Madame Bovary no baila por un sueño

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Hace unos días, Emilio Bellon me sugirió la lectura de una nota sobre la publicación de los fragmentos expurgados de la novela de Flaubert, Madame Bovary. En el artículo, por cierto breve, se introduce la siguiente afirmación: “Si Madame Bovary viviera, querría ser Christina Aguilera o Emma Thompson o Selena Gómez o una de las señoras que bailan por un sueño.” Lo conversamos por teléfono, los dos indignados. ¡¿Emma bailando por un sueño?!

Me permito disentir con esta arriesgada condicional que pretende transpolar el espíritu de Emma a nuestra época. Principalmente, porque ella no deseaba la fatuidad, ni las luces de la fama efímera. Su anhelo, en cambio, pasaba por encontrar un amor tan fuerte, tan intenso, como el que vivían las heroínas de las novelas que leía. Así, si algo la atraía del lujo, era el marco refinado, elevado, que este ofrecía para la consumación de la pasión.

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Por eso, pensar a Emma en un show mediático, en un espectáculo que degrada a la mujer, es negar el móvil que la impulsa a liberarse de un matrimonio insatisfactorio y aburrido: la búsqueda del amor-pasión. Un amor novelesco, sí, pero que devora todo a su paso, que la lleva a arriesgarse, a saltar las convenciones sociales y jugarse por un ideal que no existe porque, ni Rodolphe ni León, sus amantes, están a la altura ni sienten con el arrebato de ella. Su error, entonces, sería haberse enamorado de tipos pusilánimes y mezquinos que no corresponden su, inútil, entrega. No, a mi entender, haber amado, haber luchado por construir su felicidad.

También, el artículo señala que “Madame Bovary es, de un modo complejo y genial, una reescritura del Quijote.” Es admisible equiparar el gusto de Alonso Quijano por las novelas de caballería con el de Emma Rouault por las románticas, incluso en lo referido a los efectos. Pero Madame Bovary no es una novela con la vitalidad y el humorismo del Quijote. Por el contrario, su signo es el de la tragedia. Una vez que el destino de Emma está prescripto, la caída es inevitable. Y total: no solo la muerte precedida de una feroz agonía, sino que con el suicidio arrastra a su familia a la ruina económica. La falta moral, además de la sanción social, tiene su correlato en lo económico: la bancarrota en manos del prestamista. La heroína de Flaubert deviene así, en el peor de los casos, en una advertencia lanzada al matrimonio burgués. Sí, al hombre que sigue creyendo que la mujer es la engañosa construcción masculina –dócil, angelical, fiel- de épocas pasadas.

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En mi opinión, si se quiere aventurar una transpolación, Emma añoraría parecerse o ser una heroína de las telenovelas. A lo sumo, como mucho. Pero tampoco es fundamental ni siquiera necesario, saber a quién se parecería Emma en estos días. Las mujeres de hoy, en la literatura y en la realidad, construyen de otro modo sus destinos.