Dramatis personae: el arte de la doble moral

#ADNGuevara

Es Domingo a media tarde, cuando el fin de semana comienza a mostrar el tenor de su final, y aún coletea en toda mi fisonomía sin manera de que me pueda deshacer durante una hora entera de ella,  la ambigua sensación que me dejó como sedimento una repentina polémica, en la que ayer un amigo de otrora me sumergió sin previo aviso en las redes sociales, de manera sorpresiva.

Tengo amigos que vivieron en Cuba muchos años también como familiares de exiliados, que mientras vivían allá se pasaban la vida intentando recordar a todos alrededor por todos los medios al alcance que ellos pertenecían al sector “extranjeros”, hacían denodados esfuerzos por dejar patente que no habían sido devorados por el monstruo embajador del mal gusto, la “chealdad” en criollo, que tan aplicadamente había conseguido alimentar el establishment pretendidamente proletario y anti burgués, en todo el área eufemísticamente denominada “socialista”.

Muchachos y muchachas que por todas las vías intentaban poner de relieve una línea divisoria, aunque ya se los pudiese notar aplatanados, como todos los que llevábamos varios años en la isla sin poder salir y cambiar nuestros colores, nuestros olores, nuestros ajuares.

Afiche de la OSPAAL

Hacían un notable énfasis en diferenciarse, aunque portasen como cualquier habanero el poqqué, el veddá o el bábbaro cuando resultaban sorprendidos de manera espontánea en una conversación animada, antes de intentar corregirlo aplicando una no del todo olvidada variación del tono en el castellano de sus respectivos países de América Latina, precisamente a diferencia de mi, que integrándome me encontraba más cercano a mis nuevos semejantes, pero sobre todo a mi mismo, sin quedar prendado de un imaginario paraíso perdido, sino construyéndome bien o mal, e incluso peor, como fue en mi caso; pero a partir de la realidad.

De forma curiosa y sorprendente, al llegar el final de las dictaduras de sus respectivos países, cuando los padres de estos amigos contaron con permiso para retornar y rehacer sus vidas en la tierra prometida, una vez allí, comenzaron a hablar precisamente en la jerga habanera que con marcado ahínco habían evitado identificarse en sus años de exilio.

Una vez en los países de donde provenían, y que se suponía que  les daba un caché que los elevaba por encima del cubano común y corriente, sorpresivamente comenzaron a hacer un esfuerzo notable por intentar hablar el argot de barrios marginales habaneros.
Trasladaron la misma actitud de guetto que aprendieron y practicaron en el exilio.
Pero esto, siendo ciertamente muy gracioso, no es lo que más gracia me hace del caso, sino que parecen haber olvidado que en aquella obstinación porque nadie los confundiese con los nativos, no ahorraban epítetos despectivos para describir precisamente a esa especie de lunfardo, jiria, jerga o slang.

En el país de los ciegos los tuertos éramos reyes.
Ayer, este conocido mío de los años jóvenes, se dispuso a atacarme por mis habituales criticas a la intolerancia en la isla, al totalitarismo “involucionario”, a la represión fascista de todas las ideologías, esgrimiendo un poderosísimo argumento contra el cual poco hay que hacer, que no sea mearse de risa. Me dijo, llenando su retórica de términos populares habaneros donde antes hacía énfasis en un exagerado tono cordillerano, que por gratitud nunca hablaría mal del gobierno cincuentenario de Cuba ni de su máximo representante, ya que allí fue donde le dieron asilo y fueron tratados con notoria diferencia sobre los demás, con todo tipo de privilegios. Me invitó a que reflexionase acerca de mi ingratitud y entonces es que le dije, que precisamente por tener esa evidencia tan de primera mano, debería ser mucho más solidario con el pueblo que trabajaba para que todos nosotros la pasáramos de perlas.
Aunque también mi antiguo colega podría hacer un esfuerzo por recordar como se burlaba de los mismos a los que ayer por la tarde pretendía hacerme creer que en nuestros días defiende, muy alejado de cualquier intento de ser ni de parecer “comunista”, ni por apariencia externa ni por profundidad interior, ya que no se le conoce otro oficio ni beneficio, que haber intentado por todos los medios mejorar su posición económica.
Llegado ese ínterin lo saludé cordialmente para no correr el riesgo de dañar el recuerdo de la amistad y decidí abandonar esa conversación, ya que al no ser presencial, no pude apreciar su aliento, ni ver sus ojos para saber si se trataba, ya de la acostumbrada ingesta de vasitos espirituosos de los sábados a la noche, o de algún otro alucinógeno.
Pero se me quedó pegado al hipotálamo como queda el papel de un caramelo masticable sujeto al tacón del zapato.

Afiche del ICAP, Instituto cubano de amistad con los pueblos

Y pensé que no estoy seguro de qué tipo de amistad contribuí a conservar, sin intentar explicarle que de esta misma manera se legitima a los beneficiarios del franquismo, del pinochetismo, del somozismo, de la Junta Militar argentina, del stalinismo, en fin, hasta del propio hitlerismo y los respectivos familiares, ya que siempre debió haber habido grupos sociales privilegiados,  mientras el resto asistía a la supresión de sus derechos.

Por la mañana pensé que la mejor actitud pasaría por mostrar cierto apego a la verdad, aunque mirándolo bien y limpiándolo de polvo y paja lo cierto es que a media tarde, cuando el Domingo ya no vende más ilusiones,  la confesión de mi amigo a la postre terminó resultándome perturbadoramente sincera:
“-Perdón, no puedo hablar mal de los dinosaurios del Poder ya que a mi y a los míos nos cubrieron de privilegios.”