El mito de la madre abnegada

Foto: Kambrosis

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Hay en el inconsciente colectivo una imagen de madre mártir que todo lo puede. Una superheroína de la que suelo escribir, que se sacrifica por sus hijos al punto de perder su identidad en el camino. ¿Pero dónde está escrito que la maternidad tiene que ser un sacrificio? Como dice la psicóloga Dorothy Corkille Briggs, “vivir con sacrificio no es lo mismo que vivir con amor“.

Por supuesto no hablo de volver ser las mismas mujeres que fuimos antes de ser madres. Claramente no. Todas cambiamos y eso es lo fantástico de la vida. Lo que me entristece es seguir encontrando madres excelentes que sienten culpa por no ser lo suficientemente… ¿buenas?

Mujeres admirables. Diferentes, imperfectas y geniales. Que siempre están presentes de algún modo para sus hijos. Mujeres que, con sus particularidades, me enseñan algo distinto cada una. Y quiero que dejen de sentirse culpables. Por lo que les falta o les sobra. Por el tiempo que nunca rinde. Por sus reacciones y desbordes. Por sus elecciones, que jamás serán ideales.

Sobre este tema Irati Fernández Pujana dijo, en una entrevista reciente, lo siguiente: “El modelo de maternidad que tenemos ahora se basa en el ideal que se ha ido construyendo en los dos últimos siglos, el de la “buena madre” (…) Esta ideología de maternidad genera profundos sentimientos de culpa en todas aquellas madres que no logran cumplir con las expectativas, y también culpabiliza a aquéllas que no sienten como propio ese modelo y desean hacer las cosas de otra manera.”

Entonces, a todas estas madres geniales e imperfectas quiero decirles dos cosas. Primero, podemos #SerMadres desde otra lógica, quebrando ese estereotipo de madre abnegada para siempre. Y, segundo, y seguramente más personal pero igual de importante, gracias por enriquecer mi mirada sobre la maternidad.

La madre ridículamente culposa

Hasta hace no tanto tiempo pensaba que para ser una buena madre había que tener siempre a mano toallitas antibacteriales. Y algo de comer, alguna bebida, juguetes varios, una muda completa de ropa (lo cual incluye calzado), abrigo extra, todos los documentos… Cada vez que salía, por supuesto, me olvidaba varios ítems y sufría, me lamentaba, pensaba cómo mejorar el sistema. ¿De qué modo logro salir a la calle con todo lo necesario, el chico en condiciones de ser presentable ante la sociedad, más o menos peinada, vestida coherentemente, a horario, sin olvidarme las llaves (ni dejar alguna hornalla prendida) y habiéndole dado de comer a los gatos? ¿No es que “el que mucho abarca poco aprieta”?

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