Charly y Pappo en el petate

Durante el tiempo en que me sentí arrancado de mi barrio en Buenos Aires a los diez años para acompañar en el exilio a mi familia, llevé conmigo algunos objetos fetiches de esos que terminan por constituir una suerte de seña de identidad, representantes de mi edad de entonces, de mi cultura, el barrio, los amigos y esa felicidad prometida que siempre estaba por llegar.
Estuvimos medio mes visitando Chile y Perú, en tren de camarotes y avión, así que imagino que mis padres habrían armado los petates intentando llevar lo imprescindible para ellos, mientras que a mi me habrían permitido llevar revistas, entonces llevé algunos números de Billiken de mi colección, algunas de Patoruzú, Batman, Tarzán, también los libros de Salgari de Editorial Bruguera que mis primos me habían llevado de España, unos autitos, las figuritas que estaban de moda, un banderín de Independiente, un afiche de Bochini y Bertoni muy jóvenes, y fuera del equipaje el acento porteño la predilección por las pastas, las milanesas, los pebetes de salame y queso y algunos emparedados más.
Había empezado a escuchar el estruendo ritmico moderno que se hacía entonces y me llevé en la maleta una cinta grabada de esa música Beat, que había utilizado mi hermano en un baile en la escuela. El objeto en el petate, y el bichito de esa música lo llevé dentro de la cabeza, entre el que probablemente sea el peor oído y el que posiblemente sea el cerebro más necesitado de nutrientes musicales que yo conozca.  Continuar leyendo

Al Capone Bed and Breakfast

Cuando me repuse de lo más pesado del mareo, intercambié saludos de gratitud con el extraño ser que me había asistido. Me dejó una tarjeta con su nombre, el teléfono directo y la dirección del Hospital psiquiátrico que dirigía. Me invitó a visitarlo y a que no dudase en pasarme una temporada en sus instalaciones si así lo requiriese.

La verdad es que sólo dejé pasar algunos días por mantener cierto decoro, y en cuanto consideré que ya era adecuado, me vestí, me perfumé con colonia búlgara y fui a ver al doctor P.

En cuanto le dije al taxista: _ A la clínica del CENSAM, Centro de Salud Mental, me preguntó ¿tiene usted a alguien ingresado allí? Me extrañó ese excesivo trato de respeto,  en el ámbito tan coloquial de un taxi habanero, y le respondí – No, voy a ver al director, ¿por qué lo pregunta? No, nada, era porque ahí sólo hay “pinchos”, generales, oficiales del MININT,  ministros, o familiares cercanos  de estos. No le expliqué nada pero me quedé pensando, que si era así no debería estar mal. Claro que estaba el tema ese de los militares y toda esa paranoia y alergia que me producían.

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La hora de los Clásicos

Hoy compré el libro Por el camino de Swan, la parte uno de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, lo había leído veinte y pico de años atrás, pero lo compré ahora por primera vez.
Me he pasado la vida dando vueltas hasta hace relativamente poco tiempo, y por la razón que sea he conseguido detenerme.
Hubo una época en que lo único material que me ataba a los lugares, cabía en un bolso, y casi todo ello eran cosas de leer. La mayoría eran cartas. Cartas de mi padre cuando estaba en la prisión, cartas de mis amigos de la primaria, cartas luego de mis otros amigos del otro lado del océano, cartas de amor, y cartas mías. Sí , cartas que me habían devuelto por alguna razón y las guardaba. Lo segundo en importancia, eran cuentos, versos, esbozos de historias, reflexiones, constancias de sensaciones, decenas de estos papeles, algunos borroneados sobre servilletas de bares, otras sobre papeles de cuadernos a rayas, cuadriculados, lisos, con hojas amarillas, verdes, azules, e incluso rosadas, rugosas, sedosas de difícil acceso para la tinta, hojas de todo tipo de papel menos higiénico. Y no por sus nexos escatológicos, los cuales no me habrían detenido a no ser que ya hubiese sido utilizado de alguna manera “propia”, sino a causa de su dificultad para mantener el dorso incólume al tacto con la punta del bolígrafo o del lápiz.

