La Isla del Alumno Autodidacta. Parte 2

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13. La Isla del Alumno Autodidacta

(cuento dividido en dos partes)

 

Para leer la Primera parte, hacé click aquí.

Segunda parte (Final):

La comisión del Ministerio volvió con el ceño arrugado y un visible malestar. Todos los jóvenes se habían negado rotundamente a realizar las pruebas que ellos les habían entregado. Algunos habían roto los papeles, los habían pisoteado, se habían enojado. Otros, después de escribir sus nombres en las hojas, ante la insistencia inusitada de los profesores desconocidos, habían garabateado frases como: “No ago la prueva por que no tengo la gana”. Junto a los evaluadores, la mitad de los docentes de la isla volvió al continente y presentó su renuncia. El señor X no emitió comentario alguno, pero mandó a buscar a su hijo y lo internó en un colegio más privado y prestigioso que el anterior a la experiencia isleña. El sabio leyó de reojo en uno de los informes: “Ningún alumno de la isla formuló preguntas o requirió los servicios del plantel docente”. Vio, entre puntos luminosos, desfilar  frases sueltas: “Jamás me sentí tan humillado”, “Vejado”, “Frustrado”, “Como si yo no existiera”“Insultado en mi dignidad de maestro”. No leyó lo demás. Le pareció una injuria innecesaria.

La isla del Alumno Autodidacta

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La isla del Alumno Autodidacta. Parte 1

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13. La isla del Alumno Autodidacta

(cuento dividido en dos partes)

 

Primera Parte.

Hace más o menos diez años, un excéntrico multimillonario al que llamaremos “X” notó con disgusto que los empleados de su empresa no trabajaban con el ahínco que esperaba. Contrató un equipo de especialistas para averiguar la causa de semejante desidia y, entre las posibles razones que ellos encontraron, una le pareció la culpable por sobre las demás: todos los empleados haraganes tenían hijos adolescentes. El adinerado señor tenía motivos personales para creer que ésa era la clave: su hijo de 13 años lo tenía angustiado, mareado y desvelado. “La piel de Judas”, pensó al recordarlo. Y contrató un doctor especialista en educación, entonces.

Como llegado a este punto, al señor X le dio fiaca continuar involucrándose en la investigación que él mismo había iniciado, puso una considerable suma de dinero en las manos del erudito, le encargó que incluyera a su propio hijo en el proyecto y se olvidó por un tiempo del asunto.

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Qué hacer en caso de armas

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12.

Qué hacer en caso de armas

El siguiente, es el “Protocolo a seguir en caso de presencia de armas en el aula” de la Isla del Alumno Autodidacta:

A continuación, se explicitan los pasos a seguir obligatoriamente por el personal docente para cada caso ejemplificado: (nota: En el Anexo III pueden verse los pósters desplegables para cada uno de ellos)

. El alumno/a ha sacado una ametralladora de su mochila, un fusil FAL o algo que puede ser, presumiblemente, un arma láser antiaérea:

a) Controle sus nervios. Recuerde: usted es un/a docente. En el caso de que experimente ganas de gritar como un desesperado, de salir corriendo del aula gritando “auxilio”, desmayarse o cualquier reacción inapropiada para la situación, diríjase inmediatamente a un rincón del aula y cuente hasta diez. Únicamente se considerará legítimo que levante la voz para llamar a otro adulto perteneciente a la institución, ya que no es conveniente permanecer a solas con los educandos en estos casos. El otro adulto, preferentemente un auxiliar por su general robustez, podrá abofetearlo/a para hacerlo entrar en razón si padece una crisis nerviosa, pero ocultando el golpe tras un pañuelito de papel, para que los alumnos no se impresionen por la escena violenta, y evitando el ruido del golpe, ya que lo auditivo también puede afectarlos.

Imagen: Mix by Whiteout

Imagen: Mix by Whiteout

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Un ángel es

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11.

Un ángel es

(Fantasía en un acto)

 

             Habitación de adolescente. Ella, en la cama, durmiendo. Comienza a sonar la música. El volumen es alto. Despierta. No mueve sus labios, pero se oye su voz claramente, sobre la música. 

