La crítica y una crítica sobre Ladrilleros

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Es posible que esté llegando tarde a una discusión que ya se apagó, que ya fue superada por la aparición de nuevos temas. Esto es así: también los debates corren a la velocidad de lo mediático. Sin embargo, hace un tiempo que quería escribir sobre la crítica, la función que cumple y qué esperamos los lectores de los textos críticos. Quería escribir sobre por qué leemos críticas y para qué lo hacemos.

Creo que la motivación surgió de varias reseñas y comentarios complacientes sobre ciertos libros que a mí, en lo personal, no me parecían merecedores de tantos elogios, ni de tanta indulgencia.

En fin, iba a escribir sobre la crítica en general y a decir que la crítica debería establecer criterios, definirse, juzgar, separar lo que es de lo que no es, bueno, de calidad, lo que sea. Pero, en definitiva, que la crítica, para ser confiable, debe adoptar un posicionamiento. Y los que escriben críticas y reseñas, también: no todo lo que se lee es excelente, ni tampoco una porquería.

Un artículo de Patricio Pron sobre Ladrilleros, de Selva Almada, titulado Una cuestión de contorno, reactivó esta necesidad personal de escribir sobre la crítica. Algo, un poco. Como puede verse en los comentarios que siguen a dicha nota, se produjo un debate, un cruce de posturas y opiniones, un diálogo –virtual- que tan bien le sienta a la literatura. Pron no es adulador ni complaciente: enuncia su punto de vista y, desde ahí, se dedica a marcar lo que considera positivo y negativo en la novela, sin perder de vista que su interés se centra en: “hacer posible una discusión acerca del realismo como proyecto estético (y, por consiguiente, político) en la literatura argentina”.

Estoy convencido de que esta es la clase de crítica que debe practicarse, que este modo de abordar y leer debe desterrar definitivamente a la crítica o la reseña o el comentario sumiso que no propone formas de leer ni alimenta los debates. No reniego de seguir hablando de las obras que nos gustan y destacar sus logros, por supuesto, pero también hay que atreverse a señalar las debilidades, contradicciones y desaciertos que tienen aquellos libros que encontramos menores o rengos. Se dirá que Pron vive en el exterior y que la distancia física lo protege de las devoluciones de gentilezas. Para mí, es una circunstancia que no le quita a Pron ni a su texto ninguno de sus méritos.

ladrille

Destaco dos grandes aciertos de la nota de Pron. El primero, que enfrenta a una novela que, en general, ha sido muy bien recibida y que se está leyendo en diversos ambientes. El segundo, que Pron se posiciona y explicita desde dónde está leyendo a Ladrilleros, desde qué bibliografía analiza el ser de la literatura argentina contemporánea. No todos los críticos o reseñadores lo hacen, de hecho, la inmensa mayoría prioriza sus gustos o intereses personales, sin una aclaración ni ofreciendo otras perspectivas.

Sobre Ladrilleros, el texto sobre el que Pron desarrolla su labor crítica, quisiera resaltar algunos aspectos. En mi lectura, entendí que se trataba de una novela de enfrentamiento entre dos familias, como podría decirse de los Montescos y los Capuletos pero, en este caso, proletarios, obreros, trabajadores. Es decir, desprovisto del brillo y el atractivo que pueden mostrar las luchas entre familias dueñas de reinos, imperios o fortunas. Y aún con todos los elementos predecibles, propios de un tema bastante explorado por la literatura, gracias a la forma en que se presentan los acontecimientos y a los saltos de un personaje a otro, se vuelve atrapante, atractiva. Esa dinámica la vuelve fragmentaria. Pero Pron ve allí “la dificultad de la autora para desarrollar escenas”. Rememorando en la novela anterior de Almada, El viento que arrasa, la lucha casi épica entre el Gringo Brauer y el Reverendo Pearson bajo la lluvia, bien podría hacer dudar de que esa dificultad sea cierta.

También, entre sus observaciones, Pron impugna la voz del narrador, de alguna forma, descalifica lo que, quizá, podría interpretarse como un mérito de la novela. Sí, esa voz compuesta de múltiples registros, que oscila entre el habla popular, que podemos atribuir a los personajes, y otros registros más castizos o cultos o artificiosos, puede que afecte el verosímil pero, a la vez, compone una nota distintiva, un narrador diferente. Sí, una voz coral, polifónica, que une tonos irreconciliables, que se distingue de las voces monolíticas, originales o no, bien o malogradas, que suelen abundar en las novelas. Qué más realista y sorprendente que una voz que no es homogénea sino que quiere “hablar” como sus personajes y, a la vez, también “hablar” como sus lectores o críticos que, puede suponerse, oscilan a diario entre múltiples registros. Lo anterior no es una hipótesis sino un supuesto, una pregunta que me estoy formulando.

Desconozco cuál fue la intención de Almada al escribir Ladrilleros. Coincido con Pron en que su novela se dirige al público y no al lenguaje. Por lo tanto, no es Ladrilleros la novela para debatir “cómo narrar la experiencia social y en qué términos juzgar ese relato”.