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Habana Libre “on the rocks”

Era ocho de octubre, justo cuando  comenzaba la jornada Camilo- Che, que llegaba hasta el veintiocho del mismo mes, día en que en el año 1959, desapareció en circunstancias más que misteriosas , Camilo Cienfuegos, el héroe de Yaguajay, la Voz del Pueblo, a quien el pueblo de Cuba  sentía más cercano de los Comandantes de las columnas invasoras. Desde el año siguiente a la muerte del Che en el año 1967, tenían lugar estas jornadas, que eran un período de reflexión revolucionario, a modo de cuaresma católica, en que se hacían innumerables homenajes, conciertos, actos públicos con declamaciones altisonantes, se saturaba la cotidianeidad de lemas y consignas, los periódicos dedicaban paginas en ensalzar, y resaltar las cualidades sobrehumanas de estos dos héroes de la Patria, las mañanas en los colegios resultaban interminables a causa de las obras que se representaban en honor de los ausentes, durante varias noches de aquellos veinte días, en los CDR se organizaban reuniones, a las que no era del todo aconsejable no asistir , para leer  diferentes trabajos acerca de  los dos comandantes, cualquier evento de estas características resultaba propicio, para que algún  vecino, que tuviese alguna pequeña manchita en su historial chismográfico se la aclarase un poco, exclamando en voz alta y firme sus convicciones u aspavientos.   La ciudad se llenaba de carteles, y llegado el último día, el día del aniversario de Camilo, por la mañana todos los niños de todas las escuelas eran llevados hasta el malecón, o hasta otra playa para hacer una ofrenda floral a Camilo en el mar, ya que según la historia oficial, su avión se estrelló en el agua, en un día sin tormentas, después de ir a ver al Comandante Huber Matos, para pedirle que se entregara tras garantizarle que iría preso veinte años, cosa a la que el valiente Camagüeyano accedería sin mayores pruritos. Por la tarde, el broche de oro, lo ponía Fidel, con uno de sus discursos, transmitidos por ambas cadenas de televisión, por casi todas las de radio, y retransmitidas al día siguiente, para quienes no hubiesen podido asistir a la Plaza a oír al líder, blandir unas banderitas  gritar algunas consignas, y pasar unas tres o cuatro horas de pie, bajo el ya atenuado aunque siempre picante sol de octubre. Continuar leyendo

Obituario para Bebo Valdés y el Linyera

 

Las estatuas, las banderas y los escudos me parecen sitios inmejorables para el descanso y la evacuación intestinal de los pajaritos; pero para poco más.
No conozco ni una persona que tenga en su vida a un referente que provenga de la adoración institucional. Recomendaría ser muy cuidadoso con la elevación a condición de mito o con la canonización de los valores que uno atesora, porque es esa precisamente la mejor manera de deshumanizarlos y hacerlos desaparecer. Continuar leyendo

Fidel o Castro; simbología y semántica

Una de las particularidades que mejor definen las diferentes procedencias de los cubanos se releja en la manera de llamarle a Fidel Castro Ruz.

Están quienes le llaman Fidel y quienes se refieren a él como Castro. Con Raúl pasa algo similar pero mucho más atenuado, desde que es Presidente se dice en los medios del exterior los “Castro”, pero también está permitida la acepción Raúl, por dos razones, la primera es para diferenciarlo del hermano mayor y la segunda es porque con él no existió el mismo encono histórico que con Fidel.

Quienes le llaman Castro son los que se fueron exiliados a primera hora. Incluso dentro de ellos hay muchos que le llamaron Fidel durante un tiempo ya que formaron parte de la lucha contra Batista o simplemente simpatizaban con su campaña inicial, pero rápidamente una vez arribado al poder el célebre hijo del hacendado de Birán y cambiado todo el sentido de  sus planes declarados sin el más minimo rubor,  acabaron girándose en contra y llamándolo por su apellido estableciendo así una similar distancia en la familiaridad, en la simpatía y por ende en la ideología, que los primerísimos enemigos de Fidel Castro. Continuar leyendo