 Me levanto de un salto y me pongo las zapatillas, ya, ya; están atadas para hacer todo rápido y esa parte es un santiamén. Veo gotas pequeñitas, sospechosas, en una de las baldosas; la silueta de mi pie se recorta sobre lo mojado y me viene luminosa la oscura certeza: el perro me arruinó las zapatillas… Asqueroso. ¿Y ahora, qué hago? Hago como que no importa, si no hay nada que hacer.

 Se mira rápidamente en el espejo. Se coloca una mochila. Acomoda sus auriculares.

Detalle de Rembrandt: "Ángel dejando a la familia de Tobías"

Detalle de Rembrandt: “Ángel dejando a la familia de Tobías”

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“El momento en que te hiciste mujer”

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10. “El momento en que te hiciste mujer”

El juego consistía en formular preguntas en papelitos, arrugarlos y luego ir sacando de a uno, fingir sorpresa y escribir brevemente, contestando “la verdad”.  ”¿Cuál fue el momento más terrible de tu vida?”, “¿Tu mayor miedo?”, “¿Tu deseo más secreto?”; pasaban las frasecitas y matábamos el aburrimiento entre chicas, durante las horas libres en la nocturna. “El momento en que te hiciste mujer”. Nos habíamos reído, pudorosas. No recuerdo a quién le tocó contestar. La jornada finalizó como todas, pero entre las hojas que quedaron sobre mi mesa apareció una con el siguiente relato, escrito con caligrafía extraña. Si es verídico, hasta ahora no lo he podido saber (de lo que tengo certeza es que ninguna de las presentes lo hubiera escrito de esa manera). Transcribo la historia; la he corregido apenas ( han pasado tantos años que no creo cometer una indiscreción al publicarla):

Ilustración: Aylén Giraudo

Ilustración: Aylén Giraudo

“Cuando estaba en tercer año de la primaria, me enfermé gravemente. En la escuela pidieron explicaciones y certificados médicos; no hubo manera de ocultar que había pescado un virus raro en un avión. Se armó un escándalo considerable cuando las señoritas se enteraron de mis viajes, y terminé de buenas a primeras en otra institución. Según mis recuerdos, asustada ante el enojo de mi mamá, prometí guardar nuestro secreto.

En esa época no me importaba mucho: diferentes lugares, diferentes compañeras. Yo pensaba que era normal, que todos tenían valijas y bolsos, se subían a aviones, la gente nunca llegaba a conocerse del todo. Las personas eran buenas. Si me sentía sola, bastaba con preguntarle a alguna chica: “¿Querés ser mi amiga?”. La amistad duraba un rato de plaza o de conversación sobre ropita de muñecas y nada rompía la armonía de estar siempre atravesando algo… de estar en proceso, en tránsito, llegando a algún lugar.

La maestra de quinto se dio cuenta. Ella era más atrevida, más curiosa que las demás. Leyó con atención uno de mis trabajos prácticos y afirmó en voz alta que era un hermoso hotel el de mi descripción. Entré como un caballo. Dije: “Sí, es el de España”. Por primera vez tomé conciencia de que lo único que conocía de ese país, era el hotel. El mismo, catorce veces (infinitas, para mí).

_ ¿Y te gustó la comida de allá?

_ ¿Hacía frío?

_¿Cómo andaban vestidas las chicas por la calle?

_¿Fuiste a ver algún museo?

_¿Es verdad que hay toros corriendo sueltos por las plazas?

_¿Se le entiende a la gente cuando habla?

Nada. Ni la posibilidad de inventar respuestas para ellos, para mí. Descubrí que mi cabeza estaba absolutamente vacía, que mi vida consistía en dar la mano para cruzar la calle, abrigarme bien en invierno y armar la mochila, que sólo yo conocía la palabra pasaporte y que algo raro había en el tema de los viajes como para que mi mamá no me dejara decir nada y mis recuerdos se limitaran a una habitación de hotel.

