cual procedía el sonido en alto volumen, típico de las discusiones de gente bastante macerada ya por  la ingesta de espirituosos, sonando  todas a la vez, formando un coro  reconocible en cualquier ciudad del mundo, acariciando sus respectivas soledades más allá de lo gregarias de sus idiosincrasias. Continuar leyendo

Brasil, luminosa y sórdida

_Hola- le dije al conserje en portugués- me dijeron que aquí se puede dormir por poco dinero.

_ Depende- me dijo el hombre- de lo que usted considere poco.

Me dijo que por medio dólar tendría una cama, que debía compartir con un compañero de cuarto. Acepté, y le dí dos dólares para cuatro días, los tomó sin salir de dentro del cubículo enrejado en que estaba, y me indicó las escaleras que me llevaban a mis nuevos aposentos.

Mi habitación era un trozo de un cuarto mayor que había sido dividido en tres o cuatro espacios con tablones de aglomerado, de una forma que dejaba ver el escaso amaneramiento del  propietario.

Había dos literas con dos camas cada una, y un pasillo estrecho entre ambas, tuve suerte de que me tocara la parte de la habitación donde originalmente se encontraba la ventana.  las camas contaban con una sábana gastada pero limpia, y una almohada sin funda que sólo de verla me despertaba los alérgenos del asma. Continuar leyendo

Charly y Pappo en el petate

Durante el tiempo en que me sentí arrancado de mi barrio en Buenos Aires a los diez años para acompañar en el exilio a mi familia, llevé conmigo algunos objetos fetiches de esos que terminan por constituir una suerte de seña de identidad, representantes de mi edad de entonces, de mi cultura, el barrio, los amigos y esa felicidad prometida que siempre estaba por llegar.
Estuvimos medio mes visitando Chile y Perú, en tren de camarotes y avión, así que imagino que mis padres habrían armado los petates intentando llevar lo imprescindible para ellos, mientras que a mi me habrían permitido llevar revistas, entonces llevé algunos números de Billiken de mi colección, algunas de Patoruzú, Batman, Tarzán, también los libros de Salgari de Editorial Bruguera que mis primos me habían llevado de España, unos autitos, las figuritas que estaban de moda, un banderín de Independiente, un afiche de Bochini y Bertoni muy jóvenes, y fuera del equipaje el acento porteño la predilección por las pastas, las milanesas, los pebetes de salame y queso y algunos emparedados más.
Había empezado a escuchar el estruendo ritmico moderno que se hacía entonces y me llevé en la maleta una cinta grabada de esa música Beat, que había utilizado mi hermano en un baile en la escuela. El objeto en el petate, y el bichito de esa música lo llevé dentro de la cabeza, entre el que probablemente sea el peor oído y el que posiblemente sea el cerebro más necesitado de nutrientes musicales que yo conozca.  Continuar leyendo

Al Capone Bed and Breakfast

Cuando me repuse de lo más pesado del mareo, intercambié saludos de gratitud con el extraño ser que me había asistido. Me dejó una tarjeta con su nombre, el teléfono directo y la dirección del Hospital psiquiátrico que dirigía. Me invitó a visitarlo y a que no dudase en pasarme una temporada en sus instalaciones si así lo requiriese.

La verdad es que sólo dejé pasar algunos días por mantener cierto decoro, y en cuanto consideré que ya era adecuado, me vestí, me perfumé con colonia búlgara y fui a ver al doctor P.

En cuanto le dije al taxista: _ A la clínica del CENSAM, Centro de Salud Mental, me preguntó ¿tiene usted a alguien ingresado allí? Me extrañó ese excesivo trato de respeto,  en el ámbito tan coloquial de un taxi habanero, y le respondí – No, voy a ver al director, ¿por qué lo pregunta? No, nada, era porque ahí sólo hay “pinchos”, generales, oficiales del MININT,  ministros, o familiares cercanos  de estos. No le expliqué nada pero me quedé pensando, que si era así no debería estar mal. Claro que estaba el tema ese de los militares y toda esa paranoia y alergia que me producían.

