Touch and stay

#SoySolo

Yo soy reservado. Medio chapado a la antigua. Cada muestra de cariño o afecto que doy (sea un abrazo, un beso o algo más) lo considero como parte de un tesoro personal que sólo le otorgo a ciertas personas. Porque le doy un valor muy importante a eso, porque quiero que aquel momento compartido sea único y especial para el individuo que tengo frente a mí. Por lo cual, la verdad, nunca me sentí cómodo con esa modalidad del “touch and go”.

Ojo, tengo amigos que se mueven como pez en el agua en ese rubro. Conocen una mina, se gustan, dicen dos o tres frases de ocasión y a los diez minutos se entregan al sexo sin compromiso. A mí no me sale eso. O sea que tengo como un lado medio femenino a partir del cual no estaría entregando fácil (igual, no estoy diciendo que cuando camino por las calles las minas se me tiran encima, todo lo contrario, me empujan para tenerme lejos). Pero lo que me pasa es que no me convence la idea de entregarme a un intercambio de fluidos ocasional y nada más. Eso me suena a cosificación, a entenderse a uno mismo como un objeto de deseo y al otro como una mercancía ofrecida en la gran feria humana que es la calle, un boliche, o el cumple de una tía solterona.

Hay tipos que disfrutan de eso. Que no quieren que los molesten, que desean ser libres y no tener ataduras que los condenen a una compañía perpetua. Yo no. No los juzgo, pero yo me termino enamorando de chicas que siento que podrían ser la futura madre de mis hijos. Por ahí suena medio goma para los tiempos que corren, pero me sale así. Esto no quiere decir que si invito a salir a una mina por primera vez voy a ir con el anillo en el bolsillo. Lo que digo es que si le sigo insistiendo es porque algo de ella me llama la atención. Y si mis sospechas se confirman, probablemente me termine enamorando y ahí sí, a todo o nada. Lo curioso es cuando estos dos universos tan distintos se juntan por esas casualidades de la vida (borrachera, oscuridad total o inminente y desesperante puesta del sol en soledad).

Una vez me pasó que conocí en una peña a una chica del interior. Por alguna razón que no logro descifrar (seguramente producto de mis prejuicios porteños), estaba convencido de que las chicas del interior, con eso de la tonada y el mate en la puerta con los vecinos, eran las ideales para proyectar relaciones formales y duraderas. No sé, como que las hago más familieras, con ganas de tener muchos hijos que me llamen “Tata” y cosas así. Entonces, me le fui al humo y cuando escuché ese cantito tan particular que tenía al hablar, saqué el anillo del bolsillo (uno de cotillón, para que no se asuste) y comenzamos a bailar. Yo me puse a girar a su alrededor, luego arranqué con un zapateo y zarandeo endemoniado y, al grito de “¡Áhura!”, la coroné con un beso.

A la china… digo, a la chica, se ve que le gustaron mis espásticos y estrambóticos intentos de bailar folklore, y, ahí nomás, la llevé a pelo en mi caballo hasta una pulpería (mucho, ¿no?). Nos entonamos de lo lindo y a las pocas horas pasamos a bailar la chacarera horizontal (malísimo, perdón). Yo la miraba pensando que había encontrado a la mujer de mi vida. Ya me veía arando la tierra, ordeñando vacas y degollando gallos para que no me despierten a las seis de la matina resacoso. Pero después del último beso, la chica me sonrió, se vistió y se detuvo al lado de la puerta. Giró y me dijo: “Hasta siempre”. Yo me desesperé y le pregunté: “¡Pará, che! ¿Y todo esto que fue?”. Y a ella le brillaron los ojos con la luz de la luna y me contestó: “Un touch and go”.

Sorprendido por su excelente pronunciación del inglés, volví al hotel en el que me estaba hospedando (una F100) y me pregunté si acaso no será que a veces uno nace en el lugar y la época equivocada. El sol asomaba en el horizonte y la luz mala se me revelaba solamente como un par de huesos de oveja que brillaban en la oscuridad. Fue ahí que, sumido en una profunda tristeza, escuché al gallo cantar y, movilizado por la bronca de un nuevo desengaño, nos terminamos reencontrando en un puchero.

China, la próxima vez, quedate conmigo hasta que salga el sol por lo menos, ¿sí?