OFERTA: Escudo y espada gratis.

#LaLlaveMaestra

Tiene que ver con algo que hacemos todos los días y no nos damos cuenta. 

Pablo, un amigo mío del primario, desarrolló, desde muy joven y sin una causa identificable, una fobia sostenida a los perros. Bastaba que oyera un ladrido a lo lejos para notarle un gesto de incomodidad.

Recuerdo en esas épocas, un juego de niños que solíamos practicar. Consistía en hacer una ronda: él que empezaba el juego tenía que decir una palabra cualquiera, y él de al lado, tenía que decir de inmediato otra palabra que estuviera relacionada, y así, sucesivamente, iba pasando la ronda como una mecha prendida de asociaciones espontáneas. El que tardaba mucho, perdía.

Me quedo grabado la vez que jugando uno del grupo dijo la palabra “perro” y el de al lado dijo “Pablo”. Sentí que algo estaba mal. Nadie de nosotros podría relacionar a Pablo con “perro”. Si justamente, Pablo era de todos nosotros el que menos cerca estaba de los perros, el que más los aborrecía. Pero tampoco pude evitar pensar que para nosotros habían pocas palabras que estuvieran más cercanas a “perro” que el nombre “Pablo”.

Las asociaciones no son los pensamientos. Esto lo saben muy bien los publicistas. Basta ver las asociaciones absurdas que nos hacen. Por ejemplo, un boxeador con sponsor de una bebida de cervezas. Nada se supone más alejado a la realidad de un deportista de alto rendimiento, que tomar cerveza con habitualidad. Pero los publicistas lo hacen constantemente, porque saben, que para quien reciba la información le será indistinta la articulación lógica y que, ni aún pensándolo, podrán deshacerse de la ligazón (bebida+vigor) una vez establecida.

Esta “ley de asociación” es como mínimo un fenómeno curioso. Ahora, si a la asociación que establecemos con el repertorio de cosas externas, le agregamos un “afecto de posesión”, ya entramos en el terreno del apego.

Etimológicamente, la palabra refiere a una atracción hacia lo pegajoso, y otra de sus acepciones lo relaciona con una atracción a los mocos (a: hacia peie: mocos, por considerarse antiguamente que los mocos provenían de la glándula pituitaria).

Aunque suene contradictorio y repulsivo, basta que algo nos conmueva, para traerlo bien cerca nuestro. Tanto lo que nos haga bien como lo que nos haga mal. En el caso de los estímulos negativos, este sistema atenta contra toda lógica ya que quien odia a alguien se lo está llevando a su intimidad mas intima. Ese sujeto odiado ingresa al mismo VIP donde están las personas que mas amamos. Por ello, Pablo y perro estaban tan cerca.

Al apego le es indiferente si a alguien se lo ama frenéticamente o se lo desprecia. El apego es una soga que ata, no importa qué.

Un trascendido mandato mafioso reza: “mantén a tus enemigos cerca”. Siguiendo esta perspectiva, la frase es una redundancia: si alguien es considerado un “enemigo”, desde ese momento, ya está cerca.

¿Y qué hacemos con toda esta información? Bueno, por empezar Usted sabe que los nudos no se resuelven tirando. Independientemente de las “razones” que existan para mantener ese rechazo o negatividad, si ya se cansó del derrotero que le conlleva aquel nudo afectivo y realmente busca liberarse, intente “aflojar” los sentimientos negativos. Para esto, resulta fundamental, que en primer lugar registre que es Usted quien los actualiza y conserva (ya que “Nunca hubo un pasado” ¿Le molestó que diga que Usted “conserva” a estos núcleos traumáticos? Pues sí, los conserva, los cuida, los protege, los nutre, como una madre a un hijo.

En lugar de insistir pensando el por qué sucedió determinada cuestión, por qué odia a determinada persona, o por qué dejar de odiarlo. Atendiendo lo que dijimos en notas anteriores (“el ego es invencible” e ilusorio) aquí le ofreceremos un set de supervivencia para salir victorioso de todas las batallas. Un escudo y una espada.

ESCUDO: El escudo es el acto de perdonar. Este escudo es un tanto paradojal. Cuando se lo utiliza contra un ataque del exterior no solo no lo protege sino que vuelve inmaterial al escudo y a quien lo sostiene. Las agresiones del mundo externo atraviesan al escudo y a la persona no pudiendo afectarlo. “Si te defiendes haz sido atacado” (…) “en tu indefensión se encuentra tu invulnerabilidad” (Un curso de milagros).

No es suficiente el perdonar para alcanzar plenitud. Inmediatamente de haber alzado el escudo y perdonado ponga toda su atención y energía en aquello que le haga bien. Necesitará también una…

ESPADA: Su espada es el amor. Así como el escudo no defiende, esta espada tampoco daña. Su función es irradiar felicidad con su contacto. Y la única forma de tener esta felicidad es dándola. Pregúntese que quiere para su vida y procure dárselo a alguien.

Estas valiosas herramientas no están destinadas a atacar al ego (siendo que al atacarlo le damos vida) sino que ocupan la función de despejar las nubes para que su Ser se exprese, y brille aquella irremediable luz interna que tanto teme suceder.

 

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