Consejos para conquistar

#SoySolo

Casi siempre, cuando me propongo conquistar una chica, termino empleando la táctica de seducción equivocada. A veces pienso que debería evaluar mis propias fortalezas personales, tener en claro cuáles son mis oportunidades de conquista, aceptar mis debilidades amatorias y estar atento a las amenazas que presenta mi próxima víctima (los buitres de mis amigos) para elaborar una estrategia de conquista… y hacer absolutamente todo lo contrario a lo que creo que debo hacer. Por eso, termino empleando uno de los recursos más confusos y desgastantes en el que un hombre puede caer a la hora de levantarse una mina que no conoce: pedir consejos a los demás.

Una vez fui a una fiesta en la que un par de amigos y conocidos querían presentarme una chica. Ya, de por sí, es rara la situación de que te “presenten” a alguien (es como cuando, de chiquito, agarraba dos gatitos de la calle y los apretaba uno con otro pensando que así iban a tener hijitos). Como que te fuerzan a hacer algo que no es natural. Es como un ring de box, un escenario con público que te mira (o hace que no te mira pero te está fichando a full) a ver qué movimiento haces, qué le decís a esa otra persona que está ahí como esperando que la sorprendas. Es horrible que te presenten. Yo, para la próxima, me hago un Currículum Vitae Amatorio y, cuando me hagan el entre con una mina (que es la que a mis amigos les gustaría ver conmigo ignorando completamente las características que yo busco en una mujer) se lo doy y le digo: “Leelo tranquila. Cualquier cosa me llamás la semana que viene para una segunda entrevista, ¿sí?”.

Cuando llegué ella estaba ahí, sola, en la punta más alejada de la terraza, aferrada a un vaso de cerveza, seguramente expectante de encontrar en mí todas esas virtudes falsas que nuestros contactos en común le habían prometido que yo tenía. Y del otro lado estaba yo, con un vaso de Coca en la mano sin fernet (cero código el chabón) para mantener la sobriedad, deseando que el azar hiciera coincidir mi ser real con aquel personaje que le habían vendido que yo era, estudiándola de arriba abajo como una jirafa que esconde su cabeza entre las ramas de un árbol de la sabana africana esperando el momento oportuno para ¡zas!, tragarse de un bocado uno de esos chimpancé que andan colgándose por ahí (¿ah, no? ¿Las jirafas no hacen eso?).

La cosa es que lo primero que se me ocurrió fue hablar con la hermana. La piba, que la conocía desde que nació, más o menos, me dio un montón de info acerca de sus gustos e intereses. Sin embargo, me advirtió que había un peligro al acecho: “Le gusta que la busquen mucho, así que, si te bancás el histeriqueo, es toda tuya”. ¿Qué quería decir con eso? ¿Que iba a tener que intentar hablar con ella muchas veces hasta que finalmente me permitiera bucear por su vida privada? ¿Que su primera respuesta iba a ser “no” y que el “sí” vendría en cuenta gotas? ¿Que iba a rechazarme un número determinado de veces hasta que, luego de una cuota de desgaste e insistencia ya prefijada de antemano por ella pero desconocida para mí hasta entonces, accedería a mis solicitudes de contacto interpersonal?

Como no me terminó de convencer la familia directa, me acerqué con uno de sus amigos más cercanos. Después de prepararle un fernet bien picante (para entrar en confianza rápido y aflojarle un poco la lengua) lo encaré y le pregunté qué tipo de hombres le gustaban a su compinche. Resulta que el tipo parecería haberme estudiado de pies a cabeza, buscar todos mis antónimos y construir con ellos el supuesto hombre ideal que su cómplice deseaba que conquiste su corazón. O sea que yo representaba algo así como la papelera de reciclaje de todos sus gustos. No tenía la altura, ni el color de piel, ni los rasgos que buscaba en un hombre. Mucho menos coincidía el tipo de humor que practico, la filosofía de vida que profeso, ni las aspiraciones que me movilizan.

Golpeado en mi autoestima con profunda severidad, tiré un manotazo de ahogado y me lo llevé al ex, que aún rondaba el aire como un buitre esperando que su presa malherida se entregara a su destino fatal de carroña, a un rincón de la celebración y entre pitos y maracas le pregunté qué había hecho para enamorarla. El flaco me dio una serie de consejos atroces sobre cómo se manejan las relaciones humanas modernas. Me dijo que a las mujeres había que tratarlas de tal manera, que los hombres debíamos ser de tal otra, que todo lo que importaba en esta vida era sarasa y no sé cuántas paparruchadas más que florecían exactamente en el opuesto punto cardinal de mi existencia.

Así que, como aquel boxeador noqueado que trata de aferrarse a las cuerdas con su último vestigio de fuerza antes de caer inexorablemente a una lona que lo condenará para siempre a un destino de soledad y dolor, me alejé desfallecido de ese cuadrilátero del desencuentro, de esa hermana que me exigía hacer cosas que no quiero, de ese amigo que pretendía que me convirtiese en alguien que no soy, y de un ex novio que me aconsejaba cambiar la esencia de lo que me hace sobrevivir en este mundo. Me fui del lugar, volví a mi casa y, abrumado de tantos golpes por debajo del cinturón, me derrumbé sobre la cama deseando que aquella noche terminase, que aquel deseo de conquista se fugase de mi mente, que mi alma regresase a este cuerpo fuera de combate sumido en la más profunda de las depresiones.

Y al día siguiente me contaron que, cuando me fui, la mina preguntó por mí.