El día que nos detuvieron en el aeropuerto, la despiadada mujer que me trajo un vaso de agua me explicó por qué era malo para mí “ser mula”. Ése fue el preciso, el exacto momento, en que me hice mujer. Entendí que mi mamá me estaba haciendo algo innombrable, adiviné su vergüenza indigna. Finalmente, comprendí.

No la perdoné en ese momento, no la perdono ahora. El final de mi infancia coincide con el nacimiento de mi desprecio por los adultos, con la repugnancia que me inspiran sus traiciones, infamias que los niños son incapaces de cometer.  El final de mi historia es tan banal que opaca el relato: me detuve finalmente, dejé de ser cosa al mismo tiempo que niña, pasé a ser persona y me limito a vivir.”

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En la puerta de la escuela, el Paco espera

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9. En la puerta de la escuela, el Paco espera

La primera vez que lo vio era un cachorrito; salía de una caja de cartón, debajo del banco de una plaza. Le pareció feo y defectuoso, rengo, con la panza desmesurada por los parásitos, perfecto. Dejó de mirar hacia adentro, interrumpió el monólogo interior miserable y odioso, se detuvo para ver al perro. Bastó con un chiflido. Juan Moreira lo miró, movió la cola, caminaron y crecieron juntos a partir de ese momento.

 

Ilustración: Aylén Giraudo

Ilustración: Aylén Giraudo

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Es bullying, no bowling, ¡bruto!

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8. Es bullying, no bowling, ¡bruto!

El de Filosofía es nuevo y no sabe, por eso hay que explicarle. Fue un cambio fenomenal: Nelson entró en la escuela y mejoró. Los más grandes nos dimos cuenta enseguida, y nos daba una bronca… tardamos como mil años en animarnos a hablar de eso y ahora, justo, cuando estábamos bien piola, se le ocurre al profe hacernos decir cosas y me meto en flor de quilombo.

 

Ilustración: Aylén Giraudo

Ilustración: Aylén Giraudo

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Crónica de un femicidio

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7. Crónica de un femicidio

Un efectivo de la policía demasiado jovencito, atrevido y locuaz, me contó los detalles. Había conversado con muchos testigos, pero lo sabroso, lo clave, residía en lo registrado en el diario íntimo de la novia, hallado entre sus pertenencias. Según esas anotaciones, “cuando sucedió, pensó que había sido un error, que era su culpa, que lo tenía merecido. Lo había conocido bañada en soledad, metida bajo el caparazón de una tortuga marina, desesperada, de pie contra la escalera del boliche a donde iba a bailar”Una amiga había agregado datos que quizás podrían ser importantes para la introducción: en aquellas épocas, la víctima cumplía rituales.

Ilustración: Aylén Giraudo

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Chica Cutting

 

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6. Chica Cutting

Se hace llamar Yanet. Se enoja cuando al pasar lista, al completar una ficha, al entregarle el documento, alguien dice en voz alta “María del Carmen”. Y los que la conocen, evitan padecer sus enojos.

Dice que tiene más de sesenta mil seguidores en twitter. Dice que tiene su propio canal en You Tube, con ochenta mil suscriptores. Que su último video (tres minutos de su cabello agitado por el viento, filmado desde la ventanilla del tren), fue reproducido miles de veces en pocas horas. Aclara que no utiliza el facebook, que sólo administra su fan page allí… y que atesora  decenas de miles de “me gusta”.

Ilustración: Aylén Giraudo

Ilustración: Aylén Giraudo

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El Chizo hechizado

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5. El Chizo Hechizado

Se me ocurrió durante una hora libre, de puro aburrida. Los chicos estaban portándose mal, como siempre: éramos la pesadilla de los profesores y del Chizo, nuestro pobre preceptor, que ya no sabía qué hacer con nosotros. En lo que iba del año habíamos logrado que renunciara la de Inglés y la de Matemáticas; el de Geografía había sacado licencia un montón de veces y la de Prácticas del Lenguaje no daba el brazo a torcer, pero no perdíamos las esperanzas.

Ilustración: Aylén Giraudo.

Ilustración: Aylén Giraudo.

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