La semilla del bien

Una mujer gruesa, con las mejillas rosadas, de pasos firmes y semblante plácido, y un hombre mayor, atildado, vestido con sus mejores trapos, adquiridos tiempo atrás en las tiendas hebreas del centro, se cruzaron en la calle justo cuando cada uno regresaba de sus compras, o mejor dicho de sus pesquisas para conseguir algo decente para la cena, ya que en aquellos días poco quedaba en la ciudad, que no estuviese de ligera a severamente podrido.  Hans Werner llevaba suficientes años viviendo solo desde que su esposa había fallecido por un ataque cardíaco, no dejando descendencia, como para saber lo deseable que era el despertar de cualquier tipo de ilusión en el alma y aunque eran tiempos muy difíciles, y en la mayoría de la gente parecía  no quedar resquicio para las expresiones más elevadas del espíritu, sí que en él se abrían camino a ráfagas, certeras rachas casi imperceptibles de felicidad; en los últimos tiempos estaban dadas, de especial manera cuando tenía la oportunidad de cruzarse al paso con la señorita Helga Sanders, soltera, quien a pesar de contar con una edad avanzada también, poseía aún la gracia de la inocencia en su semblante. Tampoco a ella le resultaba un hecho más de la vida cotidiana, los casuales encuentros diarios, lloviese nevase o relampaguease, con el estirado y bueno de Hans, quien siempre se mostraba tan amable con ella, y de quien sabía poco más que lo que en el barrio se sabía acerca de él, muy ario de estirpe, pero de alma arruinada por los ideales equivocados. Continuar leyendo

Rosario Central: el Che y el deporte

Desde la más remota antigüedad el desarrollo del deporte respondió al desarrollo de las aptitudes sociales de camaradería y a la instrumentalización de los totalitarismos.

Lo primero por la razón de compartir el tiempo libre en una actividad lúdica que implicase el esfuerzo sin fines productivos, alienantes como el trabajo. Por la puesta en escena del espíritu gregario de la comunidad, y también por canalizar de manera inofensiva la competitividad inherente a al especie humana. Lo segundo por dos razones, la elevación a la máxima categoría del cuerpo, de lo físico frente a lo intelectual y a lo emocional, y precisamente por su eficacia para crear espíritu  de comunidad, de equipo, y de seguimiento de normas pautadas en detrimento de libertad de pensamiento y de acción, de individualidad.

Por ende la práctica del deporte de manera periódica, pautada, aporta dosis nada despreciables de percepción positiva y constructiva de la disciplina en el individuo, toda vez que su carácter lúdico proveniente de constituir una suerte de “juego” , le dota de la suficiente aceptación como una cualidad deseable, imprescindible para pasarla bien, a diferencia de la percepción de la disciplina  cuando proviene del esfuerzo propio de las obligaciones, del sacrificio residente en el deber. Continuar leyendo

Dramatis personae: el arte de la doble moral

Es Domingo a media tarde, cuando el fin de semana comienza a mostrar el tenor de su final, y aún coletea en toda mi fisonomía sin manera de que me pueda deshacer durante una hora entera de ella,  la ambigua sensación que me dejó como sedimento una repentina polémica, en la que ayer un amigo de otrora me sumergió sin previo aviso en las redes sociales, de manera sorpresiva.

Tengo amigos que vivieron en Cuba muchos años también como familiares de exiliados, que mientras vivían allá se pasaban la vida intentando recordar a todos alrededor por todos los medios al alcance que ellos pertenecían al sector “extranjeros”, hacían denodados esfuerzos por dejar patente que no habían sido devorados por el monstruo embajador del mal gusto, la “chealdad” en criollo, que tan aplicadamente había conseguido alimentar el establishment pretendidamente proletario y anti burgués, en todo el área eufemísticamente denominada “socialista”.
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El paraíso de Alí Babá

Cuando me cobraban de más o no me dispensaban el trato debido en un centro comercial solía entrar nuevamente y agujerear algún producto, cuando aprovechándose de mi condición de extranjero  que he portado  la mayor parte de mi vida los bares me cobraban un peaje extra, entraba al baño y les causaba una perjuicio sensiblemente mayor que los pocos centavos que lograban burlarme. Huevos a los patios de los abusadores, rayones en la pintura de los coches de los ofensores o salivazos en las nucas y las manijas de las puertas.

Aún hoy cuando un camión se toma más tiempo del prudente para adelantar a otro en la carretera y se recrea con su compañero en pequeños avances y retrocesos, generando una larga fila detrás de sí, cosa en la cual son especialistas los transportistas portugueses , una vez  que los adelanto me ubico delante del camión bajando la velocidad a pequeños frenazos, acelerando nuevamente, y ocasionándole un malestar similar al propinado además de una notable pérdida de tiempo. Continuar leyendo