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La hora de los Clásicos

Hoy compré el libro Por el camino de Swan, la parte uno de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, lo había leído veinte y pico de años atrás, pero lo compré ahora por primera vez.
Me he pasado la vida dando vueltas hasta hace relativamente poco tiempo, y por la razón que sea he conseguido detenerme.
Hubo una época en que lo único material que me ataba a los lugares, cabía en un bolso, y casi todo ello eran cosas de leer. La mayoría eran cartas. Cartas de mi padre cuando estaba en la prisión, cartas de mis amigos de la primaria, cartas luego de mis otros amigos del otro lado del océano, cartas de amor, y cartas mías. Sí , cartas que me habían devuelto por alguna razón y las guardaba. Lo segundo en importancia, eran cuentos, versos, esbozos de historias, reflexiones, constancias de sensaciones, decenas de estos papeles, algunos borroneados sobre servilletas de bares, otras sobre papeles de cuadernos a rayas, cuadriculados, lisos, con hojas amarillas, verdes, azules, e incluso rosadas, rugosas, sedosas de difícil acceso para la tinta, hojas de todo tipo de papel menos higiénico. Y no por sus nexos escatológicos, los cuales no me habrían detenido a no ser que ya hubiese sido utilizado de alguna manera “propia”, sino a causa de su dificultad para mantener el dorso incólume al tacto con la punta del bolígrafo o del lápiz.

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Habana Libre “on the rocks”

Era ocho de octubre, justo cuando  comenzaba la jornada Camilo- Che, que llegaba hasta el veintiocho del mismo mes, día en que en el año 1959, desapareció en circunstancias más que misteriosas , Camilo Cienfuegos, el héroe de Yaguajay, la Voz del Pueblo, a quien el pueblo de Cuba  sentía más cercano de los Comandantes de las columnas invasoras. Desde el año siguiente a la muerte del Che en el año 1967, tenían lugar estas jornadas, que eran un período de reflexión revolucionario, a modo de cuaresma católica, en que se hacían innumerables homenajes, conciertos, actos públicos con declamaciones altisonantes, se saturaba la cotidianeidad de lemas y consignas, los periódicos dedicaban paginas en ensalzar, y resaltar las cualidades sobrehumanas de estos dos héroes de la Patria, las mañanas en los colegios resultaban interminables a causa de las obras que se representaban en honor de los ausentes, durante varias noches de aquellos veinte días, en los CDR se organizaban reuniones, a las que no era del todo aconsejable no asistir , para leer  diferentes trabajos acerca de  los dos comandantes, cualquier evento de estas características resultaba propicio, para que algún  vecino, que tuviese alguna pequeña manchita en su historial chismográfico se la aclarase un poco, exclamando en voz alta y firme sus convicciones u aspavientos.   La ciudad se llenaba de carteles, y llegado el último día, el día del aniversario de Camilo, por la mañana todos los niños de todas las escuelas eran llevados hasta el malecón, o hasta otra playa para hacer una ofrenda floral a Camilo en el mar, ya que según la historia oficial, su avión se estrelló en el agua, en un día sin tormentas, después de ir a ver al Comandante Huber Matos, para pedirle que se entregara tras garantizarle que iría preso veinte años, cosa a la que el valiente Camagüeyano accedería sin mayores pruritos. Por la tarde, el broche de oro, lo ponía Fidel, con uno de sus discursos, transmitidos por ambas cadenas de televisión, por casi todas las de radio, y retransmitidas al día siguiente, para quienes no hubiesen podido asistir a la Plaza a oír al líder, blandir unas banderitas  gritar algunas consignas, y pasar unas tres o cuatro horas de pie, bajo el ya atenuado aunque siempre picante sol de octubre. Continuar leyendo

Obituario para Bebo Valdés y el Linyera

 

Las estatuas, las banderas y los escudos me parecen sitios inmejorables para el descanso y la evacuación intestinal de los pajaritos; pero para poco más.
No conozco ni una persona que tenga en su vida a un referente que provenga de la adoración institucional. Recomendaría ser muy cuidadoso con la elevación a condición de mito o con la canonización de los valores que uno atesora, porque es esa precisamente la mejor manera de deshumanizarlos y hacerlos desaparecer. Continuar leyendo

Fidel o Castro; simbología y semántica

Una de las particularidades que mejor definen las diferentes procedencias de los cubanos se releja en la manera de llamarle a Fidel Castro Ruz.

Están quienes le llaman Fidel y quienes se refieren a él como Castro. Con Raúl pasa algo similar pero mucho más atenuado, desde que es Presidente se dice en los medios del exterior los “Castro”, pero también está permitida la acepción Raúl, por dos razones, la primera es para diferenciarlo del hermano mayor y la segunda es porque con él no existió el mismo encono histórico que con Fidel.

Quienes le llaman Castro son los que se fueron exiliados a primera hora. Incluso dentro de ellos hay muchos que le llamaron Fidel durante un tiempo ya que formaron parte de la lucha contra Batista o simplemente simpatizaban con su campaña inicial, pero rápidamente una vez arribado al poder el célebre hijo del hacendado de Birán y cambiado todo el sentido de  sus planes declarados sin el más minimo rubor,  acabaron girándose en contra y llamándolo por su apellido estableciendo así una similar distancia en la familiaridad, en la simpatía y por ende en la ideología, que los primerísimos enemigos de Fidel Castro. Continuar leyendo