El peso de la traición

#ADNGuevara

Andaba por las inmediaciones del museo Rodin y decidí entrar, me lo había recomendado encarecidamente mi amiga Claudia por la casona principal y los jardines además de por las obras escultóricas.
En un instante me vi frente a El Pensador, a las estatuas de Honorato de Balzac, a las de Víctor Hugo, a las tres Sombras y a la Puerta del Infierno, un impacto nunca lo suficientemente anunciado. Estas eran las de bronce, luego aparecieron otras en mármol, de menor tamaño pero más delicadas si cabe. Y sobre lienzo tres pinturas de Rodin, una de Van Gogh, una de Monet y otra de Munch.
Y sobre el final del trayecto propuesto, casi cuando iba a ir a tomar mi porción de aire afuera del recinto, cuando iba a poner coto al rejunte de imágenes, trazos y texturas que ya bailaban en mi retina sin orden ni armonía, provocados por los paseos alienantes a través del museo cual auditor de cuadros realizando un inventario, vi dos obras que me impactaron y quedé abducido frente a ellas, acercándome y tomando distancia,  ora dando la espalda ora girándome repentinamente para sorprenderlas desde otro ángulo en el regreso de alguna travesura, eran de mármol verde, una era La ola y la otra Las chismosas, de Camille Claudel, no eran demasiado llamativas, ni  grandes, eran la cosa tallada más linda que he visto en mi vida.

Las chismosas, Camille Claudel

Y fue distinto incluso a las primeras veces que había tenido la oportunidad de ver enfrente de mi a los cuadros de mi educación, tras entrar a un salón ya indicado en un folleto, El jardín de las delicias de El Bosco, ya un Goya de toda la vida, como la Maja Desnuda o vestida, o cuando vi por primera vez el Guernica, que por más que me lo esperaba ya que conocía cada figura en matices del blanco y negro, el impacto visual me dejó estático, o cuando vi mi primer van Gogh, la primera bailarina de Degas, el primer Greco, cuando sin esperarlo apareció delante de mi una escena repleta de vida, algo superior al arte, pintado por Vermeer, una holandesa en una habitación bañada por un haz de luz flamenca, o cuando me pasó algo similar con los brillos y la sombras del Caravaggio o con un cuadro de Constable y sus nubes inglesas. ¿ Desde y hasta donde la información me había predispuesto?

La edad madura, de Camille Claudel, ella implorandole a Auguste Rodin que no se vaya con su amante, mitad ángel, mitad demonio

En el caso de las dos esculturas de Camille fue diferente, aun conociendo la historia oficial de la artista y los horrores a que ayudó Auguste a confinarla. Pero no fue hasta que me detuve en seco a mirar a las cuatro vecinas chismosas, quizás inventándose un adulterio inexistente o acaso revelando uno real a partir de unas animadas habladoras que ella vio en un tren, y a continuación una inmensa Ola a punto de caer sobre tres ninfas alegres que danzan en el mar, que entonces Camille me ocupó subitamente, me invadió, apoderándose gentil y a la vez bruscamente de mi impavidez, de mi anonadamiento, entonces mi alma le cedió albergue, y como sucediese un tiempo atrás en Tordesillas donde amén de mis convicciones republicanas me convertí en fiel escudero de la traicionada Reina de Castilla Juana la Loca, en París me entregué a Camille, dispuesto a sacudir de la testa toda la obra de Rodin almacenada hasta ese instante, más como resultado de la comparación que como respuesta a la afrenta de su crueldad,  y llevarmela de paseo por el Sena en la retina de manera firme y clara,  así sentir el tacto de las uñas adolescentes, las yemas de los dedos geniales,  y sacudir su delantal cubierto de polvo y aceptar aquel desajuste en la pupila que aparece cuando se observa lo imposible, el brillo por el que  la encerraron.

La mirada de Camille

De paseo por el París de la libertad para los mediocres, con el fin de salvarla, fuera de Rodin y de la mansión de sombras de bronce, protegiendo sus manos del frío de los barrotes, recibiendo la mirada de sus ojos en espiral y desempolvando sobre el Sena su delantal de escultora, manchado también por el mismo tipo de sangre que sobre el final de sus días, empapase a Juana el alma, ahogase su corona y le hundiese a mi tío el guerrillero solitario, el candente hierro de la traición.

Beso a una Ninfa del Sena del puente Alejandro III

Sentí que el habitual rechazo que se albergaba en mi pecho durante mi juventud cuando me buscaban semejanzas con mi tío, se había transformado en un instrumento que me permitió presentarlos, trenzar un vínculo indestructible entre ellos y con cada alma de  miradas inquietantes, con esos seres solitarios, lacerados, que tienen algo para decir, mucho por hacer y un silencio intersticial de carácter infinito.